¿A QUÉ VIENE ESTO?
"Esto" se refiere al reciente nombramiento de Juan José Omella, hasta ahora obispo de la Diócesis de Barbastro-Monzón, como nuevo obispo de La Rioja (Calahorra-Logroño-La Calzada).
La noticia mueve a perplejidad por varios motivos:
- Omella era obispo de Barbastro-Monzón desde hace poco más de 4 años. Gran parte de este tiempo había tenido que compaginar esta dedicación con la de Administrador Apostólico de las Diócesis de Huesca y de Jaca. Es decir, que apenas había tenido tiempo suficiente para desarrollar un mínimo de labor pastoral en una diócesis que, debido a su "juventud" (ya que fue creada hace pocos años, fusionando la antigua diócesis de Barbastro con los territorios de la franja pertenecientes hasta ese momento a la diócesis de Lérida) necesita un esfuerzo muy especial para que funcione de manera armónica y actualizada. Estos tiempos tan escasos contrastan con la permanencia de otros obispos en sus sedes durante larguísimos períodos de más de veinte años.
- Omella era hasta este momento el único obispo residente en Aragón y nacido en nuestra Comunidad Autónoma. No es que se necesiten únicamente obispos aragoneses, pero de ahí a no tener ninguno y quitarnos al único que teníamos media un abismo. Y eso prescindiendo de su mayor o menor valía, cuestión en la que no hace falta entrar en este escrito.
- La diócesis de Barbastro-Monzón afronta desde hace años el contencioso de la devolución de una serie de obras de arte que se encuentran actualmente depositadas en la diócesis de Lérida. Las últimas disposiciones vaticanas vuelven a dar la razón al retorno de las mismas a Aragón y, en concreto, a la diócesis mencionada. Pero para ello hay que potenciar y reafirmar el trabajo de la Comisión encargada de tramitar el regreso. Descabezar en estos momentos a nuestra diócesis aragonesa es evidente que no es agilizar el proceso sino dificultarlo.
- Tras unos años de impasse habíamos llegado a un momento en que todas las sedes aragonesas estaban ocupadas por sus respectivos obispos titulares, quedando únicamente pendiente la sustitución del Arzobispo de la de Zaragoza por motivos de jubilación, sustitución que se viene retrasando desde febrero de 2003. Cuando todos pensábamos que, por fin ahora, con nuevos obispos residentes, había llegado el momento de afrontar un plan pastoral global, de nuevo surgen las vacantes y se mantienen las interinidades.
¿A qué viene esto? No lo sabemos porque las decisiones en esta materia siguen acompañadas por el mayor de los hermetismos y sin dar ningún tipo de explicación. La reacción de Omella, no obstante, a través de los medios de comunicación no ha sido precisamente de contento. Como no puede ser de contento tampoco la reacción del pueblo "fiel" al cual se le "marea" con tantas idas y venidas. De otra forma serían las cosas si este pueblo tomara parte en los nombramientos episcopales. Seguro que, como mínimo, no se "dilatarían" los problemas por tiempos y tiempos, como puede suceder con el nombramiento de un nuevo obispo para nuestras queridas diócesis.
Pepe Nerín