Presentamos dos artículos aparecidos en el periódico El País en la sección "debate" a propósito de Jóvenes-noche-alcohol:
Domingo, 17 de febrero de 2002
No se cambia por decreto
JAVIER ELZO
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Javier Elzo es catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto.
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Los adolescentes y jóvenes de hoy consumen alcohol en grupo, de forma compulsiva, buscando colocarse, o encontrar el puntito para comenzar la fiesta (obviamente nocturna y de fin de semana), sin olvidar los que hacen del consumo abusivo uno de los aspectos básicos de la fiesta. Para comprender y actuar sobre este fenómeno hay que huir de dos errores: la simplificación en la explicación y quedarse en las meras propuestas técnicas en las respuestas.
¿Por qué consumen así? Nos limitamos a dos razones de fondo, aplicable al conjunto social una y más específica de los jóvenes, la segunda. En el estudio de la FAD Valores sociales y drogas (E. Megias dir.), recientemente publicado, señalamos que para los adultos 'consumir drogas (y alcohol) resulta casi lo esperable de los jóvenes, hasta el punto de que cuando se habla de los valores de los consumidores se termina hablando de los valores de los jóvenes: tanto en lo que se refiere a los riesgos que se espera que los jóvenes asuman como a la atribución de algunos valores ideales... Es cosa de jóvenes ser aventureros, tener curiosidad, consumir drogas y también ser solidarios, ser altruistas, ser buenos amigos de los jóvenes'. Lógicamente, 'los propios jóvenes se sienten desresponsabilizados de su propio comportamiento pues hacen lo que se espera que hagan...'
Pero los adolescentes y jóvenes se acomodan muy bien en esta situación. Aceptan la 'presión' del grupo de amigos, bajo la forma de rutinización y ritualización (rito de paso básicamente) del beber. Esta chica madrileña de 17 años lo expresa así: 'Aunque no quiera, la gente se pone a beber... Si tú no bebes y ellos beben, van a estar de otro rollo, y tú vas a estar allí diciendo ¡bueno vale!, y quieras o no eso te obliga a beber' (J. Elzo en El silencio de los adolescentes). En ese mismo trabajo he encontrado jóvenes que, al tiempo que participan 'durante el tiempo normativizado' en grupos de voluntariado, son buenos estudiantes y hasta se forman como monitores de drogodependencias, puedan comenzar, lo más naturalmente del mundo, la noche del viernes haciendo botellón (página 118). No entender esto es darse de bruces contra la pared.
El botellón, como lo reflejaba muy bien Carlos Sarabia en EL PAÍS del martes 12 pasado, se explica porque quieren estar juntos, ellos solos sin que nadie les vigile, sabiendo lo que beben, a un precio más económico y pudiendo hablar. Aunque molesten a los vecinos. Pero los adultos hemos priorizado el 'derecho' a divertirse durante la noche sobre el derecho de los vecinos a descansar. La ley que ha anunciado Rajoy pretende, entre otras cosas, abordar este supuesto. Esto me lleva a la segunda cuestión. ¿Qué hacer?
No basta con las políticas instrumentales: prohibir el consumo molesto en las calles y fomentar que los jóvenes se 'escondan' para divertirse (discotecas, sí, y lonjas, garajes..., también), poner autobuses para los desplazamientos, organizar ocios alternativos a altas horas de la noche, controlar la venta de productos a los menores, etcétera. Esto es necesario (inteligentemente planteado), pero absolutamente insuficiente, si no contraproducente, en algunos supuestos. Por una razón de fondo: excluye a la juventud de vivir en sociedad en su tiempo libre. Al contrario, hoy el objetivo finalista básico de toda política de juventud debe ser su integración social, la participación activa de la juventud en la toma de las decisiones sociales. El actual modo de divertirse lo impide radicalmente. En consecuencia, un objetivo prioritario, en una política finalista, debe consistir en lograr que los jóvenes disfruten de su tiempo libre en horas no tan avanzadas de la noche, y las políticas instrumentales, absolutamente necesarias en el corto plazo, deben estar orientadas en el medio y largo plazo a este fin. Disfrutar he dicho, aunque será preciso convencer a jóvenes y adultos, y datos rigurosos hay para ello, de que los que más tarde se van a casa son los que, según señalan ellos mismos, menos disfrutan, sin que los que se queden en casa sean los que más disfruten.
Mi opinión es que la sociedad española no está por esta labor al día de hoy. Nos importa un bledo, además, ser la excepción europea en este punto, como nos recordó Cees Goos, responsable europeo de la OMS durante 17 años, en EL PAÍS del 13 pasado. Comprendo y comparto la preocupación que late en la ley que se propugna, pero dudo muy seriamente de su eficacia si no va acompañada, diría incluso que previamente, con una gigantesca labor de discernimiento, discusión y valoración del fenómeno 'jóvenes-noche-alcohol'. Hago votos para que el reciente congreso que ha organizado el Plan Nacional Sobre Drogas sea el arranque para esta labor, porque, no se olvide, una sociedad no se cambia por decreto.
