CATEQUESIS FUERA DE CLASE


Estos días ha sido noticia en los medios de comunicación la sentencia del Tribunal Constitucional que reconocía el derecho de los obispos a prescindir de una profesora de religión que vive con un hombre tras haber roto su anterior matrimonio. Muchos han expresado su asombro ante el hecho de que los obispos castiguen de este modo la vida privada de una profesora por unos hechos que forman parte de los derechos de cualquier ciudadano español. El Tribunal parece inclinarse por considerarla más bien "catequista" en lugar de "profesora", lo cual suscita una vez más el debate sobre la enseñanza de la religión en los centros educativos, cuestión que ha merecido del Cardenal Arzobispo de Madrid la consideración como "calvario" a las relaciones entre obispos y Gobierno en este punto concreto.

Llevamos ya muchos años con este tema a cuestas. Los obispos optaron en su momento por mantener férreamente la presencia de la religión en la escuela a través de una asignatura que sirviera no sólo para dar a conocer a los alumnos la religión sino también para formarlos en plan catequesis. Para ello consiguieron el derecho a nombrar a los profesores de religión por un año e irles renovando el contrato cada nuevo curso, de modo que de esta forma pudieran prescindir sin más problema de aquéllos que consideraran no adecuados por las razones que fueran. Por otra parte, aunque sean los obispos quienes nombran al profesorado, es el Estado quien les paga sin poder poner ninguna condición acerca de la idoneidad profesional de los mismos, como hace con el resto del claustro de profesores.

Esta situación ha tenido diversas consecuencias, entre ellas las siguientes:

- Inseguridad laboral de los profesores al disponer de contratos de tan sólo un año de duración.

- Posibilidad de arbitrariedad o amiguismo en la selección del personal: ¿de qué eclesiástico depende?, ¿con qué criterios?

- Reacciones negativas del resto de profesores de muchos centros ante la vía de acceso tan peculiar de los profesores de religión, e incluso, como consecuencia de lo anterior, ante el mismo profesor.

- Confusión ante su identidad: ¿son profesores o catequistas?

- Juicios por no renovación de contratos o incluso por despidos que muchos consideran improcedentes.

- Mezcla de la vida profesional y la privada de este profesorado (algo que no sería consentido si ello ocurriera a los restantes miembros del claustro).

- Protestas por el poder de los obispos en esta cuestión frente a las manos atadas de los poderes públicos.

- Petición de denuncia de los acuerdos Iglesia-Estado por considerarlos pre-constitucionales.

Y otra consecuencia que me parece de las más importantes y transcendentes: separación de los alumnos en función del credo religioso. Es decir, que la religión no sirve para unir sino para separar. A los obispos les parece natural que protestantes, judíos, islámicos, etc., sigan su ejemplo y reciban por su parte clases (catequesis) de sus respectivas religiones.

El problema no parece tener vías de solución, gobiernen las derechas o lo hagan las izquierdas, si lo centramos en la discusión sobre el horario escolar, las alternativas a la clase de religión, su consideración o no como asignatura evaluable, etc. Sin embargo, desde hace muchos años (recuerdo que ya en la década de los setenta escribíamos sobre esto) se viene y venimos proponiendo la solución que nos parece más adecuada: que la clase de religión sea asignatura y no catequesis. La primera tiene su lugar propio en la escuela; la segunda lo tiene en la comunidad de creyentes (parroquia, familia, colegio religioso en grupos de creyentes pero no como asignatura, movimientos apostólicos, etc.). Es muy importante que, además, la clase de religión sea para todos y no sólo para alumnos creyentes porque todos necesitan conocer el hecho religioso actual y pasado para poder entender mejor la sociedad en la que viven y para no recaer en los errores del pasado. Sea como asignatura específica o integrada en otra más general. Repito que este conocimiento lo necesitan todos y no sólo los creyentes. Sin conocer el hecho religioso tanto actual como a través de la historia, difícilmente puede entenderse tanto arte religioso o con influencia religiosa, tanta literatura, tantas manifestaciones culturales, tantos hechos históricos, etc. Y conocer no sólo el cristianismo, en nuestro caso español, sino también el Islam, el judaísmo, etc., religiones que, aunque minoritarias, han tenido también un peso específico en la configuración de nuestra sociedad. El sorprendente desconocimiento del hecho religioso entre muchos chavales, adolescentes y jóvenes españoles es otra consecuencia elemental de este estado de cosas.

Pero es que, además, estudiando juntos el hecho religioso alumnos de diferentes credos pueden practicar el noble ejercicio del diálogo interreligioso o simplemente humano. El desconocimiento mutuo sólo ha servido para crear estereotipos y enfrentamientos.

La solución que venimos proponiendo desde hace años (de la que no parece que los obispos quieran ni oir hablar) supondría que los obispos perderían su poder de designar a los profesores ya que éstos accederían a darla por las mismas vías y requisitos que las que necesitan para acceder a dar otras asignaturas. Bendita sea, sin embargo, cualquier pérdida de poder para quienes deben tan sólo aspirar al servicio humilde. Pero es que eso no tendría por qué significar pérdida de calidad en el profesorado. No sé si piensan los obispos que sus designados son idóneos para ello, por más certificados de idoneidad expedidos; la verdad es que, junto a muchos profesores ejemplares, abundan las quejas contra otros muchos de ellos por parte de alumnos e incluso padres por la orientación ideológica tremendamente conservadora con la que tratan de aleccionar a sus pupilos y por las "normas" de comportamiento que les dan rayando muchas de ellas en lo esperpéntico, en la insistencia en el pecado, etc. Con lo cual aquella denominación de "fábrica de ateos" que oí aplicar hace muchos años a algún clérigo profesor de religión, podría ser todavía desgraciadamente aplicada a no pocos de los actuales.

Otra consecuencia, también muy importante, sería la necesidad de afrontar muy en serio la catequesis en nuestras parroquias y comunidades. Algo que se va intentando en la catequesis familiar de primera comunión, aunque incluso en ésta queda mucho por hacer, pero que tendría que intentarse en serio en catequesis de adolescentes y de jóvenes, especialmente pasando de una catequesis intelectual a otra mucho más vital en su metodología, apoyada en la experiencia, y en sus objetivos. Actualmente muchos agentes de pastoral "descansan" o "confían" ingenua y perezosamente en que el trabajo se lo hagan los profesores de religión en los colegios e institutos, y de esta forma no se plantean este gran reto de una catequesis actual para las diferentes edades.

¿Hasta cuándo seguiremos con estas luchas estériles entre obispos (que han hecho de su presencia en la escuela pública un "casus belli") y poderes públicos en este tema? Muchas veces dan la impresión de luchas por el poder y la influencia, de "negociaciones" entre poderosos, lo cual no es precisamente evangélico sino que nos escandaliza, así de claro. Sólo falta que, encima, nuestra jerarquía siga quejándose en plan victimista hablando de calvarios y de crucifixiones. Lo cierto es que nos tienen bastante aburridos y cansados a causa de ello.

Pepe Nerín

25.2.2007