Alrededor de 300 teólogos
y responsables de comunidades de base (entre ellos, Juan José
Tamayo, Imanol Zubero, Evaristo Villar, Juan Masiá o Juan Antonio Estrada) han suscrito un
documento, titulado "Ante la crisis eclesial", en el
que constatan la "pérdida de credibilidad de la institución
eclesial", cuya "causa principal es la infidelidad
al Vaticano II y el miedo ante las reformas que exigía a la Iglesia".
A su vez, reclaman "la urgente
reforma del entorno papal", denuncian la "incapacidad para
escuchar" de la jerarquía y la "doble actitud de mano tendida
hacia posturas lindantes con la extrema derecha autoritaria (aunque
sean infieles al evangelio e incluso ateas), y de golpes inmisericordes
contra todas las posturas afines a la libertad evangélica".
Éste es el
contenido íntegro del documento:
ANTE LA
CRISIS ECLESIAL
Somos conscientes de que este
escrito es un procedimiento extraordinario, pero nos parece que
también es extraordinaria la causa que lo motiva: la pérdida de credibilidad de
la institución católica que, en buena parte, es justificada y que los medios de
comunicación han convertido ya en oficial, está alcanzando cotas preocupantes. Este
descrédito puede servir de excusa a muchos que no quieren creer, pero es
también causa de dolor y desconcierto para muchos creyentes. A ellos
nos dirigimos principalmente.
1.- La Iglesia fue definida desde
antiguo como santa y pecadora, “casta prostituta”. Crisis graves no han
faltado nunca en su historia, y la actual puede dolernos pero no
sorprendernos. Toda crisis es siempre una oportunidad de crecimiento,
si sabemos en estos momentos “no avergonzarnos del Evangelio” y amar a nuestra
madre. Sabiendo que el amor a una madre enferma no consiste en
negar o disimular su enfermedad sino en sufrir con ella y por ella. Si deseamos
una Iglesia mejor no es para militar en el club de los mejores, sino porque el
evangelio de Dios en Jesucristo se la merece.
2.- No hay
aquí espacio para largos análisis, pero parece claro que la causa
principal de la crisis es la infidelidad al Vaticano II y el miedo ante las
reformas que exigía a la
Iglesia. Ya durante el Concilio se hicieron durísimas críticas
a la curia romana. Más tarde Pablo VI intentó poner en marcha una reforma de
esa curia, que ésta misma bloqueó. Es muy fácil después convertir a un papa
concreto en cabeza de turco de los fallos de la Curia. Por eso preferimos
expresar desde aquí nuestra solidaridad con Benedicto XVI, a nivel personal y a
pesar de las diferencias que puedan existir a niveles ideológicos:
porque sabemos que los papas no son más que pobres hombres como todos nosotros,
que no deben ser divinizados. Y que si algún error grave se cometió en todos
los pontificados anteriores fue precisamente el dejar bloqueada esa urgente
reforma del entorno papal.
3.- Una de las
consecuencias de ese bloqueo es el injusto poder de la curia romana
sobre el colegio episcopal, que deriva en una serie de nombramientos
de obispos al margen de las iglesias locales, y que busca no los pastores que
cada iglesia necesita, sino peones fieles que defiendan los intereses del poder
central y no los del pueblo de Dios.
Ello tiene dos
consecuencias cada vez más perceptibles: una es la doble
actitud de mano tendida hacia posturas lindantes con la extrema derecha
autoritaria (aunque sean infieles al evangelio e incluso ateas), y de golpes
inmisericordes contra todas las posturas afines a la libertad evangélica,
a la fraternidad cristiana y a la igualdad entre todos los hijos e hijas de
Dios, tan clamorosamente negada hoy. Otra consecuencia es la incapacidad
para escuchar, que hace que la institución esté cometiendo ridículos
mayores que los del caso Galileo (pues éste, aunque tenía razón en su intuición
sobre el movimiento de los astros, no la tenía en sus argumentos; mientras que
hoy la ciencia parece suministrar datos que la Curia prefiere desconocer: por ejemplo en
problemas referentes al inicio y al fin de la vida). La proclamada síntesis
entre fe y razón se ve así puesta en entredicho.
4.- Pero más
allá de los diagnósticos, quisiéramos ayudar a actitudes de fe animosa y
paciente para estas horas negras del catolicismo romano. Dios es más
grande que la institución eclesial, y la alegría que brota del
Evangelio capacita hasta para cargar con esos pesos muertos. No vamos a romper
con la Iglesia,
ni aunque hayamos de soportar las iras de parte de su jerarquía.
Pero
tememos la lección que nos dejó la historia: las dos veces en que el
clamor por una reforma de la
Iglesia fue universal y desoído por Roma, están relacionadas
con las dos grandes rupturas del cristianismo: la de Focio y la de Lutero.
Ello no significa que la ruptura fuese legítima: sólo queremos decir que no
pueden tensarse las cuerdas demasiado. Tampoco vamos a romper, porque la Iglesia a la que amamos es
mucho más que la curia romana: sabemos bien que apenas hay infiernos
en esta tierra donde no destaque la presencia callada de misioneros, o de
cristianos que dan al mundo el verdadero rostro de la Iglesia.
5.- Durante
gran parte de su historia, la
Iglesia fue una plataforma de palabra libre. Hoy
nadie creerá que un santo tan amable como Antonio de Padua
pudiera predicar públicamente que mientras Cristo había dicho “apacienta mis
ovejas”, los obispos de su época se dedicaban a ordeñarlas o trasquilarlas. Ni
que el místico san Bernardo escribiera al papa que no parecía sucesor de Pedro
sino de Constantino, para seguir peguntando: “¿hacían eso san Pedro o San
Pablo? Pero ya ves cómo se pone a hervir el celo de los eclesiásticos para
defender su dignidad”. Y terminar diciendo: “se indignan contra mí y me mandan
cerrar la boca diciendo que un monje no tiene por qué juzgar a los obispos. Más
preferiría cerrar los ojos para no ver lo que veo”... Precisamente comentando
este tipo de palabras, escribía en 1962 el papa actual (en un artículo titulado
“libertad de espíritu y obediencia”): “¿es señal de que han mejorado los
tiempos si los teólogos de hoy no se atreven a hablar de esa forma? ¿O es una
señal de que ha disminuido el amor, que se ha vuelto apático y ya no se atreve
a correr el riesgo del dolor por la amada y para ella?”.
Así
quisiéramos hablar: no nos sentimos superiores, pues conocemos
bien, en nosotros mismos, cuál es la hondura del pecado humano. La Escritura, hablando de
los grandes profetas, enseña que su destino no es el protagonismo sino la
incomprensión; y ante eso nos obligan las palabras del apóstol Pablo: “si nos
ultrajan bendeciremos, si nos persiguen aguantaremos, si nos difaman
rogaremos”. Pero nos sentimos llamados a gritar porque también hay allí una
imprecación impresionante que tememos tenga aplicación a nuestro momento
actual: “¡por vuestra causa es blasfemado el nombre de Dios entre las gentes!”.
“Fijos los
ojos en Jesús, autor y consumador de la fe” sabemos que podemos superar estos
momentos duros sin perder la paciencia ni el buen humor ni el amor hacia todos,
incluidos aquellos cuyo gobierno pastoral nos sentimos obligados a criticar.
Este es el testimonio que quisiéramos dar con estas líneas.
Religión Digital 8.4.9