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Domingo, 17 de febrero de 2002
Un esfuerzo solidario
PEDRO NÚÑEZ MORGADES
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Pedro Núñez Morgades es Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid.
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La primera condición que debe darse para resolver un conflicto es tener conciencia de que existe. El creciente consumo de alcohol entre jóvenes y adolescentes se ha convertido en un problema de gran magnitud para nuestra sociedad, que debe ser consciente de su gravedad. Nuestra ancestral cultura del alcohol provoca mucha permisividad, especialmente significativa en el caso de los padres, de los que tan sólo un 16,3% inculca a sus hijos la percepción del alcohol como una droga. La disponibilidad es también muy elevada y es evidente que a mayor permisividad, mayor consumo.
En los últimos tiempos se está produciendo en España un fenómeno sociológico que merece un análisis profundo, por sus orígenes y, sobre todo, por sus consecuencias: el botellón, que reúne cada fin de semana a miles de jóvenes, muchos menores, para ingerir gran cantidad de bebidas alcohólicas. Para muchos de ellos representa la mejor forma de comunicarse, de 'ligar', una fantasía de emancipación: salir solos, sin control, durante toda la noche. Pero hay otra razón que los jóvenes argumentan, con mucha sinceridad, y que debería preocuparnos por lo que significa: practican el botellón porque no tienen otra alternativa. Esto, unido al hecho de que la edad de inicio de consumo de alcohol se ha reducido a los 13 años, ofrece un panorama nada alentador sobre el futuro que puede esperarles a muchos de nuestros adolescentes y jóvenes.
Las consecuencias de este compulsivo consumo de alcohol son muy negativas: accidentes de tráfico, daños hepáticos, embarazos no deseados, incremento de la violencia, deterioro de la convivencia con los vecinos, posible alcoholismo crónico... Se hace imprescindible acometer el problema, con una visión poliédrica, pero implicando especialmente a los jóvenes, que tienen que tomar conciencia de que están en riesgo y asumir, con responsabilidad, otras alternativas de ocio, igual o más gratificantes y en absoluto peligrosas: actividades culturales, deporte, conciertos, entender que no es sólo válida la cultura de la noche, tratando de descubrir las excelencias de disfrutar también del día (excursionismo, labores de voluntariado...). El problema es que el joven no asume que él, o alguien de su entorno, puede llegar a perder el control de la situación y reivindica su derecho a divertirse de la manera que mejor considere y de consumir alcohol como forma de desinhibición y evasión.
La solución es, sin duda, muy difícil. Requiere imaginación, valentía e implicación. Sin duda las administraciones tendrán que dar respuestas, de tipo legal, educativas, preventivas (especialmente dirigidas a los menores de 13 años que aún no se han iniciado en el consumo), alternativas, etcétera. Pero hay una evidencia a la que no podemos dejar de apelar: la responsabilidad de los padres, especialmente en la formación de sus hijos. El gran déficit de la sociedad actual es, precisamente, esa relación padres-hijos y la educación por parte de la familia. Educación en valores, distintos tal vez a los que esta sociedad consumista y triunfalista les transmite. Desde pequeños se ven obligados a competir, a tener más, a ser los mejores... Y esto les genera cierta frustración que, en un adolescente de 13 o 14 años, puede provocar la necesidad de disfrazar esa realidad con elementos que la hagan más atractiva, incluso más 'soportable'. ¿Beber para olvidar? No, pero sí beber, como ellos mismos argumentan, para sentirse como no se sienten cuando no beben. Quizás en el fondo no es más que un grito de rebelión de una juventud que necesita tener otras metas y estímulos. Y esto es, en realidad, un fracaso de todos, porque juventud, por definición, debe ser sinónimo de ilusión, empuje, alegría. Nunca de hastío, frustración y huida. Por eso es importantísima la concurrencia de los padres, que deben no sólo conocer y controlar lo que hacen sus hijos, especialmente a edades muy tempranas, sino conducirles, desde niños, por una senda más gratificante.
La mesa de encuentro sobre el consumo de alcohol en la juventud, formada en la Comunidad de Madrid y compuesta por una amplia representación social que aglutina muy diversas sensibilidades, ha analizado el problema del botellón en profundidad y ha tratado de esbozar una serie de propuestas, que tendrán que ser completadas a partir de ahora con el esfuerzo solidario de instituciones públicas y privadas, pero, insisto, que de nada servirán si los jóvenes no participan de ellas.
Volviendo al principio, para implicarnos en un problema hay que tener conciencia del mismo, y creo que aún no hay la suficiente respecto al binomio alcohol-juventud. Muchos de los lectores pueden creer que exageramos la situación, pero, desde mi condición de Defensor del Menor, entiendo que no es así, porque la situación es, ciertamente, preocupante. Por ello, me permito convocar a todos a la reflexión y el esfuerzo solidario para defender el futuro de nuestros hijos, que son nuestro presente y, sin duda alguna, nuestro futuro.