CARTA A DON JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO

 

Señor presidente:

Durante unas semanas he asistido, como tantos españoles, al debate –entre serio y jocoso- que producía el hecho de que usted tuviera que participar en un acto en los Estados Unidos en los que se le invitaba a rezar públicamente.

Cierto es que la cosa tenía su relevancia mediática. Con frecuencia usted ha defendido la privacidad de las manifestaciones religiosas y, de una u otra manera, ha expresado su distancia con el hecho religioso. Se ha embarcado en una obstinada batalla para que los símbolos cristianos desaparezcan de muchos ámbitos sociales. Por eso, permítame que le diga, su intervención orando en cristiano en el suelo de un país cuyo símbolo también ignoró al no ponerse en pie en un desfile al aparecer su bandera, no deja de tener su morbo.

Tengo que decirle que salió usted muy bien parado del envite que desde tantas filas, también desde las suyas, le lanzaban desconfiados unos y otros. Citó un texto del Deuteronomio en el que se hace un llamamiento a la justicia con el inmigrante y el pobre. Es encomiable la elección del texto y la seriedad con que lo leyó. Mal que les pese a sus detractores, lo hizo usted muy bien.

Es verdad que con frecuencia ha manifestado un laicismo peculiar. Su laicidad, cuando no su laicismo, ha sido bandera que han enarbolado sus compañeros para tener un determinado estilo político. Pero a veces, créame, su estilo nos desconcierta. Mientras el gobierno que preside ha iniciado una campaña para quitar los símbolos religiosos de muchos ámbitos de la vida pública, usted otorga la cruz de oro a las víctimas del terrorismo, se tapa la cabeza con una kipá a la entrada del Museo del Holocausto o se cubre los pies para entrar en una mezquita musulmana. Este respeto que usted manifiesta con algunas tradiciones religiosas contrasta con la actitud de algunos de sus asesores que, cuando la Federación Española de Fútbol le pidió que lanzase un penalti a Casillas, borraron de la fotografía la cruz que había servido para un acto religioso previo para que no se relacionara al presidente con un símbolo cristiano.

Lo cierto es que todo esto, que me desconcierta un tanto, no llega a preocuparme. Y es que en la Biblia, en la misma que usted leyó, se nos da a conocer que el símbolo religioso por excelencia es el ser humano, cada hombre y cada mujer. Y, cuanto la persona humana sea más necesitada y oprimida, más habla de Dios. Es decir, para el creyente judeocristiano, el oprimido es genuinamente la figura que más simboliza a Dios, de manera que la Biblia insiste en que no se puede rendir culto a Dios si no se es plenamente solidario con el que es víctima de la injusticia.

Y es aquí donde el tema me empieza a preocupar mucho más. Más que los símbolos religiosos –hoy en entredicho- que están metidos hasta en el tuétano en nuestra cultura, me inquietan mucho más los auténticos símbolos religiosos por excelencia, es decir, los pobres. No hay manera de que estos desaparezcan de nuestro ambiente.

En nuestro país son ya más de cuatro millones de parados los que van buscando dignidad y futuro; sigue creciendo el número de abortos provocados día a día por más que se hagan mil y una campañas de prevención; se siguen vendiendo armas a países del Tercer Mundo envueltos en guerras terribles alimentadas por países poderosos; hay un sueldo mínimo para los trabajadores pero no hay tope de sueldo máximo para tantas personas que ganan unos salarios desmedidos que sonrojan a las personas de buena voluntad; sigue habiendo centros de acogida a menores emigrantes que son una vergüenza en cuanto al hacinamiento y al trato; sigue siendo mucho mayor el presupuesto de defensa que el de educación; el consumo de cocaína es el mayor del mundo y son muchos los jóvenes que destruyen día a día su vida…

Es decir que en nuestro país hay cruces, muchas cruces y no hay manera de que éstas desaparezcan. Están ahí, provocándonos día a día; y, por más que la televisión nos ofrezca, una y otra vez, concursos multimillonarios y escaparates de lujo y dinero, cerca de nosotros hay muchos pobres, muchos crucificados.  Además no creo yo que los partidos de la oposición tengan muchas ganas de combatirlas. Es más, de estas cruces no suelen hablar; ningún partido habló del tema de la droga en las anteriores elecciones generales, por ejemplo. 

Por eso, y a la vez que le agradezco la dignidad con la que usted leyó el texto bíblico en Estados Unidos, le animo a que de verdad se empeñe en la lucha contra la pobreza y en favor de la justicia. Haga usted lo posible por retirar tantas cruces como diariamente encontramos en nuestros ambientes. Descuélguelas de nuestras calles y de tantos lugares en las que las vemos expuestas. Ése es el gran reto que una y otra vez aparece en el texto bíblico.

Tenga la certeza de que en ese empeño hallará a hombres y mujeres creyentes que, lejos de escandalizarse por batallas contra los crucifijos y símbolos religiosos, se escandalizan de que a estas alturas la miseria aparezca en tantos ámbitos como una realidad cotidiana que nos hiere y nos provoca. Parece que esas cruces nadie las quiere quitar de en medio.

En esa lucha tenaz por retirar esas cruces nos encontraremos fraternalmente.

Reciba un cordial y respetuoso saludo.

 

JOSAN MONTULL