IGLESIA COMUNIDAD:



Ofrecer ámbitos de comunidad ante una nueva exaltación del individualismo.



Necesitamos:

Comunidades fraternas. Estamos obligados a formar comunidades de creyentes con rasgos definidos, con experiencia interior propia, compromiso solidario y comunicación viva, donde imperen la atención y la cercanía personal.

Comunidad alternativa. Para que el testimonio evangelizador de la Iglesia resulte significativo, es indispensable que la Iglesia que lo transmite se presente como una casa en la que los hombres puedan vivir, como una comunidad alternativa de las formas inhumanas de comunidad, como un anticipo de la plenitud a la que el hombre aspira como ideal. Tal vez consigamos ponernos como Iglesia en estado de evangelización cuando ningún hombre tenga que salirse de ella para promover la causa del hombre. Plantearnos en qué consiste ese ideal.

Comunidad acogedora y abierta que permita a los individuos tener, junto al calor fraterno, la libertad de los adultos.

Un aspecto importante de la oferta de salvación es la "acogida". Dios es acogedor, no hace distinción de personas, está siempre con los brazos abiertos esperando abrazar. Debemos potenciar todo aquello que suponga acogida de la gente, especialmente de aquéllos con problemas y en situación de pobreza. Un espacio particularmente interesante en este punto es el despacho parroquial: encargarlo a personas adecuadas y acogedoras.

Comunidad de encuentro y convivencia de personas. Función comunal: crear espacios cálidos de encuentro y convivencia.

Necesitamos una Iglesia que sea para el hombre de nuestros días un espacio de libertad, de acogida y de diálogo. Un espacio libre de alienación, es decir, un espacio de realización de libertad.

Creación de un tipo de comunidad donde la persona se sienta tratada como tal.

Universalismo en el que se valore a cada cual como diferente y único, se dialogue con él y se le acepte de un modo real y solidario.



IGLESIA POPULAR CON MINISTERIOS DIVERSOS:



La parroquia no puede continuar siendo un lugar geográfico en que se ofrecen servicios religiosos. La parroquia es una estructura territorial para favorecer la misión. Asumir que la comunidad eclesial es el sujeto de toda la misión de la Iglesia, tanto evangelizadora como social.

La Iglesia del siglo XXI será una Iglesia de laicos, pero eso no significa que obispos, presbíteros y diáconos pierdan papel. Simplemente se les da el que les corresponde: ayudar a que el Pueblo de Dios camine en la fe y en la misión; ayudar a que celebre su fe con alegría y esperanza; ayudar a que sea un pueblo solidario. Pero es el pueblo el que camina, el que celebra, el que espera, el que se solidariza, y no sólo sus gobernantes.

Por ello: potenciación del protagonismo de la comunidad, reconfiguración del ministro, creación de nuevos ministerios, mayor atención a los carismas.



Los laicos:

Promover los ministerios laicales. Que se reconozcan y promuevan los carismas, servicios y ministerios laicales (Sínodo D., nš 10).

Promover el asociacionismo laical.

Laicos cualificados. Necesitamos agentes pastorales cualificados. Con una fe formada y crítica. Conversión del laicado por medio de catecumenados de adultos.

Acceso creciente de laicos, hombres y mujeres, a la teología. La investigación y enseñanza de la teología: sacarla del coto cerrado de los clérigos. Formación teológica de los laicos. Facilitar que puedan estudiar en los Centros ad hoc de la Diócesis, repartir adecuados materiales de formación teológica.

"Creación de círculos de estudio" (Sínodo D., nš 25).

La enseñanza de la religión en las escuelas.



Los sacerdotes:

Clarificar la esencia y el contenido del ministerio sacerdotal. Trabajarlo no sólo entre los curas sino también con los laicos.

Hay que meter al cura en la comunidad, cumpliendo su ministerio en medio de ella y no por encima. Si el clero funciona como estamento aparte no podrá evitar considerarse aparte e incluso superior. Y la comunicación de arriba abajo se verá más como imposición que como diálogo. Hay que romper la estructura de poder que hace que el cura se sienta (y de hecho esté) por encima de los demás creyentes.

Favorecer la participación de los clérigos en reuniones, asambleas, charlas, conferencias, etc., no dirigidas por ellos e incluso organizadas por personas no creyentes.

