COMO UNA VISCOSA MANCHA DE ACEITE

 

El descubrimiento de la verdadera cara de Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, y su posterior condena está suponiendo un auténtico terremoto no ya sólo en Roma sino en todo el orbe católico. No en vano esta organización dispone de múltiples recursos en todo el mundo, sobre todo en México y en España, a base de centros de todo tipo, desde Universidades a Seminarios; hay quienes calculan en más de 25.000 millones de euros su imperio económico. Maciel, por otra parte, contaba con la amistad y reconocimiento del papa Juan Pablo II (cuyo proceso de beatificación parece haberse resentido por ello) y, según se ha sabido recientemente, tenía sobornados a varios de los principales altos cargos de la Iglesia, entre ellos se menciona nada menos que al cardenal Sodano, exsecretario de Estado y número 2 del Vaticano, y al cardenal español Martínez Somalo, exsustituto y número 3, además de a muchos simpatizantes y favorecedores en la curia romana. Disponen de rama clerical y laical, citándose entre los miembros de esta última a personalidades españolas muy poderosas, como una de las riquísimas hermanas Koplowitz y a personas del entorno de José María Aznar.

 

Hay quienes han pedido ya la condena de los cardenales citados así como la disolución de esta organización religiosa, lo cual no parece tan sencillo. Un cardenal secretario de Estado es mucho cardenal aunque ya sea un ex y dispone todavía de muchos apoyos en los altos niveles, hasta el punto de que se está hablando de tremendas luchas de poder que han puesto en marcha el ventilador lanzando acusaciones en todas direcciones, y una organización que maneja tanto dinero no se puede disolver sin más ya que está en juego no sólo el poder que da este recurso sino el mismo recurso en sí. ¿Quién va a hacerse cargo de toda esta “herencia” multimillonaria? Los visitadores enviados por el Papa para recabar datos no han olvidado precisamente esta cuestión tan importante.

 

Lo que sí parece cierto es que, pase lo que pase, esta organización habrá dejado de ser la posiblemente más poderosa e influyente dentro de nuestra Iglesia y sabemos, por pura y simple sociología o incluso por las leyes de la física, que el vacío dejado por una entidad de estas características tiende a ser llenado por otra u otras organizaciones, y éstas lo saben perfectamente y ya están actuando en consecuencia. ¡Qué pena que tengamos que hablar de “poder” al referirnos al funcionamiento de la Iglesia de Jesús! Pero, si no queremos pecar de ingenuidad de quien cierra los ojos ante la realidad para seguir pensando cómodamente en “pajaritos preñados”, tendremos que asumir que esto pasa entre nosotros y que sus consecuencias llevan a abusar de este poder, tanto a nivel individual (recuérdese el caso sangrante de los pederastas) como global. Tiempo vendrá en que podrá escribirse con más perspectiva la historia reciente y actual de nuestra Iglesia y se descubrirá que los conocidos pecados medievales de la Iglesia de Roma no eran una excepción sino que se siguen reproduciendo siglos después aunque sea con vestimentas más modernas. Pensar que papas y monseñores medievales eran un desastre moral y cristiano (recordemos los Borgia) pero una excepción en la historia de la Iglesia y que los de los dos últimos siglos han sido y son unos santos e irreprochables es un auténtico angelismo, aunque tampoco debe sacarse la conclusión de que todo y todos están corrompidos ya que sería tremendamente injusto. Hay que asumir que en la Iglesia siguen juntos el trigo (muy mayoritario) y la cizaña (minoritaria pero muy escandalosa), y que la Iglesia es santa y pecadora a la vez, incluidos sus miembros individuales por más altos que se encuentren.

 

¿Hasta qué punto afecta todo esto a nuestra Iglesia Diocesana? Por un lado no estamos ausentes de sus repercusiones y es normal que sea tema de conversaciones y motivo de dolor y escándalo entre nosotros, provocando incluso situaciones tan lamentables como la que me contaba ayer un amigo cura a quien le han pintado con spray en la fachada de su casa aquello de “curas pederastas”. Deseamos que todo esto se aclare y, sobre todo, que se cambien los modos de proceder, las personas y el mismo sistema que lo hace posible. Porque algo habrá que cambiar, digo yo, en este sistema que posibilita o favorece esta podredumbre. A no ser que quien tiene poder para ello deje que todo siga igual o que no sea capaz de superar los obstáculos al cambio (de momento, al menos, sus declaraciones de condena son cada vez más convincentes, como en el caso del viaje del Papa a Portugal, en contraste con la estrategia de importantes miembros de la Curia que hablan de Iglesia perseguida y de campañas organizadas) con lo que estaríamos en la antesala de nuevos escándalos o crisis, tal como parece estar sucediendo en la falta de decisión política para llevar adelante en nuestra sociedad globalizada mundial los cambios estructurales que transformen el sistema capitalista en el que se apoyan los especuladores y sinvergüenzas que han venido haciendo sus negocios a costa de los ciudadanitos de a pie.

