CAMBIO CLIMÁTICO

Y CAMBIO ECLESIAL



Desde hace ya bastante tiempo las noticias que nos llegan acerca de la evolución del planeta son cada día más alarmantes. Los recursos se están agotando y el ambiente que se respira se va enrareciendo por momentos poniendo en grave riesgo el futuro mismo de la vida actual en el planeta, empezando por la humana. No obstante, se nos viene advirtiendo que todavía estamos a tiempo de que el fenómeno no sea irreversible y que, si tomamos las medidas oportunas, rápida y valientemente, podemos evitar al menos sus efectos más negativos. Los Gobiernos, sin embargo, se están mostrando muy tímidos a la hora de cumplir incluso los compromisos que ya aprobaron hace años, y da la impresión de que hay demasiados intereses en juego, especialmente los intereses de los poderosos, que son los que verdaderamente cuentan y que se oponen a cambiar las estructuras que tanto les han favorecido hasta el momento.

Envuelto en estas reflexiones me hallaba cuando caí en la cuenta de que algo parecido nos está ocurriendo en nuestra Iglesia. Desde hace bastantes años muchos son los indicadores que apuntan a que las cosas no van bien, que incluso está en cuestión el futuro ya que los jóvenes andan por otros derroteros, que el envejecimiento parece irreversible, que los compromisos que la Iglesia adoptó en el Concilio Vaticano II se han reducido considerablemente. En nuestra misma Diócesis de Zaragoza, se ha aprobado un Plan Pastoral cuyas medidas dan la impresión de ser excesivamente tímidas y sin salirse de los esquemas pastorales que vienen rigiendo desde hace años habiendo demostrado con creces su poca eficacia en estos nuevos tiempos en que nos encontramos.

Me comentaba hace poco el Arzobispo (un día en que coincidí de pasada con él) que nos ha tocado vivir estos tiempos de "sequía" vocacional, aunque yo creo que la sequía afecta no sólo a ese aspecto eclesial sino a muchos. Lo decía como dando la impresión de que no hay que hundirse por ello porque ya llegarán tiempos mejores. Hasta ese momento hay que aguantar y aguantar, que el Señor ya proveerá y no nos dejará de su mano. Hagamos lo que podamos, y no dudo que se intenta todo lo posible para suscitar nuevas vocaciones sacerdotales o fichar a nuevos curas. Pero muchas veces da la impresión de que las "estrategias" tal vez no respondan a lo que en estos tiempos necesita la Iglesia o la sociedad.

Yo creo que hay que coger al toro por los cuernos (lo he escrito muchas veces) y afrontar la realidad tal como es, llamándola por su nombre, sin tener miedo a ello. Y asumir que tiempos nuevos requieren respuestas nuevas, creatividad, audacia incluso, aunque estas respuestas vayan bastante más allá de las dadas hasta el momento. Encerrarse en unas normas, unos criterios, unos requisitos, es pretender que el hombre se acomode a la ley y no al revés: la ley al hombre. Porque lo importante es no perder de vista el objetivo: el anuncio del Reino de Dios, frente al cual los medios se relativizan y se cambian cuando ya no sirven, como, por otra parte, ha hecho siempre la Iglesia y lo hace cualquier organización, menos las que ya no tienen capacidad de respuesta a los nuevos retos y que son superadas por los acontecimientos.

Y lo cierto es que la Iglesia, o mejor, nuestra Diócesis (amén de muchas otras en España) está envejecida y no atrae apenas a casi ningún joven, a pesar de las ocasionales concentraciones para aclamar a sus dirigentes. Lo cierto es que la jerarquía de las diócesis españolas lleva bastantes años utilizando unos esquemas (pastorales, de presencia de la Iglesia en la sociedad, organizativos, etc.) que claramente resultan ineficaces. El predominio de ideas y personas de talante muy conservador han hecho centrarse en unos esquemas de "reconquista" de una sociedad sobre la que antes se ejercía, gracias a la alianza con el poder civil, una influencia que ya ha dejado de ser tal. Parece que lo que se ha pretendido y pretende es agrupar a las fuerzas conservadoras, dando protagonismo a sus principales exponentes, para intentar esa reconquista de un poder que tan nefastos resultados pastorales ha producido. Parece que se ha optado por la derecha frente a la izquierda, por dar mucho más peso a la moral sexual tradicional que a la moral social, por defender más los supuestos "intereses" de la Iglesia (en educación, economía, legislación, etc.) que los intereses reales de los pobres, por oponerse a cualquier paso de la ciencia en el terreno de la biología que por abrir futuro, por temer más a las posibles consecuencias negativas que por alegrarse por las claras consecuencias positivas, por preferir el sufrir, la mortificación, que la alegría y el placer, por...

