Colón, pensamiento integrista sobre la
familia cristiana
Benjamín Forcano, 30 de diciembre de 2011
El 30 de Diciembre, como en años anteriores, se da en
Pensamiento integrista sobre la familia cristiana
La mentalidad, que anima este movimiento pro
familia cristiana, parece estar poseída por las siguientes ideas:
- La familia, basada en el matrimonio, tiene como finalidad primaria la
procreación. Ningún medio natural o artificial debe impedir la apertura de
la relación sexual conyugal a la vida.
- El matrimonio es absolutamente indisoluble, por lo que el matrimonio
civil entre bautizados es nulo.
- El óvulo fecundado tiene derecho a la vida, de modo que cualquier
interrupción del embarazo es un asesinato.
- Cualquier relación sexual entre personas del mismo sexo o cualquier
excitación en solitario es algo que va contra la naturaleza (La homosexualidad
es un vicio nefando y la masturbación un vicio contra naturam).
- La educación de los hijos depende de la familia y no es competencia de
Pensamiento moderno y conciliar sobre la familia
cristiana
Frente a este modo de entender la familia cristiana, exponemos otro con
interpretación cristiana distinta.
- Basado en el matrimonio, este modelo no tiene como finalidad primaria la
procreación, sino que es "una comunidad íntima de vida y amor",
con plena razón de ser aun cuando falte la descendencia. La paternidad
responsable hace que los esposos puedan elegir medios contraceptivos (no
abortivos) que les permitan asegurar su amor cuando éste es valor mayor y entra
en conflicto con otros valores.
- La indisolubilidad no aparece en el Nuevo Testamento como un valor
absoluto inderogable en toda pareja, sino como un ideal al que hay que tender.
La economía salvadora de Dios sabe compaginar la misericordia con la fragilidad
y limitación humanas, entendiendo que el ideal es muchas veces enemigo de lo
mejor. El matrimonio civil es el único que estuvo vigente en
- La cuestión del aborto, con determinación del momento en que hay vida
en el proceso de la concepción, no pertenece al dogma ni a la fe; es una
cuestión humana que hay que dirimir con la ayuda de las ciencias. Todos estamos
a favor de la vida, pero observando los pasos necesarios antes de concluir
cuándo se da esa vida. Una hipótesis científica, hoy bastante generalizada,
afirma que el embrión no es individuo humano sustantivizado
hasta las ocho semanas.
- La homosexualidad es también un problema humano, sobre el que no
hay normas cristianas específicas. Es, en todo caso, un hecho existente en
todos los pueblos y culturas y, en la actualidad, ya no se la puede calificar
de enfermedad, anomalía o perversión, sino que puede ser considerada una
variante legítima, aunque minoritaria, de la sexualidad humana.
- Una sociedad democrática, con gobierno democrático, tiene poder moral
para debatir estos temas y darles democráticamente un estatuto jurídico con
leyes oportunas. El matrimonio entre homosexuales no es equiparable ciertamente
- por su imposibilidad de tener hijos biológicos- al matrimonio tradicional,
entendido éste como matrimonio entre un hombre y una mujer, pero sí es un
proyecto de vida entre dos personas, que pueden ejercer una paternidad - maternidad fecundas en otros aspectos.
- La condena de la masturbación se ha basado en el supuesto precientífico de creer que el varón con el gameto masculino
era la causa total de la vida, y frustrarlo equivalía a frustrar una nueva
vida. La valoración de la masturbación parte hoy de otros planteamientos.
- Es una abstracción partir de que, en la educación de los hijos, el
derecho pertenece en exclusiva a los padres. El derecho a ser educado es de los
hijos y, en una Escuela, Sociedad y Estado democráticos, ese derecho es
compartido de diversa manera por unos y por otros. Tan es así que no son pocos
los casos en que, ante el abuso o irresponsabilidad de los padres, intervienen
instituciones sociales o el mismo Estado para asegurar la salvaguarda de ese
derecho.
