¿PARA QUÉ HA SERVIDO

EL AÑO SACERDOTAL?

 

El pasado jueves 27 de mayo celebramos en el Pilar las bodas de oro y plata de un numeroso grupo de curas de la Diócesis de Zaragoza que estuvieron presididos por los arzobispos Ureña y Yanes. A la celebración acudieron bastantes sacerdotes, aunque no tantos como cabía esperar. La fiesta se inscribió dentro del Año Sacerdotal que está a punto de finalizar y comenzó con una conferencia en la Casa de la Iglesia a cargo del exvicario general Francisco Martínez, quien hizo un recorrido inteligente, valiente y claro por las distintas concepciones del sacerdocio que se han ido dando a lo largo de la historia de la Iglesia, desde las Cartas Pastorales en el Nuevo Testamento hasta la encíclica “Pastores dabo vobis” del Papa Juan Pablo II, pasando por los curas-funcionarios, los curas-ministros del culto, los curas-monjes, los curas-obreros, los curas-políticos y otras modalidades, destacando especialmente sus dimensiones cristológica y eclesiológica así como su labor como hombres de la Palabra, comprometidos con la comunidad y personas de dimensión amplia no encerrados en pequeños grupos ideológicos o limitados al culto como los sacerdotes del Antiguo Testamento (algo muy potenciado actualmente por grupos influyentes). Al terminar esta conferencia (que esperamos que se publique en el Boletín Oficial o en el medio que se considere más oportuno), el arzobispo Ureña dio las gracias a su exmano derecha y subrayó la importancia de tener como referencia la mencionada encíclica, culminando su breve y final intervención con una frase que últimamente repite con insistencia: “sin sacerdotes no hay Iglesia”.

 

Precisamente es esta frase la que me resulta más ambigua y tal vez inconveniente. ¿Sin sacerdotes no hay Iglesia? Más bien habría que decir que sin Espíritu de Jesús no la hay, que sin comunidad pueblo de Dios tampoco o sin asamblea de fieles a Jesús que afronta la realidad para anunciar el Reino de Dios. Destacar por encima de todo a los sacerdotes me resulta falaz y muy jerarquicista en sentido estrecho. Parece más bien fruto de una demagogia, que ensalza mucho pero que luego se suele quedar en eso. Porque, ¿para qué ha servido este Año Sacerdotal decretado por Roma y que termina a mitad de junio? ¿Ha mejorado la situación de los curas, su autoestima, la clarificación de su situación en la Iglesia, sus condiciones de vida?

 

Y es que pienso que un Año “sacerdotal” debería haber servido mucho más que para dar unas conferencias (por interesantes que hayan sido) y organizar peregrinaciones a Ars y a Roma. No ha habido una reflexión seria y, sobre todo, colectiva sobre la realidad de este ministerio, sobre su teología, su estilo de vida, sus alegrías, problemas y dificultades, su distribución, su papel como colaboradores de los obispos. Una vez más, igual que los políticos suelen hacer todo para el pueblo pero sin el pueblo, los obispos organizan todo para los curas pero sin los curas. Y se ha desperdiciado una buena oportunidad para reflexionar todos juntos sobre el envejecimiento del clero, la falta de repuesto, la actual importación de curas y las consecuencias que ello trae y va a traer, la no jubilación que lleva a algunos a atender parroquias más allá de los 80 años, sus ingresos económicos, los escándalos como el de la pederastia, las vocaciones, el seminario, el celibato, el sacerdocio de la mujer, la formación permanente, las vacaciones, etc. No afrontar estos problemas ha llevado a algunos, como hace Gonzalvo en su artículo, a proponer la creación de un “sindicato independiente del clero” que se dedique a afrontarlos, lo cual tiene su lógica si se piensa en la situación de “indefensión” estructural en que nos encontramos ante unos obispos que acaban por constituirse en fuentes del derecho.

 

De paso, no estaría mal tratar de modificar la actual nomenclatura. No me parece que utilizar el nombre de “sacerdotes” sea lo más adecuado ya que nos remite inevitablemente al sacerdocio del Antiguo Testamento y a la idea de sacrificio cultual que en todas las religiones se centra en el servicio al templo. No tenemos más sacerdote que Jesucristo, como claramente atestigua la Carta a los Hebreos y su “sacrificio” no consistió en un acto cultual rociando el altar con la sangre de otros sino en la entrega servicial de su propia persona a lo largo de toda su vida, sacrificando aspiraciones demasiado mundanas o de carrera personal como las de los trepas. Más adecuado a mi entender es aplicarnos el nombre de “presbíteros”, que apunta más hacia personas maduras (seniors), con un recorrido importante en la comunidad y que han ido dando pasos hacia un mayor compromiso (lo cual podría poner en cuestión “entregar” la dirección de las parroquias a chicos muy jóvenes, sin que previamente hubieran pasado durante largos años por el ejercicio de otros ministerios pastorales). Incluso prefiero el nombre de “curas”, ya que subraya el carácter “curativo” o sanador y también el de “cuidador” al servicio de la comunidad. Todo lo que sea acabar con el elitismo, el poder y el machismo, así como con el espíritu de casta segregada y superior, me parecen avances fundamentales.

 

¡Ah!, y, por favor, si se celebra una misa con motivo de las mencionadas bodas de oro y plata, que no se tenga a los homenajeados como “floreros”, privándoles de todo protagonismo en el altar. Ni les dieron la oportunidad de decir una palabra, ni siquiera de estar en el altar durante la concelebración junto a los obispos (aunque uno en un momento dado se sumó, aprovechando su condición de canónigo que le daba más soltura para acercarse gracias a su práctica en la basílica). Y es que todos los años pasa lo mismo. Más tarde sí que les permitieron decir algo a los postres de la comida en el restaurante, en donde recibieron una aséptica placa conmemorativa, pero esto no borra ni muchísimo menos lo anterior.

 

Un abrazo, queridos y sacrificados curas.

 

Pepe Nerín

31.5.2010