A mi modo de ver este proyecto ha fracasado, así de claro, aunque sigue vigente porque los que tienen poder para ello lo siguen manteniendo. Hace agua por todas partes y somos muchos los que no lo compartimos. El último episodio conocido, de imponer una orientación conservadora especialmente en la liturgia a una parroquia marginal de Madrid, ha provocado una reacción de defensa de una liturgia más viva, más adecuada a la realidad y a la vida de la gente, con unos símbolos que digan algo al personal de hoy porque estén tomados de su cotidianidad. No podemos encerrarnos en una torre de marfil, con un estilo elitista, con unas vestimentas de romanos, con un ritual que nada tiene que ver con el del común de los mortales. Nos están forzando a realizar unos dificilísimos equilibrios para intentar conjugar lo mandado desde una ortodoxia lejana con lo popular, y además sortear las posibles denuncias de intransigentes que no aman a la Iglesia porque se quieren tan sólo a sí mismos y se sienten inseguros si se les cambia una coma de su ortodoxia. Y encima el "pueblo fiel" se echa las manos a la cabeza pensando que, además, nos van a meter la misa en latín. Es un regreso al pasado más rancio y que nos recuerda las célebres palabras de Cicerón: "¿Hasta cuándo Catilina vas a abusar de nuestra paciencia?".

Y uno se pregunta: ¿pero es que los que rodean a nuestra jerarquía, a nuestros obispos, no les hablan claro de por dónde va la realidad?, ¿es que los cargos cambian a las personas y les hacen dóciles a comulgar con piedras de molino?, ¿es que nuestros dirigentes están tan convencidos de "poseer" una denominada "gracia de estado" que no necesitan dialogar con sus "fieles" sino que tratan de imponer sus ideas sin más miramientos y convencidos de que es lo mejor que pueden hacer?, ¿es que los obispos están libres de equivocarse, de mantener doctrinas teológicas que sonrojan a cualquier hijo de vecino?, ¿es que ahora van a potenciar de golpe cientos y cientos de beatificaciones de mártires de la Guerra del 36 pertenecientes tan sólo a uno de los bandos en liza, el de los sublevados vencedores, olvidándose de los mártires del otro bando (no podría hacerse un reconocimiento eclesial solemne y público de las víctimas de ambos lados, como un gesto de reconciliación definitiva)?

Hay que cambiar el clima, acabando con el recalentamiento actual tanto terreno como "divino" eclesial. No estaría nada mal que los obispos hablaran menos y escucharan más a los cristianos de a pie que intentan ser tratados como adultos en nuestra Iglesia. ¡Cuántos sonrojos se producen en ellos al escuchar o leer determinadas declaraciones episcopales! No sé si a algunos obispos les colocan rápidamente en un pedestal o se colocan ellos mismos, pero sería necesario bajarlos de su altura y considerarlos no como los dueños de "su" Diócesis sino como los principales servidores de la misma, no como el recién llegado que aplica su cartilla sino el que viene para aprender y reconocer lo bueno que existe, no como el "señor obispo", "don X", sino como el hermano mayor al que hay que ayudar a llevar su carga porque es demasiado pesada para uno solo si la lleva como debe.