- En una sociedad democrática, plural, el contenido educativo se extrae
básicamente de la naturaleza de la persona, que incluye propiedades, objetivos
y consecuencias que atañen a todos, independientemente de la religión que se
profese o de que no se profese ninguna. Las exigencias morales de una u otra
religión no son materia para proponer a todos mediante leyes vinculantes.
- Un Estado democrático no podrá negar nunca el derecho a la libertad
religiosa: ser creyente, serlo de una u otra religión, no serlo de ninguna.
Pero ningún creyente o ateo podrán exigir que su fe sea impuesta a los demás
por el Estado mediante legislación concreta.
- Las leyes en una sociedad democrática se debaten, se aprueban en el
Parlamento y se promulgan por el Gobierno. Atendiendo a la racionalidad y ética
humanas civiles, esa sociedad democrática puede legislar las leyes que considere más justas y oportunas sobre temas humanos,
incluidos los del aborto, divorcio, etc. En la preparación de esas leyes, los
católicos tienen todo el derecho del mundo a intervenir con cuantos argumentos
crean conveniente.
Bajo el peso de un modelo cultural heredado
En la posición de quienes defienden un único modelo de familia cristiana
con exclusión de otras modalidades, bullen ideas repetidas en documentos y
asertos eclesiásticos del pasado, hoy superadas por el Vaticano II:
- La religión católica es la única verdadera: "Fuera de
- La libertad de conciencia es un error venenosísimo.
- La libertad religiosa es un delirio.
- La libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de
culto no son derechos concedidos por la naturaleza del hombre.
- La conciliación entre socialismo y catolicismo es imposible. No se puede
ser socialista y católico a la vez. El comunismo es intrínsecamente perverso.
- La existencia de clases en la sociedad es voluntad de Dios.
-
Estas pautas, - literalmente sacadas de encíclicas o documentos tales como
Concilio de Florencia 1452, Quod aliquantum
1791, Mirari vos 1832, Syllabus
1864, Libertas 1888, Vehementer 1906, Quanta cura, etc -, propias de un régimen de cristiandad y de un nacionalcatolicismo, han sido revisadas profundamente por
el concilio Vaticano II y ya hoy no se pueden mantener por un buen católico
Lo expuesto apunta a que más que de diversos modelos de familia, podemos
hablar sobre un único modelo que presenta grados y variantes diversas. Pienso que
más que incompatibilidad hay diferencias, que surgen por tratarse de una
realidad compleja, defectible y dialéctica, como es la humana. Averiguar los
presupuestos de esta complejidad nos acerca seguramente a la comprensión y
solución del problema. Apunto algunos.
Primero: Fuera de
En sentido estricto creo que podríamos reducir a una la causa fundamental
de la incompatibilidad que estamos viviendo, expresada en una mentalidad
católica, que no comparte la laicidad como consecuencia de la modernidad y que
sigue profesándose como única doctrina que puede entender al ser humano,
guiarlo y salvarlo. El catolicismo se reserva la explicación y salvación del
ser humano y descarta cualquier otra concepción. El hombre por sí mismo, desde
su propia estructura y condición, sería impotente para realizarse éticamente,
liberarse y salvarse. Esa liberación la ofrece únicamente la religión católica.
Segundo: El estado no tiene poder moral para legislar
Si la religión católica se coloca en la sociedad como centro único capaz
de dictar la moral, está claro que no admitirá que el Estado, por más
democrático y aconfesional que sea, pueda atribuirse el poder de enseñar,
transmitir moralidad y promulgar leyes que aseguren el bien y perfeccionamiento
de los ciudadanos.
Este oficio se lo reserva para sí
Tercero: Las realidades humanas no son admitidas en su
autonomía y valor
Y, finalmente, la historia vivida, -larga historia-, demuestra que esa
mentalidad católica, hasta el Vaticano II, no fue capaz de reconocer la
dignidad e inviolable autonomía de las realidades terrenas.
