COMO UNA VISCOSA MANCHA DE ACEITE
El descubrimiento de la verdadera
cara de Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, y su posterior
condena está suponiendo un auténtico terremoto no ya sólo en Roma sino en todo
el orbe católico. No en vano esta organización dispone de múltiples recursos en
todo el mundo, sobre todo en México y en España, a base de centros de todo
tipo, desde Universidades a Seminarios; hay quienes calculan en más de 25.000
millones de euros su imperio económico. Maciel, por otra parte, contaba con la
amistad y reconocimiento del papa Juan Pablo II (cuyo proceso de beatificación
parece haberse resentido por ello) y, según se ha sabido recientemente, tenía
sobornados a varios de los principales altos cargos de
Hay quienes han pedido ya la condena de los cardenales citados así como la disolución de esta organización religiosa, lo cual no parece tan sencillo. Un cardenal secretario de Estado es mucho cardenal aunque ya sea un ex y dispone todavía de muchos apoyos en los altos niveles, hasta el punto de que se está hablando de tremendas luchas de poder que han puesto en marcha el ventilador lanzando acusaciones en todas direcciones, y una organización que maneja tanto dinero no se puede disolver sin más ya que está en juego no sólo el poder que da este recurso sino el mismo recurso en sí. ¿Quién va a hacerse cargo de toda esta “herencia” multimillonaria? Los visitadores enviados por el Papa para recabar datos no han olvidado precisamente esta cuestión tan importante.
Lo que sí parece cierto es que,
pase lo que pase, esta organización habrá dejado de ser la posiblemente más
poderosa e influyente dentro de nuestra Iglesia y sabemos, por pura y simple
sociología o incluso por las leyes de la física, que el vacío dejado por una entidad
de estas características tiende a ser llenado por otra u otras organizaciones,
y éstas lo saben perfectamente y ya están actuando en consecuencia. ¡Qué pena
que tengamos que hablar de “poder” al referirnos al funcionamiento de
¿Hasta qué punto afecta todo esto
a nuestra Iglesia Diocesana? Por un lado no estamos ausentes de sus repercusiones
y es normal que sea tema de conversaciones y motivo de dolor y escándalo entre
nosotros, provocando incluso situaciones tan lamentables como la que me contaba
ayer un amigo cura a quien le han pintado con spray en la fachada de su casa
aquello de “curas pederastas”. Deseamos que todo esto se aclare y, sobre todo, que
se cambien los modos de proceder, las personas y el mismo sistema que lo hace
posible. Porque algo habrá que cambiar, digo yo, en este sistema que posibilita
o favorece esta podredumbre. A no ser que quien tiene poder para ello deje que
todo siga igual o que no sea capaz de superar los obstáculos al cambio (de
momento, al menos, sus declaraciones de condena son cada vez más convincentes,
como en el caso del viaje del Papa a Portugal, en contraste con la estrategia
de importantes miembros de
Por otro lado, se observan movimientos, decisiones estratégicas por parte de determinadas organizaciones que se reclaman eclesiales, que parecen obedecer al deseo de ir ganando posiciones, es decir, poder, para ir imponiendo sus particulares puntos de vista y colocando a sus peones. En ese sentido funcionan las denuncias contra determinados curas o personal religioso apoyándose en supuestos motivos litúrgicos o de otro tipo y que, desgraciadamente, tienen entrada en las altas instancias en lugar de ser rechazadas y condenadas tajantemente por cizañeras, amenazando con comunicarlas a Roma si no se les hace caso, y llevándolas hasta allí en ciertos ocasiones que han afectado incluso a obispos, pasando de la amenaza al hecho consumado. Hasta se ha “envenenado” en ocasiones a algún seminarista bajo el influjo de determinada organización para que presentara denuncias contra alguna afirmación de un profesor en clase basándose en la supuesta “heterodoxia” de sus enseñanzas, constituyéndose el alumno, incipiente “teólogo”, en juez por derecho propio. En algunas páginas web se alardea incluso de estas prácticas antievangélicas presentándolas casi, o sin casi, como un deber de los cristianos de bien. De esta forma se intenta imponer un determinado estilo ultraconservador que favorece el poder absoluto y supuestamente “divino” de unos pocos sobre el resto (igual que ha ocurrido con los Legionarios).
Otra práctica consiste, según me cuentan, en hacer un seguimiento de determinado clero para que, a base de buenas acogidas, buen trato y acompañamiento en momentos más o menos difíciles, irlos ganando para su causa. Esto parece ser un hecho evidente en el caso de muchos sacerdotes venidos recientemente a nuestra diócesis desde países extranjeros. Me indican que empiezan a notarse las consecuencias de esta “política” en elecciones presbiterales en las que se hacen con los cargos personas que lo hubieran tenido mucho más difícil en tiempos atrás. Y cunde el temor de que a consecuencia de estas “conquistas” se esté produciendo una división del clero que puede tener efectos bastante lamentables.
Todo esto tiene lugar cuando se
piensa que el grupo de uno es más importante que el conjunto; que mi
organización religiosa es la más válida de cuantas existen, fomentando de esta
forma un farisaico “orgullo” religioso repelente y ridículo por lo infundado; cuando
se fomenta la convicción de que los otros no son de fiar mientras los nuestros
son los únicos que hacen correctamente lo que hay que hacer, visten como mandan
los cánones y cumplen las leyes eclesiales como Dios manda y no como otros
“pecadores y publicanos”; cuando se busca el interés y el supuesto beneficio de
los míos frente al bien común de
Digamos, por último, que el ansia de poder lleva a abusos y que éstos producen víctimas. Mucho se está hablando actualmente de las que han sufrido felonías de tipo sexual por parte de personajes eclesiásticos sin escrúpulos; pero todos sabemos que en nuestra Iglesia también ha habido en ocasiones iniquidades de otros tipos (malos tratos, menosprecios, sometimientos casi a nivel de esclavitud, ataques contra su honor, echar a un miembro disidente a la calle sin recursos a pesar de haber dedicado toda su vida a la organización, limitación de los derechos personales, etc.), y que sus víctimas reclaman justicia públicamente en espera de que sean atendidas adecuadamente y reconocidas como tales.
Hace tres años escribía en un
editorial que “la sombras se siguen moviendo y ocupando posiciones”. Hoy me
reafirmo en lo dicho y añado que se han ido extendiendo como una viscosa mancha
de aceite o un incontrolado vertido de crudo que corre el peligro de
impregnarlo todo. Se está a tiempo de evitarlo si se adoptan posturas claras y
medidas contundentes, como parece ser la actitud del actual Papa Benito 16. Que
en
Pepe Nerín
11.5.2010