FALTA DE CINTURA
La noticia acerca del problema de la comunión del niño celíaco en Huesca me causa desazón y tristeza. Indica una falta de cintura en nuestros dirigentes eclesiásticos y un agarrarse a las normas aunque éstas no ayuden a la parte débil, es decir, al chaval. No puedo dejar de recordar lo que nos dijo Jesús: “No está hecho el hombre para la ley sino la ley para el hombre”. Lo importante es facilitar las cosas y no complicarlas, tener normas para ayudar y no para dificultar. Y si hay que cambiar la norma, pues se cambia, o se hace una interpretación “benigna” como nos enseñaron en el Seminario (¿o es que el pan que comen los celíacos no es pan también?). No me imagino al Jesús que se saltaba las normas para curar en día de fiesta, algo prohibido por la religión de entonces, agarrarse a una norma, y además de tan “bajo rango”, para negar a un niño (a ésos que no hay que escandalizar) algo tan básico como recibirle en igualdad con los demás.
Pero es que, además, con la discusión sobre la “materia” del sacramento (el tipo de pan) dejamos oscurecido lo fundamental. Lo importante eran las comidas fraternas e igualitarias que Jesús celebraba con todo tipo de personas, santas o pecadoras. Lo importante era la “comunión” que de esta forma se establecía. Lo importante es que esta comunión era símbolo y, al mismo tiempo, realidad de su presencia salvadora, sanante y liberadora entre nosotros. Lo importante es comulgar con Jesús, con su persona, su vida, su mensaje y su destino. Jesús utilizó para ello lo que tenía a mano en aquella zona mediterránea del mundo en la que se comía pan y se bebía vino. Utilizó los alimentos más sencillos. Si hubiera celebrado la última cena en otras circunstancias, en otro país, en otra cultura alimenticia en donde se utilizaran otros alimentos, ¿qué hubiera hecho? Y si los apóstoles hubieran sido celíacos conscientes y comieran otro tipo de pan, ¿habría prescindido del pan o les hubiera hecho beber sólo vino? ¡Por Dios bendito!
Luego venimos los eclesiásticos y empezamos a regularlo todo: que si el pan tiene que ser así y el vino asá, que si hay que pronunciar esta fórmula o la otra, que si hay que hacer estos movimientos de manos u otros, que si hay que colocarse de esta o de otra manera. Suena todo ello a regulaciones del tipo de las que hacían los judíos, con las seiscientas o más prescripciones o mandamientos que tenían. Pero con ello se convierten las formas en lo más importante. Y no quiero meterme ahora a analizar los problemas que esta manera de proceder ha creado a los misioneros en países en donde la cultura de los alimentos es otra. Pero se sigue erre que erre: o se hace según las normas mandadas desde Roma o sanción al canto. Y se imponen normas como si la evangelización consistiera en eso.
¡Pobres eclesiásticos si para sentirse seguros necesitan agarrarse a normas! Yo, en casos como éste, me decantaría a favor del niño celíaco y de sus padres utilizando pan sin gluten. Y si me sancionaran, pues sería todo un orgullo con tal de ayudar a la parte débil. Que eso es lo que hacía Jesús.
Pepe Nerín
14.3.2008