CARTA A DON JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO
Señor presidente:
Durante unas semanas he asistido, como tantos
españoles, al debate –entre serio y jocoso- que producía el hecho de que usted
tuviera que participar en un acto en los Estados Unidos en los que se le
invitaba a rezar públicamente.
Cierto es que la cosa tenía su relevancia
mediática. Con frecuencia usted ha defendido la privacidad de las
manifestaciones religiosas y, de una u otra manera, ha expresado su distancia
con el hecho religioso. Se ha embarcado en una obstinada batalla para que los
símbolos cristianos desaparezcan de muchos ámbitos sociales. Por eso, permítame
que le diga, su intervención orando en cristiano en el suelo de un país cuyo
símbolo también ignoró al no ponerse en pie en un desfile al aparecer su
bandera, no deja de tener su morbo.
Tengo que decirle que salió usted muy bien
parado del envite que desde tantas filas, también desde las suyas, le lanzaban
desconfiados unos y otros. Citó un texto del Deuteronomio en el que se hace un
llamamiento a la justicia con el inmigrante y el pobre. Es encomiable la
elección del texto y la seriedad con que lo leyó. Mal que les pese a sus
detractores, lo hizo usted muy bien.
Es verdad que con frecuencia ha manifestado
un laicismo peculiar. Su laicidad, cuando no su laicismo, ha sido bandera que
han enarbolado sus compañeros para tener un determinado estilo político. Pero a
veces, créame, su estilo nos desconcierta. Mientras el gobierno que preside ha
iniciado una campaña para quitar los símbolos religiosos de muchos ámbitos de
la vida pública, usted otorga la cruz de oro a las víctimas del terrorismo, se
tapa la cabeza con una kipá a la entrada del Museo del Holocausto o se cubre
los pies para entrar en una mezquita musulmana. Este respeto que usted manifiesta
con algunas tradiciones religiosas contrasta con la actitud de algunos de sus
asesores que, cuando
Lo cierto es que todo esto, que me
desconcierta un tanto, no llega a preocuparme. Y es que en
Y es aquí donde el tema me empieza a
preocupar mucho más. Más que los símbolos religiosos –hoy en entredicho- que
están metidos hasta en el tuétano en nuestra cultura, me inquietan mucho más
los auténticos símbolos religiosos por excelencia, es decir, los pobres. No hay
manera de que estos desaparezcan de nuestro ambiente.
En nuestro país son ya más de cuatro millones
de parados los que van buscando dignidad y futuro; sigue creciendo el número de
abortos provocados día a día por más que se hagan mil y una campañas de
prevención; se siguen vendiendo armas a países del Tercer Mundo envueltos en
guerras terribles alimentadas por países poderosos; hay un sueldo mínimo para
los trabajadores pero no hay tope de sueldo máximo para tantas personas que
ganan unos salarios desmedidos que sonrojan a las personas de buena voluntad;
sigue habiendo centros de acogida a menores emigrantes que son una vergüenza en
cuanto al hacinamiento y al trato; sigue siendo mucho mayor el presupuesto de
defensa que el de educación; el consumo de cocaína es el mayor del mundo y son
muchos los jóvenes que destruyen día a día su vida…
Es decir que en nuestro país hay cruces,
muchas cruces y no hay manera de que éstas desaparezcan. Están ahí,
provocándonos día a día; y, por más que la televisión nos ofrezca, una y otra
vez, concursos multimillonarios y escaparates de lujo y dinero, cerca de
nosotros hay muchos pobres, muchos crucificados. Además no creo yo que los partidos de la
oposición tengan muchas ganas de combatirlas. Es más, de estas cruces no suelen
hablar; ningún partido habló del tema de la droga en las anteriores elecciones
generales, por ejemplo.
Por eso, y a la vez que le agradezco la
dignidad con la que usted leyó el texto bíblico en Estados Unidos, le animo a
que de verdad se empeñe en la lucha contra la pobreza y en favor de la
justicia. Haga usted lo posible por retirar tantas cruces como diariamente
encontramos en nuestros ambientes. Descuélguelas de nuestras calles y de tantos
lugares en las que las vemos expuestas. Ése es el gran reto que una y otra vez aparece
en el texto bíblico.
Tenga la certeza de que en ese empeño hallará
a hombres y mujeres creyentes que, lejos de escandalizarse por batallas contra
los crucifijos y símbolos religiosos, se escandalizan de que a estas alturas la
miseria aparezca en tantos ámbitos como una realidad cotidiana que nos hiere y
nos provoca. Parece que esas cruces nadie las quiere quitar de en medio.
En esa lucha tenaz por retirar esas cruces
nos encontraremos fraternalmente.
Reciba un cordial y respetuoso saludo.
JOSAN MONTULL