¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL
AL GATO?
Suele ocurrir que cuando todo el mundo parece de acuerdo en que hay que ponerle el cascabel al gato, el que se atreve a hacerlo tiene que arriesgarse a recibir no sólo los arañazos o las dentelladas de las fauces del felino sino también las críticas de personas que deberían en cambio aplaudirle. No es de extrañar, por tanto, que a nadie le apetezca dar un paso al frente (ya que así te lo pagan) y que los problemas permanezcan tiempo y tiempo en espera de un príncipe valiente, de un ingenuo o de un osado que ya no tiene nada que perder.
Suele ocurrir, igualmente, que las cosas no están sin más como están, aunque en su incoherencia resulten más bien surrealistas. Si algo existe, sobre todo en el terreno estructural y social, seguro que de ello se benefician algunos, los cuales se convierten en los principales frenos a cualquier modificación del estado de cosas. En definitiva, siempre conviene preguntarse: ¿a quién beneficia esta situación? Es importante saberlo porque las reacciones de quienes sienten que con el cambio pierden sus privilegios no acostumbran a ser muy agradables y hay que estar prevenidos.
Suele ocurrir también que nadie se atreve a decirle al rey que va desnudo y con sus "vergüenzas" al aire y a la vista de todos. Preferimos mirar hacia otro lado, hacer como que no vemos, con tal de evitarnos el mal trago de poner en evidencia lo que es de por sí evidente. Mejor que lo hagan otros y así me ahorro complicaciones, ya que quienes detentan el poder tienen la tentación de considerarse los más guapos del baile y no les gusta que les digan, como a la madrastra de Blancanieves, que hay quien es más bello que ellos.
Suele ocurrir, igualmente, que se prefiera lo malo conocido a lo bueno por conocer. Los cambios crean incertidumbre y se prefiere la seguridad, aunque sea castrante, de lo que ya se conoce antes que el riesgo de atreverse a cruzar el desierto que conduce a la tierra prometida. De ahí que no sea infrecuente el llamado "síndrome de Estocolmo", ese sentimiento ambivalente y de dependencia que experimentan los secuestrados, los prisioneros o exprisioneros frente a sus opresores actuales o pasados. Queda muy bien reflejado en la película "El portero de noche" que describe las relaciones entre una ex-interna de un campo de concentración y el nazi que se aprovechaba de ella en aquel tiempo, una vez que se vuelven a encontrar al cabo de los años y en una situación y circunstancias completamente distintas. Podemos criticar duramente a quien consideramos que actúa de una manera indebida en el ejercicio de su cargo pero luego nos enternecemos si llega a ocurrirle algo que le lleva a abandonar el poder y, por tanto, a dejarnos la posibilidad de liberarnos.
Suele ocurrir, por último, que siempre hay "trepas" dispuestos a ocupar posiciones de poder o influencia haciendo la pelota al nuevo jefe para ocupar un puesto importante. Los trepas son capaces de todo: tan pronto son viles alfombras como se convierten en serpientes venenosas o derivan en termitas que van corroyendo los pilares del edificio. Parecen servir al nuevo poder pero en realidad se sirven de él para participar ellos mismos del ansiado poder.
Estas y más reflexiones me acompañan desde hace mucho. Laura me pregunta sorprendida en un correo electrónico que me acaba de enviar: "me extraña que hace demasiado tiempo que no escribes nada. ¿estás bien?" Estoy bien, Laura. Tal vez no haya escrito últimamente debido, entre otras cosas, a la ducha escocesa a la que me veo sometido desde hace tiempo: tan pronto noticias buenas como malas, tan pronto alegrías como pesares, tan pronto esperanzas como desesperanzas. Aunque hay que reconocer que esto nos pasa a todos ya que "qué poco dura la alegría en la casa del pobre".
Al mismo tiempo, debo afirmar que es muy importante analizar en profundidad la realidad y estar dispuesto a afrontar los problemas sin seguir la táctica del avestruz. A continuación es imprescindible marcarte una línea de actuación y seguirla a pesar de los múltiples obstáculos que se van a presentar, aunque, eso sí, adoptando una conveniente flexibilidad junto con una capacidad de negociación y de rectificación en lo que haga falta. La verdad es que nunca somos capaces de planificarlo todo ni de preverlo todo, y frecuentemente tenemos que improvisar ante nuevas situaciones que se van presentando. Lo peor puede ser la duda permanente que te inmoviliza y te desequilibra. Lo pardillo es entusiasmarte con los éxitos parciales o desanimarte con los fracasos o retrocesos también parciales. Y conviene estar dispuesto a poner toda la carne en el asador sin esperar que al final te den las gracias por lo que has hecho.
Estamos en una época de transición, por si alguien, sobre todo de los que detentan cargos de gran responsabilidad en nuestra querida Iglesia, no se había enterado todavía. Hay quienes hablan de cambio de "paradigma", de que los "parámetros" actuales poco se parecen a los anteriores. Hay muchos problemas que están esperando ser resueltos y que si no lo son satisfactoriamente acabarán por vengarse y sufriremos las consecuencias. "Los tiempos están cambiando", cantaba Bob Dylan, y conectaba de esta forma con una generación de jóvenes insatisfechos con las caducas estructuras que les cercaban. Los tiempos están cambiando también para la Iglesia y a la larga no van a servir para nada los intentos que desde arriba (e incluso desde abajo) tratan de ocultar que un nuevo tiempo está naciendo, si no lo ha hecho ya.Pero no hay que esperar que los de arriba lleven la iniciativa del cambio. No suelen hacerlo. La estructura acaba la mayoría de las veces por aplastarlos, aunque hay también muchos que se siguen sintiendo muy a gusto en el actual statu quo eclesial. Los cambios episcopales no suelen ser varitas mágicas que todo lo arreglan. A veces parece que siguen la máxima gatopardiana de que "conviene que todo cambie para que nada cambie": provocan cambios en lo accidental pero no en lo que debería realmente ser cambiado, y mantienen estructuras clericales dejando que los clérigos determinen lo que puede concederse en cuanto a participación de los seglares. Y muchos obispos parecen haber adoptado la línea dura del Partido Popular oponiéndose a cualquier modificación como si en ello se jugara la vida de la sociedad y de la Iglesia. ¡Ay de quien se atreve a dar un paso más allá de lo que ellos han decidido que son los "justos límites"!
Pero el rey está desnudo y hay que ponerle el cascabel al gato. Hay que abrir bien los ojos y mirar de cara a la realidad tal como es, aunque no nos guste o precisamente por eso, remenear, atreverse a cambiar, tener la santa prudencia de evitar que los problemas se pudran y nos envenenen, aportar propuestas de solución, estirar del cuello de las avestruces para que sus cabezas salgan del agujero. Da la impresión de que muchos jóvenes sólo se mueven y se movilizan cuando les quitan el biberón del botellón; que muchos eclesiásticos sólo se mueven para criticar la pérdida de sus privilegios; que la opinión pública eclesial aragonesa emplea mucho espacio para criticar la cicatería de los "catalanes" a la hora de devolvernos los bienes que consideramos nuestros y que debería estar en Aragón. Aquí sí que solemos ponerle el cascabel para que suene bien alto. Pero el gato es mucho más que todo eso y el rey sigue desnudo de ideas y de capacidad de contagiar nuevos entusiasmos y esperanzas promoviendo cambios reales adecuados a los nuevos tiempos que estamos viviendo.
Pepe Nerín, 8.3.2006