En vez de admitir como natural los cambios legítimos del mundo moderno y
de nuestra época, de discernirlos en lo que tienen de positivo y negativo, de
admitir la emancipación en tantos y tantos lugares como fruto de la
racionalidad, de la justicia y de la solidaridad humanas; en vez de adaptarse y
colaborar como prescribe el Vaticano II con los nobles anhelos, propósitos y
metas de la sociedad actual, persiste en hacer valer su imperialismo religioso
de antaño y en no admitir ni tratar evangélicamente la realidad maravillosa
pero débil y pecadora al mismo tiempo del ser humano, que le acompaña -¡cómo
no!- cuando se casa.
En todo caso, el hombre es libre, tiene derecho a equivocarse, y no se lo
puede entender, en buena teología católica, si se lo constriñe a buscar contra
su conciencia la liberación y salvación.
Sí que se puede, y ojalá sea el nuevo camino, a
partir de lo que a todos nos une (dignidad, derechos y obligaciones), valorar
luego las propuestas que libremente y como oferta hacen cada una de las
religiones para lograr la realización y felicidad personales.
Algunas claves para entender el cambio
Sería irreal presuponer que, en la vida humana, los ideales propuestos han
de ser puntualmente conseguidos. La vida es cambio, proceso, conflicto,
fracaso, solución. Y es que la persona es libre (no es conforme a su naturaleza
que el bien y la verdad se le impongan; defectible (puede equivocarse y tiene
derecho a rectificar); interdependiente (se hace en una comunidad y es
condicionada por la cultura).
La perfección o plenitud es un bien, pero cuando se consigue desde dentro,
como resultado de una maduración y adhesión libre de la persona. Los
estancamientos, los retrocesos, los fracasos son propios de la vida humana y no
se pueden eludir a base de exigirle renuncias o sometimientos que la
esclavicen. Una adecuación con la ley, conseguida con temor y opresión, es una
ficción y resulta contraproducente. En la vida humana el trigo y la cizaña
crecen juntos y corresponde a la sociedad y a las personas hacer la criba y
discernimiento con el menor atropello de lo esencial.
¿Ha entrado en crisis la familia, la pareja, la moral sexual o un
determinado modelo de familia, de pareja y de moral sexual? ¿El modelo, que no
pocos añoran, respetaba los valores fundamentales de una pareja interpersonal,
de la igualdad de la mujer y de los hijos, de una sexualidad propiamente
humana?
Nuevos conocimientos alimentan una nueva conciencia y ponen al descubierto
el atraso y la insuficiencia de determinados modos de pensar anteriores que no
hacían justicia a la realidad. El que la antropología, la filosofía, la ética y
la teología recalquen hoy la dignidad humana, sus derechos inviolables, es un
progreso legítimo, que nadie puede impugnar. E, indirectamente, están
erosionando cantidad de actitudes, procedimientos y leyes contrarios a esa
dignidad.
1. El ejemplo de los divorciados en
Es un hecho la existencia de miles y miles de parejas católicas
divorciadas, en España y en el mundo entero. Entre esos miles, es innegable que
muchos han llegado a una situación extrema de conflicto y fracaso, donde el
sentido común y la razón aconsejan una separación o un divorcio.
¿Qué ocurre con estos miles de parejas que, pese haber iniciado un
proyecto con amor y haber luchado por mantenerlo, llega un momento en que
fracasan y su convivencia es del todo imposible?
Para ellos, la respuesta es que, si se casaron con amor y libertad, no hay
solución, no hay más solución que ponerse a convivir, remontar el fracaso y
demostrar que siguen siendo marido y mujer. ¿Auque no vuelvan
a amarse nunca? Hablamos de situaciones de fracaso, donde el amor ha muerto. Y si
el amor ha muerto, ¿qué clase de matrimonio puede haber?
