ATEÍSMO FUTBOLERO

 

            La casualidad hizo que en el banquete de una boda nos tocara en la misma mesa. Era un tipo cincuentón, bien plantado y –al parecer- con varios amores fracasados y con un hijo de unos 10 años que revoloteaba por el salón y al que cariñosamente llamaba “el cabrón”. 

 

            Nos presentamos, miramos el menú, hicimos cuatro comentarios triviales y en seguida el tipo entró al trapo con el tema que más dominaba: el fútbol.

 

            Yo me veía venir una comida insulsa y tediosa porque el tema en cuestión no me interesa lo más mínimo. Pero él no cejaba en darme explicaciones de temas deportivos de los que yo no entendía nada. Que si la estrategia del entrenador, que si el defensa, el central, el punta, la triangulación perfecta que hacen, la persecución arbitral contra su equipo… y otras nimiedades.

 

            Pero hubo un momento en que me dio la sensación de que hablaba de otro tema en el que estoy más puesto; creí, como digo, que hablaba del hecho religioso. Fue cuando me contó al detalle el último partido que había visto en el estadio y que, al parecer, era decisivo para la marcha de su equipo. Me comentó cómo antes del encuentro se vistieron en casa con su hijo, el cabrón,  y se pertrecharon de bufanda, gorra y bandera. Acudieron al estadio ataviados con los signos de su equipo. Luego se saludaron con los espectadores que se sentaban a su lado y a los que no conocían de nada. Salió el equipo contrario y todos pitaron estruendosamente, pero cuando salió el de casa, su equipo, se pusieron en pie y aplaudieron fervorosamente. Hicieron entonces un minuto de silencio por no recuerda qué motivo. En aquel momento casi se le saltaron las lágrimas, me dijo. De nuevo acabó el silencio y, como un solo hombre, exhibieron todos la bufanda mostrando una uniformidad de sentimientos mientras cantaban apasionada y emocionadamente el himno cuya letra todos conocían a la perfección.

 

            Empezó el partido. Hablaba del portero llamándole san, como si de un santo se tratara. Los defensas eran auténticos ángeles que impedían que se acercaran los contrarios. De pronto el delantero “tocado de una gracia divina”, según mi interlocutor, hizo una cabalgada impresionante, se metió en el área contraria y allí fue derribado por un defensa del otro equipo. Todos pidieron penalti y el árbitro lo concedió. Se hizo un silencio impresionante. “Todos rezábamos en ese momento”, me dijo. El jugador se santiguó tres veces, fue directo hacia el balón y lo lanzó con tal precisión que dejó al portero clavado. El grito de “gol” fue unánime. Todos se abrazaron jubilosos sin conocerse de nada. Había una perfecta comunión entre el público y los jugadores. “Necesitábamos el gol, me decía el colega, menos mal que lo metimos porque teníamos que ganar ese partido para salvarnos”. El jugador que metió el tanto salió corriendo y señaló al cielo con el dedo, es que le dedicaba el gol a su abuelo, que por lo visto había muerto días antes. 

 

            Continuó el partido y el equipo contrario reaccionó. “Si nos llegan a empatar nos condenan al infierno de segunda”. Pero finalmente, cuando quedaba un minuto, otro delantero veloz, se escurrió de todos los defensas y metió un golazo alucinante. De nuevo el grito de gol fue brutal y unánime. Era ensordecedor; los abrazos se multiplicaban. Y es que “ese jugador es un auténtico dios”.

 

            Acabó el partido y se fueron a celebrarlo por todo lo grade. Era una gigantesca procesión de seguidores que encendían las bengalas prohibidas en el estadio. “Estábamos tocando el cielo, me decía el pavo, tocando el cielo. Pero no sabes lo mejor… en la mesilla de noche tengo un autógrafo del jugador que metió el segundo gol. Cada noche le doy un beso al autógrafo. Dentro de un tiempo ya lo pondré en el salón, junto al escudo y el póster del equipo, al ladito mismo del balón con el mismo escudo. Junto a la foto que me hice con el equipo aquel año que ganamos la liga y le ofrecimos la copa a la Virgen, en una Iglesia que para nosotros es un talismán”.

 

            La casualidad hizo que nos volviéramos a juntar al terminar la comida. Fue en la barra libre. Entonces él me dijo “Bueno, supongo que no te molestará lo que te voy a decir, pero es que soy ateo”. Yo, recordando su homilía futbolística le contesté: “Pues yo, gracias a Dios, también”. En ese preciso instante llegaba su hijo, el cabrón, a pedirle la radio con auriculares porque no quería perderse detalle de un nuevo partido que iba a comenzar.  

 

JOSAN MONTULL

11.5.2009