CONCORDIA
El accidente del crucero Concordia frente
a costas italianas se ha convertido en uno de los sucesos más impresionantes
que hemos visto recientemente.
El fenomenal trasatlántico, herido de
muerte junto a la costa, varado como una ballena metálica que lanza sus últimos
estertores antes de expirar, está concitando la mirada de millones de hombres y
mujeres que, con la respiración contenida, asistimos a los acontecimientos del
que fue un gran barco de lujo y ahora agoniza en la playa.
El Costa Concordia era un monumento a la
ostentación. Nació el 7 de Julio de 2006, ése fue el primer día en que fue
botado con la idea de convertirse en un palacio flotante que hiciera las
delicias de todos los que navegaran con él. Con capacidad para 3200 pasajeros y
dotado de 1500 camarotes, el Concordia disponía de 5 restaurantes, cuatro
piscinas, sauna, baño turco, solarium, sala de cine, casino, Teatro y
discoteca.
En su interior, y disfrutando de unas
vacaciones perfectas, convivían hombres y mujeres de muchas nacionalidades:
italianos, alemanes, franceses, españoles, británicos, australianos, turcos,
kazajos, polacos, nepalíes, serbios, sudafricanos…, hasta 62 nacionalidades
constituían un pequeño mundo flotante que hacía alusión al nombre del
trasatlántico, un pequeño paraíso de la concordia, multiétnico, plurirreligioso, interracial, plural.
Más de 4000 vidas, entre trabajadores y
pasajeros, cada cual con sus historias y vivencias. Había quien disfrutaba del
viaje de novios, otros habían ahorrado para pasar unas vacaciones, familias
enteras se regalaban el crucero, jóvenes ansiosos de ver cuanto más mundo mejor
se habían embarcado, personas que se jubilaban y lo celebraban, habría quien
huiría de su pasado buscando reencontrase…, muchas vidas, muchas historias,
muchas ilusiones.
Y he aquí que, de la forma más insulsa
imaginable, la noche del 13 de Enero el barco encalló, hundiendo vidas y
esperanzas de miles de personas. Pronto empezó el recuento de muertos, de desaparecidos,
de supervivientes; comenzó asimismo el miedo al desastre ecológico amenazante
con los depósitos llenos de fuel.
Los profesionales de la mar se aprestaron
a decir que el capitán del barco había cometido una imprudencia enorme:
acercarse excesivamente a la costa sin hacer caso de las cartas de navegación
que señalaba las rocas contras las que embistió la embarcación. Al parecer el
capitán quiso saludar a unos coleguitas de la isla y rendirles un homenaje. El
imprudente marino fue el primero que, tras el choque, abandonó el barco en
lancha mientras los navegantes del Concordia luchaban desesperadamente para
salvar la vida. Sálvese quien pueda, debió pensar el intrépido lobo de mar
cuando, izando la bandera de la desvergüenza, escapaba del barco al ver que el
viaje estaba acabando trágicamente.
Como si fuera una parábola de nuestra
crisis socioeconómica, el lujo se hundía mientras los responsables se ponían a
salvo bien seguros. La mar se tragaba el esplendor y el derroche mientras los causantes
del desastre se aseguraban otras playas en las que sentirse tan ricamente.
Y frente a este espectáculo dantesco y
vergonzante, hubo un gesto hermosísimo que debe ser reseñado: los 1500
habitantes de la isla de Giglio abrieron sus casas,
su Iglesia, sus almacenes y su corazón para acoger y albergar a las víctimas de
la tragedia. Esas sencillas gentes de mar dieron una sobrecogedora lección de
acogida y amor. Dieron albergue, mantas, comida y medicinas; también dieron
cariño, consuelo y humanidad a un colectivo de personas que les triplicaba en
número y a las que el mar se había tragado sus ilusiones.
Me quedo con esta última imagen. Mientras en nuestra
sociedad vamos asistiendo al hundimiento de un modelo de vida que va dejando
tras de sí miseria, desahucios y estrecheces a la vez que los responsables del
naufragio están bien seguros, sólo la solidaridad nos salvará. Sólo abrir los
brazos al que está con el agua al cuello nos hará salir a flote. Habrá que
empobrecerse un poco para que otros puedan emerger.
Me viene a la memoria el lema de la última campaña de
Caritas: “Vivir sencillamente para que otros sencillamente puedan vivir”. Los
habitantes de Giglio han dado una hermosa lección de
sencillez y misericordia. Sin esa actitud fraterna que nos impulsa a compartir,
naufragarán nuestro humanismo y nuestros ideales. Sin la solidaridad se nos hundirá
hasta la concordia.
JOSAN MONTULL
18.1.2012