La solución jurídica para estos casos es inexistente. Deben seguir
figurando públicamente como matrimonio, aunque nunca más lo sean. Y si se
casan, por lo civil obviamente, ese matrimonio no les es reconocido y se les
califica muy negativamente.
Esta postura es, en primer lugar, impropia de la tradición católica. La
absolutización del valor de la indisolubilidad no siempre fue así. La
indisolubilidad es un valor-ideal, que ojalá todos
vivieran como algo propio, desde dentro, un valor que corresponde al plan
original de Dios, pero Dios no lo impone a todos, en todo lugar y
circunstancia, sino que, en casos de fracaso e incapacidad humana, Dios actúa
con la economía de la comprensión, del perdón y de la misericordia.
Y esta economía misericordiosa encaja con la condición propia del
matrimonio que, al estar basado en personas libres, no excluye que el proyecto
corra riesgos, conflictos graves y acabe en fracaso y ruptura. La
defectibilidad es un propio del ser humano y, cuando se da, debe ser atendida,
racional y amorosamente. La perfección no siempre se logra en este mundo. El
ideal es algo a lo que hay atender, pero hay situaciones en que, empeñarse en
mantener el ideal, se convertiría en contraproducente. Siempre hay que procurar
lo mejor, pero lo mejor no coincide siempre con el ideal. Son muchas las
situaciones en que, sin renunciar al ideal, debemos procurar lo mejor. Lo mejor
es muchas veces enemigo del ideal.
2. El caso emblemático de los homosexuales
No hablo de unión homosexual o de matrimonio homosexual, por una razón muy
simple: porque es inútil hablar de uniones homosexuales, querer reconocerlas, y
reconocerlas jurídicamente, si previamente no se reconoce la validez de la
homosexualidad. La batalla se plantea en este terreno: ¿se admite o no la
homosexualidad, es decir, como una variante legítima de la sexualidad humana,
que la hace éticamente válida?
Ciertamente, es un progreso recomendar respeto a los homosexuales, con
exclusión de todo lo que sea despectivo o vejatorio. Los homosexuales son
personas y, como tales, merecen el mismo respeto que todos los demás.
Pero, la inculcación de ese respeto carece de base, es en cierto modo
aparente, si luego se sigue manteniendo que la homosexualidad y la relación
entre homosexuales es desordenada, desviada,
intrínsecamente perversa. Por más que se proclame, si yo mantengo que el
homosexual es un desviado y un perverso, en el fondo seguiré abrigando
distancia, temor y desconfianza.
Se trata, por tanto, de averiguar si la homosexualidad, éticamente
hablando, teológicamente hablando, es admisible o no.
a) La postura actual de la ciencia.
La homosexualidad es un fenómeno ligado a la condición humana. "Los
estudios médicos, psicológicos, antropológicos y sociológicos apuntan de modo
inequívoco hacia la descalificación de la homosexualidad como enfermedad,
desviación psicosopática o perversión sexual. La
homosexualidad va siendo reconocida como una orientación sexual que la
naturaleza permitió. En razón de ello, el Consejo de Europa ha instado a los
gobiernos de sus países miembros a suprimir cualquier tipo de discriminación en
razón de la tendencia sexual" (C. Domínguez Morano, La homosexualidad en
el sacerdocio y la vida consagrada, ST, 2202, nº 90,
pp. 133-134).
b) La postura de
Todavía hoy, dentro de
Por otra parte, y para una visión -seguramente sorprendente para muchos-
remito a mi largo artículo "La ley de los matrimonios homosexuales"
publicado en la revista Éxodo (1906, págs. 18-27, nº 85). En él, cito la consistente investigación realizada
por John Boswel que llega a concluir que "La
iglesia primitiva (siglos VI al XIII) no sólo era tolerante con las relaciones
románticas y eróticas entre varones, sino que las santificaba
ceremonialmente".