CELEBRAR
Con los jóvenes no es suficiente "orar" sino que también tenemos que "celebrar". Según José Mª Castillo, "celebración o fiesta es la expresión comunitaria, ritual y gozosa de experiencias y aspiraciones comunes, centradas sobre un hecho histórico, pasado o presente" ("Símbolos de libertad").
Los jóvenes celebran de vez en cuando momentos que rompen la rutina de sus días: un cumpleaños, el final de curso, el comienzo de unas vacaciones, el triunfo de su equipo, etc. Son momentos para ellos especialmente significativos y que tampoco en la PJ debemos pasar por alto. La mayoría de ellos empiezan un nuevo recorrido en nuestra parroquia tras haber celebrado el sacramento de la Confirmación, lo cual ha supuesto para ellos y para la parroquia un momento importante y que lo han preparado adecuadamente.
El sentimiento celebrativo y el mismo hecho de las celebraciones constituyen también en la PJ elementos muy importantes. Especialmente relevante es la celebración de los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia. A pesar de que la misa de doce y media de la parroquia es preparada una vez al mes por los jóvenes, su participación en la Eucaristía dominical deja al parecer bastante que desear, si atendemos al número bastante reducido de los que acuden a celebrarla. Y su participación en el sacramento de la Penitencia, incluso en las celebraciones comunitarias de la misma, suele brillar por su ausencia.
Y, sin embargo, el hecho celebrativo y los valores contenidos en la misma pueden conectar perfectamente con los valores y sensibilidad de los jóvenes. Al menos en su sentido más auténtico, la celebración interrumpe la rutina y la monotonía de la vida, y en ella afirmamos que la vida es buena y vale la pena. Está unida al sentido de fiesta, así como de acogida a los que en ella van a participar. Celebramos la acción de Dios en nuestra vida y entramos en comunión con otras personas. Consuela los sufrimientos y provee de alegrías. Es propia de ella la "acción", la "representación". La celebración se relaciona con los acontecimientos de la vida a partir de unas experiencias de autenticidad, y expresa la experiencia mediante símbolos.
Por otra parte, la celebración aumenta el sentido eclesial de la gente: celebramos juntos constituyéndonos así en Iglesia que se junta en la "gran sala de reunión de la comunidad", y provoca que la participación se convierta en un hecho esencial para la fe. Alabamos y glorificamos a Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu. Celebramos la vida en Cristo resucitado, una vida en plenitud, a lo largo del Año Litúrgico, y a su luz escuchamos la Palabra de Dios que nos lleva a revisar nuestras actitudes, a tomar conciencia de valores olvidados o relegados y a potenciar el compromiso.
Siendo todo esto así, al menos en teoría, ¿por qué este déficit celebrativo entre los jóvenes? Seguramente porque, entre otras cosas, nuestras celebraciones no están a la altura que acabamos de exponer, ya sea porque los jóvenes no se sienten en ellas como en casa, con libertad para expresar lo que sienten, ya sea por la falta de sencillez y de espontaneidad, ya sea porque las ven monótonas y rutinarias, o porque no tienen un protagonismo, o les aburren, o porque no les dan respuestas a sus dudas y situaciones vitales o no los liberan de nada. Y todo esto, a pesar de los esfuerzos por mejorar las celebraciones tanto por parte del grupo de liturgia como de los sacerdotes, sacristanas, cantores, lectores y demás ministros de la celebración.
La participación de los jóvenes en las celebraciones es un reto fundamental para nuestra Pastoral Juvenil, reto unido profundamente al de la renovación de las mismas en la línea que acabamos de exponer. No es que haya que conseguir simplemente que los jóvenes "asistan", que "vayan" a misa los domingos. Es que los jóvenes, como el resto de la comunidad, necesitan celebrar juntos y con el conjunto de la parroquia para que su fe y su dimensión eclesial estén íntimamente unidas a su vida y a su compromiso de construcción del Reino de Dios. Si podemos decir que sin oración no hay creyentes, también podemos concluir que sin celebración no hay Iglesia ni creyentes profundos, vitales y comprometidos.
A) La celebración de la Eucaristía.
Para captar en profundidad el sentido de la misma, es conveniente que los jóvenes analicen la importancia de este sacramento, su estructura, símbolos, etc. Os remitimos a la abundante literatura sobre esta cuestión, recordando que en 1993 el grupo de liturgia de nuestra parroquia elaboró y repartió un sencillo folleto explicativo que está a nuestra disposición. No es suficiente, por tanto, con que haya una misa al mes preparada por jóvenes, aunque es importante. Es necesario aclararnos sobre el origen de la misa, su estructura (los ritos de apertura, la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística) así como sobre los valores contenidos en ella y el talante celebrativo que todos necesitamos.
Conviene que nos queden claros una serie de aspectos que constituyen parte fundamental de la Misa y que nosotros debemos intentar ir viviendo en ella. La Misa es, entre otras cosas:
- Una Celebración: algo festivo.
- Un Recuerdo de la Muerte y Resurrección de Jesús.
- Un Sacrificio de entrega y salvación.
- Un Banquete en el que compartimos al mismo Jesús y que nos impulsa a compartir todo lo que tenemos.
- Una Alabanza a Dios y una Acción de Gracias por todos sus beneficios.
- Una Oración común que incluye oraciones individuales unidas a ésta.