Hay que tomarse de otra manera la sequía de sacerdotes y seminaristas. Que no consiste en fichar a diestro y siniestro (a éste lo hacen menos) para tener un número mayor sino en preguntarse en serio si hacen falta sacerdotes o presbíteros, hombres que siguen rituales en su mayoría cúlticos o personas maduras, "veteranas", de nuestras parroquias y grupos que vayan aumentando su grado de responsabilidad hasta asumir el ministerio de coordinar (apacentar) a sus hermanos en la fe, y todo ello poniendo en cuestión las condiciones que hasta ahora se exigen, basadas no tanto en las necesidades de los cristianos sino en tradiciones muy respetables pero tradiciones al fin y al cabo revisables.

Hay que modificar los rituales litúrgicos para potenciar una liturgia viva, conectada con la realidad de la gente y no con el hieratismo frío e ineficaz. Que la misa no es un acto de magia para transformar un pan (más bien unas hostias que no parecen pan) y un vino sino la celebración de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, el Hijo querido de Dios Padre, que se desvivió por los hombres y mujeres de su tiempo, especialmente de los marginados, y que anunció el Reino de Dios, que no es una organización institucionalizada sino unas nuevas relaciones entre los humanos y entre ellos y Dios basadas sobre todo en el amor que se hace justicia, libertad, misericordia, solidaridad y paz.

Hay que estimular la creatividad en esta época de apatía eclesial, de falta de pasión por primar lo eclesialmente "correcto", de tortícolis de tanto mirar de reojo a Roma, como decía el cardenal Tarancón. Reconocer el tan olvidado "sensus fidei" de los creyentes, ese sentimiento de fe propio de personas sobre los que actúa el Espíritu Santo, igual que lo hace sobre sus pastores. Hay que potenciar respuestas nuevas a los nuevos problemas, a los nuevos cuestionamientos que nos vienen de la sociedad. Hay que elegir para los cargos eclesiales a quienes sean capaces de ir más allá de lo que se ha hecho "siempre", es decir, de lo que se ha hecho en las últimas décadas. Y recuperar el espíritu del Concilio Vaticano II que suscitó tantas esperanzas de renovación, de puesta al día con el mundo, aunque luego, interesadamente, se le haya acusado de todos los males.

Hay que espabilarse porque a este paso, con este envejecimiento eclesial patente en cuantos actos realizamos, nos queda poco. Por ello, hay que replantearse la pastoral de arriba abajo, aunque nos resulte doloroso. Sólo vale que nos pongamos a trabajar duro, analizando honradamente la realidad, reconociendo la ineficacia de tantas de nuestras actuaciones y los errores que cometemos, sin cortapisas de ningún genero, sin vetos al diálogo libre, sin hacer caso a denuncias que pretenden silenciar perversamente a comunidades y personas.

Es preciso que cambiemos incluso nuestras costumbres, nuestros tipos de reuniones que empiezan y acaban en ellas mismas, nuestro encerrarnos en nuestros locales parroquiales cada vez menos frecuentados. Que cambiemos nuestros medios de comunicación para que expongan la realidad cotidiana, las preocupaciones, problemas y aspiraciones de la gente de base y no estén dominados por la ortodoxia oficial que busca el adoctrinamiento de catecismo más que potenciar cristianos adultos en la fe, capaces de pensar por sí mismos llegando incluso felizmente a disentir de sus pastores cuando sea necesario.

Estamos en un cambio de época, aunque haya quienes no se han enterado todavía a pesar de los múltiples indicadores que así lo anuncian. Hay quienes no quieren enterarse porque les da horror cualquier cambio que ponga en peligro sus posiciones abusivamente dominantes. Tampoco se enteraron los dirigentes de regímenes que parecían eternos hasta que les arrastró la marea de la historia, cayeron muros hasta ese momento infranqueables y hubo que aplicar perestroikas (cambios radicales) y glasnot (transparencia), porque las aspiraciones humanas tendentes a lograr un mundo mejor acaban por abrirse paso y la realidad no puede ser ocultada indefinidamente. De las sombras va a surgir una muchedumbre inmensa "que nadie puede contar", como refleja al estilo esperanzador del Apocalipsis el célebre cuadro de la entrada en la historia de los trabajadores, símbolo del Primero de Mayo. "Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?".

Pepe Nerín

30.4.2007