Hay que tener en cuenta que hay bastantes sacerdotes desorientados sobre su misión socio-religiosa, cada vez más lejanos a su propia comunidad, cada vez más en crisis moral e intelectual, menos capacitados para liderar a sus fieles.

Comunidades cristianas dirigidas de modo permanente por laicos. Los sacerdotes serán ministros itinerantes: irán creando comunidades, acudirán a ellas de tiempo en tiempo para celebrar la Eucaristía, animar y estimular, revisar y corregir, confrontar las vivencias evangélicas de las distintas comunidades, posibilitar un mutuo enriquecimiento entre las comunidades, vínculo de caridad y comunión. Diseñar el perfil de los futuros párrocos laicos y el papel itinerante de los curas.

Acceso al ministerio presbiteral a través de las comunidades.

El lugar social de los seminaristas en su etapa de formación no debe ser sólo el Seminario, o en todo caso los grupos de creyentes, sino en gran medida la realidad de la vida de la gente, especialmente de los no creyentes. Organizar bien el papel de la parroquia en esta formación.

Los formadores del Seminario necesitan tener muy en cuenta esto y estar muy atentos para evitar actitudes "trepadoras" de aquellos seminaristas con intención de hacer "carrera eclesiástica".



La mujer:

Clarificar el papel de la mujer en la Iglesia.

Tomar distancia de un estilo de vida masculino, reduccionista y socioculturalmente muy limitado.

Favorecer el acceso de las mujeres a cargos directivos dentro de la Iglesia. La igualdad de derechos de las mujeres habrá que irla consiguiendo desde la práctica. Empezando por los de la parroquia.



La tercera edad:

Clarificar el papel "activo" de las personas de la tercera edad y no sólo receptivo.



Los jóvenes:

Prestar especial atención a los jóvenes. Es fundamental potenciar la labor de la pastoral juvenil, promoviendo especialmente sus vivencias de seguimiento de Jesucristo. Potenciar el itinerario iniciado en estos últimos años en la parroquia.

Realizar un estudio serio y profundo sobre la situación de los jóvenes. Teniendo en cuenta los estudios generales ya realizados, concretarlos en la situación tanto en la Diócesis como en la parroquia.

Incidir en su problemática concreta (marginados, droga, paro...). (Sínodo D., nš 37).

Reunir a los jóvenes en torno a proyectos claros y atractivos, procurando que cada acción desemboque en una posibilidad al menos de vivir los valores humanos y cristianos que le presentamos. Presentar metas humanas altas.

Conectar a los jóvenes con el mundo de los adultos, viviendo muchos momentos comunes y teniendo programaciones conjuntas.

Potenciar misas y celebraciones en las que los jóvenes puedan expresar su fe, relacionadas con la vida y lenguaje de los jóvenes, cuidando la acogida y la creatividad (Sínodo D., nš 40).



La familia:

Las familias cristianas deben asumir su papel primordial de iniciadores de la fe de sus hijos, para lo cual hay que ayudar a estos padres a formarse como educadores (Sínodo D., nš 45). "Crear escuela de padres, grupos de formación familiar, cursillos, catequesis familiares, encuentros con otras familias, celebraciones, contactos personales" (Sínodo D., nš 45).

Potenciar una pastoral infantil en estrecha relación con la pastoral familiar.

Basar la pastoral de niños en el proceso de vida, con objetivos comunes, sencillos, claros y asequibles (Sínodo D., nš 31).

Organizar celebraciones con los niños en los tiempos litúrgicos fuertes, así como misa para niños en los días festivos (Sínodo D., nš 32).

Coordinación entre las entidades que trabajan con niños (parroquia, escuela, clubs de tiempo libre...) (Sínodo D., nš 33).

Continuidad en la catequesis, desde la primera comunión hasta la confirmación. Programar un plan de formación continuada (Sínodo D., nš 34).



Cercanía con la gente:

Conectar con la vida de la gente. Presentamos pocos hechos de vida: no conecta, por tanto, fácilmente la fe y la vida, la realidad de Dios y la realidad de la gente.

El mejor gesto que posibilite el anuncio es la cercanía a la gente, el compartir su vida, aspiraciones y problemas. Tenemos que analizar la distribución de nuestro tiempo (especialmente el del clero) y prescindir de todo aquello que nos aísle. E igualmente analizar nuestro lugar social para acomodarlo a esta cercanía.