Cuando se utiliza este calificativo para definir
la postura actual de
Ambas actitudes parecen contradictorias pero
distan mucho de serlo. Por una parte este grupo de católicos asustados y
temerosos, se cierra porque se siente víctima de una sociedad -así la ven
ellos- agnóstica, laicista, relativista. Por otra se tiene por poseedor de toda
y la única verdad, lo que les lleva al adoctrinamiento, al proselitismo y al
enfrentamiento, buscando por todos los medios imponer en la sociedad sus posiciones,
todas marcadas con el cuño preconciliar.
Las consecuencias -trágicas para el mensaje
evangélico- no se pueden ocultar.
La primera, la incomunicación entre la sociedad y
En segundo lugar, la alianza con el poder
económico e ideológico y en concreto con la parte más a la derecha de éste
último. Es llamativo el peso decisivo de las grandes empresas -alguna con
enormes desafueros a sus espaldas- en
Todo esto provoca una reacción en cadena:
la vuelta a una teología conservadora, a la más estricta concepción jerárquica,
a la marginación de la mujer, al pretendido monopolio de la ética, a una visión
negativa de la realidad, al pecado original, al sacrificio, a la obediencia, al
ahogo y persecución de las bases críticas.
Hay dos campos en que esta crisis se manifiesta
de forma especialmente dolorosa: en el ecumenismo y en la opción por los
pobres.
De una actitud ecuménica hecha de diálogo
y colaboración se ha pasado a la incomunicación, salvo con los grupos más
conservadores y fundamentalistas católicos y de otras confesiones. Con el
prurito de afirmar su posesión de la verdad se abandonan un lenguaje y unas
posturas que tengan en cuenta el pluralismo religioso e ideológico de la sociedad.
En cuanto a los pobres, establecida la
alianza con los poderosos, no son en estos momentos un tema prioritario. En el
caso de Madrid el Sínodo los olvidó especialmente y es sobre todo muy llamativa
la falta de reacción de la jerarquía ante una crisis económica tan grave como
la que sufre nuestro país.
Y en último lugar, pero no con menos resonancia: el
fundamentalismo de los medios cercanos a
Causas de esta situación
El Concilio Vaticano II hizo a
Desde el comienzo estas ideas tuvieron enemigos
acérrimos que se pusieron a la obra de desmontar el espíritu conciliar. Este ha
sido el resultado del largo liderazgo de Juan Pablo II, de su mano derecha
Ratzinger y de Rouco en el caso de España. Uno de sus principales
instrumentos ha sido la política de nombramientos de obispos y de una formación
en los seminarios que vuelve a encontrar sus pilares en la piedad, el
sometimiento y el imperio de la ley.
Aunque con san Pablo debería ver que "éste
es el día de la salvación", la reacción no ha sido una conversión que retoma
las raíces evangélicas, no ha sido una fe que asume riesgos y compromisos sino
el intento de rescatar y utilizar todos los restos de poder, desde los
Acuerdos de 1979 hasta la convocatoria masiva en todas las ocasiones posibles.
Movida por el miedo y aferrada al poder,
Hacia dentro de la comunidad eclesial han
vuelto a ponerse en marcha los mecanismos del poder. No los criterios del
Evangelio -la lectura de los signos, el respeto a la mezcla del trigo y la
cizaña, que el mayor sea como el menor- sino un fuerte centralismo, la idea de
una "Iglesia comunión" para la resacralización,
para afirmar la doctrina tradicional sin fisuras.
En congresos oficiales, sínodos, reuniones del
clero, medios de comunicación de
¿Qué salida tiene esta situación?
Esta respuesta no tiene una respuesta fácil.
Muchas razones avalan la idea de que, en esta Iglesia piramidal y centralista,
no hay nada que esperar a corto plazo. Por otra parte es también
comprensible la postura de quienes quieren limitarse individualmente a vivir su
fe de un modo más acorde al Evangelio, en sintonía con el entorno de creyentes
a su alcance.
Y sin embargo la situación es tan grave que exige
no sólo críticas y lamentaciones sino también acciones decididas.
Por una parte es necesario ir realizando en
las parroquias y grupos el modelo de Iglesia participativa en la que creemos.
Por otra parte no es posible olvidar que nuestro punto de referencia son los
pobres, que esperan de
Estas acciones pueden ir desde la denuncia de los
acuerdos con el Estado Vaticano hasta la colaboración con grupos y asociaciones
laicas que trabajan por los derechos humanos.
Y en todo momento, manteniendo la esperanza y la alegría, alzar la voz para
denunciar palabras y actitudes de una Iglesia que no es fiel al Evangelio ni
útil para el siglo XXI. Porque, como decía Mounier
"el silencio ha llegado a ser insoportable". Y porque, frente a unos
obispos que toman partido sólo por unos, todos somos Iglesia.