Comprendo la indignación de los
catalanes
Y la comparto, soy aragonés
y los entiendo. Sé que esta vez lo que les duele no es la bolsa, aunque
también, pero más que nada el corazón, y
por eso sin duda se sienten heridos. Al leer el editorial publicado conjuntamente por la prensa catalana: “La
dignidad de Catalunya”, me acordé inmediatamente de Aragón y de
Hay preocupación en Catalunya
y algo más que preocupación: “Hay un
creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo
la identidad catalana (...) como el defecto de fabricación que impide a España
una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes (...) hablan una lengua que, en vez de ser
amada, resulta sometida tantas veces al obsesivo escrutinio por parte del
españolismo oficial, y acatan las leyes, por supuesto....” Pero nos advierten
de que en estos días “pensen, sobretot, en la seva dignitat
i convé que se sàpiga”.
¿En qué pensamos los
aragoneses? ¿En Gran Scala? Obviamente,
no. Se nos dijo que era lo más
importante que podía sucedernos desde los tiempos de Fernando el Católico. Pero aquello era un cuento, y la obsesión era otra: ni siquiera los bienes de
Estamos
a punto de cometer un descosido donde hay hilo suficiente para hacer un buen
zurcido, incluso un bordado si sabemos salvar las diferencias donde hay que
salvarlas: en las costuras de la antigua Corona de Aragón y por tanto de
España, en uno de los confines históricos más importantes de nuestra patria
común, una nación de naciones que tiene
ya sitio en Europa y, en ella y con
ella, su lugar en el mundo. No hagamos un mal remiendo precisamente aquí, en
Aragón, cuando podemos ser quizás medio y remedio, atenuante o paliativo al
menos de la intransigencia y de la intolerancia proverbial que nos desgarra y
de la que se acusa a todos los españoles.
No me considero nacionalista salvo
en un sentido muy amplio en el que todo cabe dentro de un orden. Y no entiendo
eso de la “dignidad de Cataluña”, que me suena como la profesión de un credo. O
como la “dignidad de
El nacionalismo es un sentimiento compartido que
afirma la identidad de un pueblo como nación y revindica un estado nacional
para ese pueblo. Pero nación se dice de muchas maneras: una como identidad
cultural, étnica o comunitaria, que
precede al Estado moderno; otra como pueblo que sigue al nacionalismo y,
movilizado por éste, no para hasta conseguir para sí la forma de un Estado
nacional; y, por último, se dice del conjunto de todos los ciudadanos en los
que reside la soberanía del Estado. La nación, en este sentido revolucionario,
no excluye a la nación en el primer sentido; pero no la supone necesariamente y
construye otra identidad común en la que quepan todas, salvando las
diferencias dentro de un marco de
convivencia libre. Defenderé siempre cualquier identidad frente a los otros: en
relación, y nunca contra los otros. Por eso no renuncio a nada que pueda
compartir con otros, al contrario: me parece que lo mejor de nosotros es lo que
nos une con otros. Y entiendo que el
diálogo es la palabra cabal, la que da sentido a las lenguas. Si en eso no
estamos de acuerdo, si no nos entendemos en eso, ¿para qué seguimos hablando?
José Bada
27.11.2009