BEGOÑA, UNA EXPERIENCIA DE GRACIA

Jesús Domínguez, párroco de 1990 a 2000

 

            Temor y temblor siento cuando trato de poner en palabra escrita estos diez años. Estoy convencido de que fue un auténtico retazo de historia de salvación lo que estos años vivimos, llenos de ilusión y pasión, buscando en cada momento los planes que Dios tenía para nosotros, poniendo amor en todo lo que emprendíamos, viviendo con espontaneidad y sencillez la dinámica de encarnación, muerte y resurrección, siempre con una mirada lúcida de la realidad que nos rodeaba. Años en los que los desafíos que nos venían del entorno eran para nosotros llamadas del mismo Dios que nos invitaba a salir y sembrar evangelio en el barrio.

 

            Viví las experiencias que a uno le hacen madurar como persona: saberte acogido, querido y reconocido, con tus virtudes y defectos; poder realizar el ideal de sacerdote que desde el seminario te habías propuesto, así como consolidar la pequeña utopía de parroquia que habías estudiado y soñado; verte tiernamente acompañado en los duros momentos de la enfermedad y muerte de tu madre y de tus dos hermanos o en todo el proceso de cumplir ese deseo de tener una casa de pueblo, en concreto en Puendeluna. Mi capacidad y necesidad afectiva se vio colmada, no necesitando nada más para ser feliz ni para la realización personal.

 

            Siempre nuevas metas, nuevos desafíos, lo imposible se hacía posible porque, junto a la ayuda permanente de la Providencia, eran muchos los brazos dispuestos siempre a empujar. ¡Cuántos voluntarios en todas las áreas! ¡Con qué alegría y disponibilidad todos ellos! (Nunca olvidaré las movidas de descargar los camiones de las naranjas. Lástima que entonces no era costumbre grabar, porque era digno de ver ahora y aprender).

 

            Como gracia de Dios quiero recordar los pilares de la vida de la parroquia:

 

1) El espíritu comunitario, mantenido con mediaciones como el equipo de animación comunitaria, la comida de los miércoles, los encuentros comunitarios de cada mes, la fiesta de la Sda. Familia, los campamentos comunitarios, los ejercicios anuales, la cena de Jueves Santo, las excursiones, las permanentes celebraciones de cumpleaños o cualquier motivo que pudiera ser pretexto para juntarnos, el equipillo de sacerdotes principalmente cuando pudimos vivir junto con los seminaristas, etc.

 

2) El espíritu participativo y corresponsable, con sus consejos y asambleas parroquiales, la comisión permanente, las de evangelización, acción social, pastoral obrera y participación en plataformas ciudadanas, las juntas directivas de las obras sociales, el despacho, las gestiones administrativas. El cénit de esta participación fue el diseño y aprobación del Plan de Pastoral de la parroquia.

 

3) La dimensión evangelizadora, partiendo siempre de la realidad a la hora de discernir los planes de Dios para la parroquia; la voluntad de acogida ofreciendo lo que disponíamos así como la voluntad de trabajar conjuntamente en todo lo que supusiera mejorar el barrio; la presencia en colegios, AA.VV, Consejos de Salud, APAS, manifestaciones, ONG, mundo obrero; la oferta de procesos catecumenales para adultos y la celebración de los sacramentos, tratando de cuidar la cercanía a los alejados; la abundancia de grupos de jóvenes y niños.

 

4) La dimensión celebrativa y contemplativa, con celebraciones vivas y alegres, participativas, bien preparadas, cercanas a la vida, resaltando las misas con niños y las de doce, sus folletos, dinámicas y símbolos. Recordar los talleres de oración, las oraciones de los martes, los retiros, las oraciones de los encuentros comunitarios, las pequeñas plegarias antes de cada reunión.

 

5) La dimensión samaritana, con las grandes obras sociales para dar respuesta a las necesidades más importantes del barrio en esos momentos. Junto a ello la importancia de Cáritas, la Pastoral de la Salud, Tindal, la colaboración con Proyecto Hombre aportando amigos positivos.

 

6) El entronque con el barrio, manifestado en la gran presencia de feligreses, incluido el párroco, en la vida y actividades de la Asoc. de Vecinos. En broma, a veces, decíamos que la Asamblea de la Asociación parecía un consejo parroquial por la gran abundancia de feligreses en ella presentes. La apertura de las instalaciones parroquiales y tablones de anuncios a las necesidades del barrio, la acogida a “movidas”; la Coral Delicias y el entrañable “Tomando la fresca en verano”.

 

7) La formación para que los cristianos de Begoña pudieran dar razón de su esperanza: los equipos de revisión de vida, los diversos catecumenados, los talleres de oración, las charlas y convivencias, el equipo de Tercera Juventud.

 

8) La coordinación de vicaría y diocesana, participando activamente en todas las actividades conjuntas, muchas de las cuales se realizaban en nuestras instalaciones.

 

            Sólo me queda deciros que “siempre que me acuerdo de vosotros doy gracias a Dios. Cuando ruego por vosotros lo hago con alegría” (Flp 1,3-4).