AÑO NUEVO: UN AÑO PARA CRECER CON JESÚS
Hace unos días contemplábamos
a Jesús hecho niño. Estos días le vemos ya adulto en la escena de su bautismo.
Me gusta un Dios encarnado. Me gusta ver crecer a Jesús. Comparte con nosotros la dura tarea del crecimiento
humano, y me ayuda a mí a crecer. Un dios que no me acompañase desde el
nacer hasta el morir pienso que no me podría acompañar en ese paso definitivo
de su vida y de la mía que es el paso de la muerte a la resurrección. Así que
me dispongo, con buen ánimo, con ánimo renovado, a crecer con Él en este Año
Nuevo recién estrenado.
Me gusta ver crecer a este
Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, según me dice el dogma. No sólo es
Dios, sino que es “mi Dios”. Y lo afirmo con todo convencimiento. Con idéntico
convencimiento, no menor, creo y afirmo que es verdadero hombre. Y con Lucas yo
también me atrevo a afirmar que ese Dios encarnado “crecía en sabiduría y edad
y gracia ante Dios y los hombres”. “Gracia”, esa misma palabra con que Dios
saluda a María: la llena de Gracia. María tuvo mucho que ver en ese crecimiento
de Jesús, como canta esa hermosa canción sobre María: “Tú le enseñaste los
primeros pasos // al que fue senda para la humanidad, // las primeras palabras
aprendió de tu boca // aquél que al mundo dio palabras de verdad”. Luego él
seguiría su camino, pero ella le enseñó a andar.
Me gusta que Jesús acompañe
mi propio proceso de crecimiento, de conocimiento de Dios, aunque el suyo será
tan superior al mío. Me gusta que me ayude a crecer en gracia, en esa relación
íntima con Dios, sentirme amado, como Él, viviendo agradecido y en alabanza a
ese Dios que me ama. Este crecimiento “ha de ser necesariamente declarado de
Jesús, si no queremos que la doctrina de la verdadera humanidad del Hijo, igual
a la nuestra, quede reducida al mito de un Dios disfrazado de apariencia
humana" (Karl Rahner).
Me gusta verle acompañándome
en mis sufrimientos, angustias y miedo. Me duelo con él en Getsemaní,
aunque yo también me duerma. Porque sé que cuando la angustia y el miedo no me
dejen descansar y dormir, recordaré que Él, mi Dios y hermano, ha sufrido
realmente conmigo. Que lo suyo no era una apariencia, que Él estaba allí
sufriendo de verdad, hasta sentir el abandono del Padre y permaneciendo en la
fe, esperanza y amor hacia Él. Ése es mi Jesús, al que me dispongo a ver crecer
a lo largo del año acompañando mi propio crecimiento. Hoy puedo nacer de nuevo.
Tengo un año por delante, recién estrenado, para crecer en edad, sabiduría y gracia, con este Jesús hombre y
Dios que me va a acompañar desde el nacimiento hasta la muerte, compartiendo
mis gozos y esperanzas, angustias y tristezas, porque él también las vivió. Y
cuando llegue el final de la vida, tal vez alcance la suerte de una muerte que
me ayude a exclamar con él: "Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu". Entonces comprenderé del todo lo que ha dicho el Concilio:
"El misterio del hombre, sólo se esclarece en el misterio del Verbo
encarnado" (Gaudium et spes
22). Ese misterio que estos días hemos recordado y celebrado.
¡Feliz Año Nuevo!
Lucio Arauzo
6.1.2011