BANQUEROS Y ECLESIÁSTICOS

 

            El pasado sábado 19 de enero se producían dos noticias de ámbito eclesial aunque de muy desigual importancia y contradictorias entre sí. La primera se originaba en Roma: a la segunda votación era elegido el nuevo “líder” de los jesuitas, hombre abierto a promover nuevas vías de encarnación entre la gente en orden a una evangelización más a tono con los tiempos que vivimos. Una buena noticia entre un aluvión de otras que nos llenan de confusión cuando no de desesperanza.

 

            La segunda noticia nos atañía más directamente ya que se localizaba en la basílica del Pilar de Zaragoza y tenía como protagonistas al banquero Botín, al arzobispo y al deán de la Catedral. Estos tres eran los protagonistas de la foto en color que ofrecía Heraldo en su página 36, en la cual se veía al banquero descendiendo con postura arrogante la pequeña escalinata que conduce a la imagen de la Virgen del Pilar, siendo contemplado y esperado respetuosamente por los otros dos protagonistas ataviados para la ocasión. Con un pie de foto: “Botín entrega el manto de la entidad a la Virgen del Pilar”, y un poco más abajo la noticia de que “El Santander se marca como objetivo ser el quinto banco del mundo en un año”.

 

            Más explícito y polémico resulta el encabezamiento del Periódico de Aragón, diario que le dedica casi una página, la 27: “Ahora la Virgen lleva el logo del Santander”, reza su titular. Cuatro quintas partes de la página están ocupadas por 4 fotografías en las que se mezclan eclesiásticos y banqueros en el recinto sagrado bajo la mirada de una Virgen en cuyo manto figura en su parte central y bien visible el logo. La periodista comienza la información con la conocida frase: “Poderoso caballero”.

 

            Algún compañero me ha llamado movido por una “santa” indignación. El hecho había tenido lugar cuando el sol intentaba amanecer, hacia las siete y media de la mañana, mientras la mayor parte de los zaragozanos todavía dormía aprovechando el sábado, a diferencia de los banqueros que, como se sabe, no descansan en pro de su interés. Nada menos que 2.000 directivos acompañaron al presidente de su entidad y fueron despedidos a la puerta del templo por el mismísimo arzobispo que momentos antes se había encargado de la bendición del manto.

 

            Así pues, unos jesuitas que buscan caminos nuevos para evangelizar a los pobres, como invita el Evangelio, y unos ricos banqueros que ocupan el templo, reciben bendiciones de las máximas autoridades eclesiásticas y fuerzan a la Virgen a hacer propaganda de sus intereses, tras dejar, se supone, un buen donativo propio de ricos a los que les sobra el dinero, gracias, entre otras cosas, a las comisiones y a los intereses de tantos préstamos y tantas hipotecas de los pobres paganos que recurren a ellos. Claro que se trata de los dirigentes del 8º banco del mundo y con aspiraciones a encaramarse al 5º lugar del “ránking”. Es cierto: poderoso caballero es don Dinero.

 

            Desgraciadamente una vez más se cumple aquello de que el dinero abre todas las puertas y que ante el poderoso nos inclinamos. Da la impresión de que los banqueros no respetan ni a uno de los máximos símbolos (la Virgen del Pilar) no ya sólo religiosos sino también aragoneses. A este nuestro gran y querido icono (que representa nada menos que a la madre del crucificado y resucitado) lo han marcado con el sello del dinero. Y se les ha permitido la jugada con todas las bendiciones.

 

            Ya sé que hay que salvar la buena intención de nuestros dirigentes eclesiásticos, pero ¿no han calculado éstos el efecto devastador de unas fotografías de las que muchos deducirán lo bien que parecen sentirse nuestros próceres entre los poderosos de este mundo, fotografiándose con ellos como si de dos instancias de poder se tratara? Los han visto con trajes de gala para recibir a los ricos y supondrán lo mucho que gusta a nuestras autoridades que los poderosos parezcan ser piadosos devotos, sin tener en cuenta que los beneficios de los bancos aumentan escandalosamente cada año por lo menos un 25 %, aireándolos impúdicamente, mientras el resto de los mortales tenemos que aguantarnos con resignación cristiana a reducidos aumentos salariales cuando no recortes. Habrá quien piense que con gestos así y con las propinas recibidas se pierde libertad evangélica para poner a cada uno en su sitio, denunciar los abusos y colocarse con credibilidad del lado de los pobres, que es nuestro lugar más adecuado.

 

            Comprendo que todos necesitamos recursos económicos para vivir y que la Diócesis también los necesita. Pero da la impresión de que la economía en la Iglesia sigue siendo una asignatura pendiente y que no se acaba de aprobar una con criterios evangélicos o al menos no en contradicción con ellos. Para empezar, Jesús, que compartía su vida con los pobres, trataba igualmente con los ricos pero con una intención evidente: convertirlos para que compartieran sus posesiones con los excluídos, como explícitamente aparece en varios pasajes evangélicos, lográndolo en alguna ocasión pero no siempre. Lástima que ahora parezca que es al revés: son los ricos los que nos convierten a sus valores dándonos unas migajas con las que tenernos contentos y de su parte.

 

            A pesar de haber conseguido recientemente que nuestros gobernantes nos asignen un porcentaje de los dineros públicos recaudados en función de que los ciudadanos nos marquen con una cruz, no creo que ésta sea una vía de futuro adecuada. Tampoco es conveniente apoyarnos en donativos de gente poderosa, la cual siempre sabe cobrarte con creces lo que con una mano parece regalarte. Ni se trata de competir en el mercado y mediante publicidad televisiva para que se nos ayude por lo buenos que somos y por los beneficios sociales que aportamos.

 

            No se trata tampoco de hacer públicas nuestras cuentas, aunque no todas, si esas cuentas no han sido aprobadas tras un debate con una amplia participación sino confeccionadas por un reducido número de personas que no rinden cuentas al conjunto de la comunidad cristiana. No se trata de gastar dinero en más y más templos, sin saber siquiera si van a ser llenados en el futuro. Se trata de hacer viable en estos tiempos el consejo evangélico de dar nuestro dinero a los pobres y seguir a Jesús.

 

            ¿Qué consecuencias tiene este evangelio respecto a las numerosas propiedades eclesiales? ¿Deberíamos dejar de recibir dinero de los poderosos para no encontrarnos con las manos atadas? ¿Deberíamos crear fondos de solidaridad con los pobres y potenciar la labor promocional de éstos, en lugar de buscar fondos rentables en Bolsa? ¿Deberíamos controlar más de cerca el trabajo que los “expertos” realizan con el dinero de todos? ¿Deberíamos establecer prioridades pastorales, siempre en dirección a los pobres, y cubrirlas económicamente como se merecen? ¿Deberíamos acabar con la hipoteca del sueldo de los curas, que se lleva la mayor parte del presupuesto, y trabajar civilmente éstos como cada hijo de vecino, renunciando a la paga que nos proporciona el Estado? ¿Debería preocuparnos mucho más quedar bien con los pobres que no con los ricos?

 

            Muchas preguntas y más que se pueden hacer. Ya no sé siquiera si somos o no una Diócesis rica, pero lo tremendo es que parecemos serlo dadas las amistades que tenemos y la ubicación y poderío de muchos de nuestros edificios. No es de extrañar que el común de los mortales descubra la gran contradicción con el Jesús pobre y con su mensaje de fraternidad y solidaridad.

 

Pepe Nerín

21.1.2008