SEGÚN LAS ESTADÍSTICAS,

EL CLERO SE ACABA


ALGUNOS DATOS DE HOY

Se acaba, pero puede durar todavía muchos años ya que actualmente residen en la Diócesis de Zaragoza aproximadamente unos 700 curas, entre seculares y religiosos. Y puede ocurrir lo que sucede con tantos pueblos del Pirineo demográficamente hablando: que no se cierran hasta que no fallece el último de sus moradores.

Los datos relativos al 31 de diciembre de 2003 no dejan lugar a dudas: 1) continúa la disminución del número de sacerdotes, especialmente de los menores de 35 años, 2) el año pasado se ordenaron tan sólo 2 nuevos sacerdotes mientras que fueron 12 los que fallecieron, 3) actualmente hay sólo 8 seminaristas, disminuyendo de dos en dos cada año, frente a una media de 25 a 30 que había hace diez años.

A esta clarísima disminución hay que añadir el tremendo envejecimiento: a) más de la mitad de los sacerdotes diocesanos incardinados en nuestra Diócesis han cumplido ya los 65 años (la mitad ya han cumplido los 66, y el 42 % los 70); b) el grupo predominante es el comprendido entre los 70 y los 74 años aunque los que más aumentan son los de 75-79 años; c) sólo el 13 % de los incardinados residentes en la ciudad de Zaragoza son menores de 50 años. El envejecimiento afecta en menor medida a los sacerdotes residentes en los pueblos.

Con ser estas cifras muy relevantes, el mayor envejecimiento se está produciendo entre los religiosos, los cuales se han convertido ya en el colectivo de más edad, disminuyendo al mismo tiempo el número de comunidades así como el de casas de formación, novicios y seminaristas.

Los datos numéricos, que no el envejecimiento, son algo distintos entre los sacerdotes seculares no incardinados en nuestra Diócesis pero que residen o trabajan en ella: durante 2003 han aumentado en uno, aunque lo más destacable es que el colectivo de curas del Opus han pasado de 27 a 29 y la mitad de ellos no sobrepasa los 52 años.

El conjunto de todos estos sacerdotes, formado en su mayor parte por personas que civilmente ya estarían jubiladas, tiene en primer plano a los vicarios episcopales que constituyen el grupo más envejecido (si exceptuamos al de los canónigos): tan sólo uno de ellos no llega a la edad de jubilación civil mientras que los restantes ya han cumplido los 70 años.

Digamos, para terminar este bloque de datos, que la situación que atañe al conjunto de los párrocos no es, por el momento, de tan rotundo envejecimiento ya que la edad media de estas personas ronda en torno a los 57 años.


ALGUNAS CONSIDERACIONES

Ante esta situación, la falta de iniciativas, como no sea la de pedir a Dios que nos envíe vocaciones sacerdotales, provoca la impresión de que nuestros dirigentes han hecho suyo el lema aquel de "aguantar hasta que lleguen tiempos mejores". No se cuestiona para nada el modelo actual de acceso al sacerdocio, por otra parte estrictamente regulado desde el Vaticano, ni, por supuesto, se ponen sobre la mesa interrogantes acerca del actual modelo de sacerdocio. Parece que la teoría (el modelo tradicional) se considera perfecta, a pesar de que sus resultados en la práctica estén abocando a un callejón sin salida. Éste es uno de los problemas graves con los que va a tener que enfrentarse el nuevo Arzobispo de Zaragoza.

¿Cómo reaccionan los seglares antes estos datos? Pues siendo muy conscientes de que cada vez hay menos curas y que los que quedan son muy mayores. Disponer de un cura joven en una parroquia se ha convertido ya en una especie de privilegio. Tener curas jóvenes que se encarguen de la pastoral juvenil resulta cada vez más difícil. Muchos seglares, también ellos entrados en años, se entristecen cada vez más al ver el panorama actual y el que se va a presentar a muy corto plazo. Los de la ciudad de Zaragoza ven cómo poco a poco disminuye el número de curas de la parroquia, lo cual repercute inevitablemente sobre sus posibilidades de hacer frente a las diferentes funciones que hasta ahora venían cumpliéndose. Y, más que comentar estos hechos, los seglares parecen vivirlos en silencio, con resignación, esperando que cambien las tornas, aunque ellos tal vez ya no lo vean.

¿Puede cambiar esta situación? A corto e incluso medio plazo me temo que todo esto irá a peor. Habrá que juntar parroquias vecinas para ser atendidas por uno o a lo sumo dos sacerdotes, tal como desde hace años ha venido ocurriendo en el medio rural. Los sacerdotes continuarán ahí hasta que físicamente no puedan más. El distanciamiento con la gente joven se irá haciendo cada vez mayor. Y todo tendrá un aire de reliquia de otros tiempos, bastante incongruente con la lozanía del mensaje y de la figura de Jesucristo y de la Iglesia primitiva.

¿Hay alternativa? Por supuesto. Pero ello pasa por coger el toro por los cuernos y atreverse a buscar soluciones sin vetos de ninguna clase. ¿Qué mal hay en que nos reunamos y hablemos sin tapujos de lo que está pasando? ¿Qué mal hay en que todos aportemos nuestras ideas para encontrar una salida? Dios nos sigue animando a ello y haríamos bien en tratar de discernir lo que nos sugiere ante esta situación. Es imposible que nos pida que no cambiemos nada, precisamente cuando Jesucristo fue un renovador nato insuflando su Espíritu que hace nuevas todas las cosas. ¿Es que el actual modelo de sacerdocio o de seminario es de derecho divino, directamente revelado por Dios? ¿Es que no nos creemos que lo fundamental es aportar nuestro grano de arena para colaborar con Él en la construcción de su Reino, para anunciar su Buena Noticia, y que los medios (y el sacerdocio y el seminario son medios) tienen que hacer posible lo anterior y no conducirnos a una situación sin salida?

A veces se suele argumentar que los seglares no están preparados para asumir algunos cambios y que por ello hay que ser muy prudentes y no hacer experimentos. Yo creo, y lo he vivido a lo largo de mis 30 años de cura, que los seglares son capaces de asumir lo que haga falta, que entienden de lo divino al menos tanto como los curas y de lo humano bastante más que nosotros. Tal vez los que no están preparados son muchos de los que dirigen nuestra Iglesia ya que parecen estar encerrados en unos esquemas fijos y haber perdido la audacia que es consustancial a una fe viva y vigorosa. Por esta razón pueden estar poniendo en serio riesgo a la Iglesia sin ser, por supuesto, conscientes de ello.