CAMBIO EN EL SEMINARIO:
¿HACIA ATRÁS O HACIA DELANTE?
Hace pocos días me llegó la noticia de la marcha de los sacerdotes “operarios” del Seminario de Zaragoza. Desde que el 19 de abril de 1898 firmaron con el Arzobispo de Zaragoza D. Vicente Alda el acuerdo de hacerse cargo del mismo, los operarios han permanecido en él (en sus diferentes ubicaciones) a lo largo de todo el siglo XX y comienzos del XXI, dando incluso algunos de ellos su vida físicamente en aquel terrible 1936. La labor que han ido realizando a lo largo de tantos años ha sido enorme y digna de reconocimiento y gratitud, con todas las pegas que cualquier labor humana lleva consigo. Y no me duelen prendas en reconocerlo, precisamente yo que fui “invitado” a abandonar el Seminario allá por los años sesenta aunque finalmente fui repescado. A partir de 1970 en que se creó el CRETA (Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón) el Seminario y el Centro de Formación dejaron de ser una misma realidad, aunque ubicados en un mismo edificio y ejerciendo la imprescindible colaboración.
Los
operarios no eran sacerdotes de la diócesis de Zaragoza en cuanto incardinados
en ella (aunque algunos sí lo fueron). Ello les iba a permitir en teoría mantenerse
por encima de las partes, de las diferentes corrientes ideológicas del clero,
dependiendo directamente del Arzobispo que consideraba el Seminario como un
centro clave para el futuro de
La
misma no pertenencia al clero diocesano dio ocasión a que se elevaran voces ya
desde hace muchos años reclamando su sustitución por curas zaragozanos más
integrados en la realidad pastoral de
Y
se va a producir el relevo, no sé si por iniciativa de los discípulos de Mosén
Sol (su fundador) o del actual Arzobispo. ¿Por quién van a ser sustituidos?
Secreto, nadie parece saber nada. ¿Qué líneas se van a potenciar a partir de
ahora? Incógnita, pero muy relevante. ¿Es un paso adelante o un paso atrás?
Dudas. ¿Se ha producido una clara, sincera y abierta reflexión sobre el tipo de
Seminario y de seminaristas que necesita
A lo largo de los siete años de existencia de esta página web he publicado algunas reflexiones mías acerca del Seminario y de los seminaristas. Se puede leer especialmente mi editorial “A propósito del Día del Seminario”, pero también “Que se abran las ventanas del Seminario”, “Perdón pero insisto”, “Cambio climático y cambio eclesial”, “No es éste el camino”, “Sacerdotes, ¿para qué?”, “No estoy de acuerdo”, “Una decisión preocupante”, “No hay cura”, etc., en donde me explayo ampliamente sobre el tema, expongo mis reflexiones y mis propuestas, aunque con pocas esperanzas de que sean tenidas en cuenta.
¡Ojalá que el cambio de personas en la dirección del Seminario sirva para una mejor formación de los seminaristas en todos sus aspectos! Y una mejor formación no creo que consista en echar mano de modelos ya superados por el paso de los años y, sobre todo, por el cambio de la sociedad española a la que se les envía a evangelizar. Me preocupa que el Arzobispo no haya desarrollado hasta ahora y hecho público un esbozo de ideas sobre este tema. Me preocupa que el Consejo Presbiteral no haya llevado adelante una reflexión profunda sobre el futuro del Seminario ni tampoco lo haya hecho el Consejo Pastoral. Me preocupa que pudiera pensarse que el seminarista modelo es aquél que trata de diferenciarse de los seglares por su vestimenta, por sus amaneradas formas clericales, por su lenguaje pseudoespitualista, por su convicción de “elegido” frente al resto, convicción que le lleva a pretender dirigir más que a servir. Me preocupa que se opte por un modelo “único”, supuestamente ortodoxo cien por cien. Me preocupa que se pretenda inculcar un pensamiento “único” totalmente acrítico con los desvíos eclesiales y eclesiásticos antievangélicos y visceralmente crítico de otras corrientes de pensamiento y actuación que no coincidan plenamente con la oficial del poder eclesial, así como exorcista furibundo de las ideologías seculares y políticas más allá de la derecha. Y me preocupa también que se recurra a importar vocaciones camuflando de este modo la ausencia de seminaristas oriundos de esta tierra y evitando hacerse preguntas embarazosas acerca de las auténticas causas de la misma.
Pienso que necesitamos personas que formen a los seminaristas, entre otros aspectos, para:
- que luego como curas sean animadores y no desanimadores;
- que tengan mucho sentido común para lo cual no es imprescindible ser joven;
- que sean firmes en sus convicciones, pacientes en sus dudas y muy flexibles en la aplicación de normas, las cuales son siempre relativas y secundarias hasta que no aparezcan otras mejores;
- que faciliten las cosas a la gente y no que se las compliquen innecesariamente con prescripciones;
- que aprendan mucha psicología vital para saber escuchar, comprender y valorar a los demás;
- que tengan conocimientos adecuados de la realidad actual para que no metan la pata pensando que están en un mundo diferente o ya superado;
- que no piensen que lo saben todo o que tienen la verdad por el mero hecho de manejar el Código de Derecho Canónico;
- que estén en formación permanente y ayuden a sus parroquianos a formarse;
- que se mezclen con todos, sobre todo con los “pecadores”, y no sólo con los oficialmente “buenos”;
- que sepan potenciar la comunidad y los grupos, en lugar de las camarillas;
- que no se peguen todo el día en el templo sino que descubran en la calle los “templos vivientes”;
- que se internen por los barrios más conflictivos en lugar de dedicarse a pisar alfombras;
- que no aspiren a “trepar” sino a servir, fundamentalmente a los últimos;
- que se pongan al nivel de la gente sencilla y no subidos en un ridículo pedestal;
- que su amor no sea una farsa ni una mentira;
- que sepan tratar y querer a todo tipo de personas, tanto a hombres como a mujeres;
- que se ensucien las manos en lugar de conservarlas impolutas para el culto;
- que vivan la vida no de cualquier modo y mucho menos en plan pesetero o eurero sino con ilusión y coraje;
- que sean creativos y no clones;
- que sepan arriesgar y no sólo conservar;
- que ayuden con su ejemplo a que otros vivan felices;
- que vivan siempre alegres y llenos de esperanza;
- que se mantengan firmes en los momentos difíciles;
- que recen al Señor en todo momento y pongan a Dios en el centro de su vida;
- que se desvivan por los pobres y necesitados;
- que se alegren con los que se alegran y lloren con los que lloran;
- que sean todo para todos;
- que sepan perdonar y no sólo administrar el sacramento de la penitencia;
- que no presuman de listos;
- que, en cuanto les sea posible, estén en paz con todo el mundo.
Nada original: muchos de estos consejos ya se los escribió S. Pablo a los cristianos de Roma (Rom 12,1-2.9-18) hace muchos siglos.
Hay mucha gente, muchos católicos, que reclaman y reclamamos otra manera de hacer las cosas, otra manera de tomar decisiones, otro Seminario, otro estilo de seminaristas y de curas. ¡Y mira que llevamos años y años de santa paciencia!
Pepe Nerín
6.5.2008