 

Por otro lado, se observan movimientos, decisiones estratégicas por parte de determinadas organizaciones que se reclaman eclesiales, que parecen obedecer al deseo de ir ganando posiciones, es decir, poder, para ir imponiendo sus particulares puntos de vista y colocando a sus peones. En ese sentido funcionan las denuncias contra determinados curas o personal religioso apoyándose en supuestos motivos litúrgicos o de otro tipo y que, desgraciadamente, tienen entrada en las altas instancias en lugar de ser rechazadas y condenadas tajantemente por cizañeras, amenazando con comunicarlas a Roma si no se les hace caso, y llevándolas hasta allí en ciertos ocasiones que han afectado incluso a obispos, pasando de la amenaza al hecho consumado. Hasta se ha “envenenado” en ocasiones a algún seminarista bajo el influjo de determinada organización para que presentara denuncias contra alguna afirmación de un profesor en clase basándose en la supuesta “heterodoxia” de sus enseñanzas, constituyéndose el alumno, incipiente “teólogo”, en juez por derecho propio. En algunas páginas web se alardea incluso de estas prácticas antievangélicas presentándolas casi, o sin casi, como un deber de los cristianos de bien. De esta forma se intenta imponer un determinado estilo ultraconservador que favorece el poder absoluto y supuestamente “divino” de unos pocos sobre el resto (igual que ha ocurrido con los Legionarios).

 

Otra práctica consiste, según me cuentan, en hacer un seguimiento de determinado clero para que, a base de buenas acogidas, buen trato y acompañamiento en momentos más o menos difíciles, irlos ganando para su causa. Esto parece ser un hecho evidente en el caso de muchos sacerdotes venidos recientemente a nuestra diócesis desde países extranjeros. Me indican que empiezan a notarse las consecuencias de esta “política” en elecciones presbiterales en las que se hacen con los cargos personas que lo hubieran tenido mucho más difícil en tiempos atrás. Y cunde el temor de que a consecuencia de estas “conquistas” se esté produciendo una división del clero que puede tener efectos bastante lamentables.

 

Todo esto tiene lugar cuando se piensa que el grupo de uno es más importante que el conjunto; que mi organización religiosa es la más válida de cuantas existen, fomentando de esta forma un farisaico “orgullo” religioso repelente y ridículo por lo infundado; cuando se fomenta la convicción de que los otros no son de fiar mientras los nuestros son los únicos que hacen correctamente lo que hay que hacer, visten como mandan los cánones y cumplen las leyes eclesiales como Dios manda y no como otros “pecadores y publicanos”; cuando se busca el interés y el supuesto beneficio de los míos frente al bien común de la Iglesia aunque se confiesen más eclesiales que nadie y sean más papistas que el papa, al que hacen caso tan sólo cuando les conviene, como se pone de manifiesto en numerosas ocasiones, que no nos chupamos el dedo ante tantas y supuestas lealtades inquebrantables e incondicionales. Es posible que muchos de los miembros de una organización determinada no sean conscientes de toda esta movida, como al parecer tampoco lo fueron tantos y tantos legionarios de Cristo, veneradores acríticos de su “padre” organizativo y embobados ante sus apariciones cuasi celestiales y a quien daban culto a su personalidad; como también es posible que muchos de ellos no se enteren “de la misa la media” porque se les ha enredado en una maraña de relaciones endógenas y de lecturas purgadas que les ha impedido asomarse al exterior; o que aguantaran una especie de voto de “obediencia”, como el legionario, que les prohibía bajo penas de infierno eterno cualquier crítica a sus superiores, algo que nos recuerda las condenas despiadadas que algunos sufren o sufrimos por atrevernos a criticar determinados comportamientos de nuestros “jerarcas”.

 

Digamos, por último, que el ansia de poder lleva a abusos y que éstos producen víctimas. Mucho se está hablando actualmente de las que han sufrido felonías de tipo sexual por parte de personajes eclesiásticos sin escrúpulos; pero todos sabemos que en nuestra Iglesia también ha habido en ocasiones iniquidades de otros tipos (malos tratos, menosprecios, sometimientos casi a nivel de esclavitud, ataques contra su honor, echar a un miembro disidente a la calle sin recursos a pesar de haber dedicado toda su vida a la organización, limitación de los derechos personales, etc.), y que sus víctimas reclaman justicia públicamente en espera de que sean atendidas adecuadamente y reconocidas como tales.

 

Hace tres años escribía en un editorial que “la sombras se siguen moviendo y ocupando posiciones”. Hoy me reafirmo en lo dicho y añado que se han ido extendiendo como una viscosa mancha de aceite o un incontrolado vertido de crudo que corre el peligro de impregnarlo todo. Se está a tiempo de evitarlo si se adoptan posturas claras y medidas contundentes, como parece ser la actitud del actual Papa Benito 16. Que en la Iglesia todos somos iguales por el bautismo, que no hay justificación evangélica alguna para las pretensiones y mucho menos para los abusos de poder, y que a todos se nos debe tratar por igual sin privilegios ni minusvaloraciones de ningún tipo. Ni tan siquiera, aunque sea problema de otro nivel, a la hora del nombramiento de nuevos obispos, a pesar de que el nuestro se enfade en las entrevistas que le hacen en los medios de comunicación y proclame, contra toda evidencia, que la Iglesia Aragonesa está igual tratada que las restantes, mientras muchos pensamos que no es así, que no es de recibo el vacío episcopal al que nos someten desde hace meses ni la casi total ausencia al frente de nuestras diócesis de prelados con espíritu y miras universales al tiempo que nacidos, vividos y comprometidos con Aragón, a diferencia de lo que ocurre en otros territorios.

 

Pepe Nerín

11.5.2010