- Una acción de Unidad y Reconciliación potenciada por la misericordia de Dios.
- Una Escucha de la Palabra de Dios dirigida a nosotros para que la pongamos en práctica.
- Un Envío al mundo.
- Un Compromiso de Anuncio a otros de salvación y de Transformación del mundo en la línea del Reino de Dios y en solidaridad con los pobres.
A la hora de preparar la Eucaristía habrá que tener en cuenta la creatividad, que no significa necesariamente originalidad y cambio, sino potenciar cada rito, hacer inteligibles los textos, utilizar un lenguaje comprensible y apropiado, hacer que las actitudes fundamentales (conciencia de comunidad reunida, escucha de la Palabra, acción de gracias y comunión con Jesús, y conexión con la vida) sean una realidad. Hay que concretar los objetivos y las motivaciones de la celebración, para lo cual nos puede ayudar una buena reflexión sobre los textos del día así como sobre nuestra situación vital, nuestras alegrías, problemas, deseos y necesidades. Hay que cuidar la ambientación externa, la preparación de los cantos apropiados (en relación con lo que vamos a celebrar y con la Palabra de Dios que se nos va a comunicar), las moniciones, el acto penitencial, las peticiones, las ofrendas, los símbolos, las representaciones especiales (si se ven necesarias o convenientes), etc.
Hay que evitar, por otra parte, hacer algo cerrado, desconectado del resto de la parroquia o de la Iglesia. Evitar el exceso de novedades, queriendo hacerlo todo en un día. Evitar el perfeccionismo o narcisismo, no aceptando ninguna otra Eucaristía más que la nuestra. Evitar el exceso de agitación, las prisas, las lecturas demasiado rápidas. Y habrá que intentar conseguir un clima de encuentro y de oración, de acogida a Dios y de aceptación mutua, combinando la palabra, el gesto y el silencio.
En toda esta "movida" la presencia y el papel de los animadores es fundamental, tanto como personas que valoran la celebración y, en concreto, la eucarística, como referentes por su talante celebrativo y como auxiliares en su preparación. Para ellos es muy importante visualizar y vivir con su grupo estos momentos cruciales de la vida cristiana y sentirse vitalmente unidos al resto de la parroquia que ha confiado en ellos para que lleven adelante su labor de animación entre los jóvenes.
B) La celebración de la Penitencia.
La recepción de este sacramento es prácticamente nula entre los jóvenes. Si lo celebraron poco antes de la Confirmación, luego lo han olvidado prácticamente, tanto en su forma individual como igualmente en la colectiva. Las causas son múltiples y no vamos a entrar ahora en ellas. De nuevo os remitimos a otro folleto elaborado y difundido por el grupo de liturgia en 1994 y que lleva por título "Hace mucho que no me confieso", que os ayudará en la reflexión sobre el sentido del pecado y de la salvación, la historia de este sacramento, su celebración concreta y una serie de propuestas de cara a una renovación.
Es importante recuperar en la Pastoral Juvenil la celebración de este sacramento, depurar el sentido del pecado tanto individual como colectivo, sentir la llamada de Dios a la conversión desde su amor profundo de Padre y a través de la Iglesia. Es preciso educarnos en asumir nuestras responsabilidades y nuestros fallos sin echar la culpa a otros. Es preciso reconocer nuestra responsabilidad no sólo de nuestras actuaciones individuales sino también de las colectivas, nuestros pecados de omisión por no querer afrontar las situaciones conflictivas, nuestra responsabilidad ante el sufrimiento de los otros en una época en que todo el mundo echa balones fuera o prefiere cerrar los ojos para no ver lo desagradable.
Como se comenta en el mencionado folleto, habría que educar en las siguientes actitudes:
- Reconocer que la iniciativa es de Dios: El es el que ofrece su amistad, tiende la mano al penitente. Por tanto, hay que escucharle.
- Experimentar al Dios que salva superando todas nuestras deficiencias.
- Hay que acudir al sacramento con conciencia de una verdadera situación de pecado, de alejamiento más o menos serio del camino del Evangelio.
- Que el penitente se sienta acompañado y escuchado en el reconocimiento del propio pecado.
- Madurar en la conciencia de lucha contra el pecado: somos pecadores (por nuestra actitud), responsables tanto individual como grupo de creyentes, y debemos cambiar el pecado en nosotros y en las estructuras.
- Llamada a la conversión: al cambio de mentalidad. Optar por Jesucristo y estar en una conversión permanente, renunciando a criterios "mundanos".
- Expresar nuestra actitud de conversión con gestos: los humanos lo traducimos todo a gestos (fiestas, celebraciones, símbolos, etc.) y lo mismo debemos hacer en nuestra acusación de los pecados.
- Educarnos en el sentido de Iglesia: por medio de ella, accedemos al perdón liberador de Dios.
También en todo esto es muy necesaria una actitud clara por parte de los animadores para ayudar a recuperar el sentido profundo de este sacramento, para pasar del "morbo" a la alegría de la reconciliación, para sugerir incluso celebraciones monográficas a propósito de pecados colectivos que hemos cometido con algunas actitudes nuestras bastante alejadas en ese momento del mensaje evangélico. Y también los jóvenes podrían preparar, con igual metodología que se propone para las Eucaristías, celebraciones de la Penitencia.