¿CONECTAMOS CON ALGUIEN?
Los resultados de la última encuesta sobre la juventud que señalan que en cuatro años se ha reducido a la mitad el porcentaje de jóvenes cristianos practicantes en España es un síntoma más de que las cosas no están yendo bien en nuestra querida Iglesia. La cifra se sitúa por la encuesta en torno a un 14 %, pero me da la impresión de que es una cifra bastante optimista. En mi parroquia de barrio, de unos 12.000 habitantes, no creo que asistan a la eucaristía dominical por término medio más de 600 personas, lo cual sitúa en un 5 % a la población que podemos considerar "practicante". Y, por supuesto, la asistencia de jóvenes es muy inferior a la del conjunto, con lo cual habría que rebajar aún bastante más este porcentaje.
La realidad que se ofrece ante nuestros ojos es la de que en torno a las parroquias se mueven actualmente personas con una media de edad bastante elevada (superior, normalmente, a los 50 años y más bien a partir de los 60), personas que no van en aumento sino en disminución a medida que por ley natural van falleciendo. Si disminuyen las personas mayores y los jóvenes están muy lejos de constituirse numéricamente como relevo generacional, las perspectivas de supervivencia de la mayoría de nuestras parroquias y de nuestra propia Iglesia diocesana, aragonesa o española, son bastante escasas. Y no es que el número sea lo más importante, ya que un pequeño grano de mostaza puede convertirse en un gran árbol, pero lo cierto es que lo que hasta ahora ha sido al menos numéricamente un gran árbol (no entro en la calidad del mismo, pues es de todos bien conocida la mezcla de elementos de muy diversa procedencia y motivación) lleva camino de convertirse en una insignificante no ya semilla sino más bien rama vieja. Con el paso de los años nos seguimos descubriendo casi las mismas caras de antes (aunque más bien algunas menos), con menos energías, si bien, eso sí, con ganas de seguir adelante.
A mí me preocupa, especialmente desde hace años, el hecho de que en estos momentos hay en demarcaciones parroquiales como la mía una gran mayoría de personas con las que no conectamos porque no coincidimos físicamente nunca, ni nos vemos ni nos escuchamos. Ya sé que no se trata de añorar los tiempos de cristiandad en los que las iglesias se llenaban de gente "obligada" por diversas circunstancias a acudir a ellas. Ya sabemos que no era oro todo lo que relucía. Y ya sabemos, igualmente, que lo normal es que seamos una pequeña minoría como la que fue el "resto de Israel", en el Antiguo Testamento, o el grano de mostaza evangélico en el Nuevo. Pero lo deseable sería que el mayor número de personas (¡ojalá todas!) tuvieran la oportunidad de tener acceso al mensaje evangélico, de conocer a Jesucristo, y luego que ellas optaran con fundamento por seguirle o por no hacerlo. Pero que tuvieran esa oportunidad.
Me temo que para muchos hoy eso está resultando casi un imposible. La Iglesia no acaba de encontrar la vía oportuna para llevar adelante una pastoral "misionera", es decir, para dedicar sus esfuerzos no tanto a los que vienen a los templos o a los locales parroquiales, sino a los que no lo hacen. Si analizamos los esfuerzos y las dedicaciones de los creyentes más o menos "comprometidos", vemos que se centran casi en exclusiva en su labor hacia "dentro" y muy poco en su actuación hacia "fuera", aunque es de justicia reconocer el trabajo de pequeños grupos como, por ejemplo, los que se dedican a Cáritas o las visitadoras de enfermos, por citar tan sólo a algunos. También es necesario reconocer que para "evangelizar", es decir, para introducir interrogantes de sentido profundo en la vida cotidiana, es fundamental vivir y actuar como cristianos convencidos y coherentes con la fe. Ése es un testimonio primordial, aunque no vaya acompañado a menudo por un testimonio explícito de fe, aunque sea una labor callada y que no haga "propaganda" de su fe.
A propósito de hacer "propaganda", o incluso adoptar una postura de "sacar pecho" en la sociedad, lamento que muchos estén propugnando hoy una presencia casi "guerrera", de sacar las "banderas" a la calle, de liarse en manifestaciones en defensa de intereses supuestamente eclesiales, de recoger firmas para demostrar que se es muchos. Vuelvo a recordar con tristeza la declaración de aquel ponente de hace un año en las Jornadas de Teología de Aragón: "a mí lo que me pide el cuerpo es guerra". Pues a mí no me pide guerra sino diálogo, tal como claramente le replicó a continuación el Vicario general.
Necesitamos una alternativa: ni la reclusión en los templos y locales parroquiales, ni la "militancia" que más que proponer impone. Una alternativa que se apoye no en los grandes medios de comunicación (la tentación de creer que ser poderosos en ese campo, tener nuestras propias radios y emisoras de televisión, ayude a la evangelización; desgraciadamente el ejemplo ideológico de la COPE no sirve más que para repeler o para atraer a los ultras) sino en la pobreza de medios, aunque utilizados con inteligencia y astucia, como recomendaba, por cierto, el mismo Jesucristo. Necesitamos acercar el mensaje evangélico, ayudar a hacer posible el encuentro con Jesucristo, a tantas personas que no disponen de ese acceso. Pero, para ello, y siguiendo el ejemplo del Maestro, habrá que anunciar y al mismo tiempo curar enfermos, es decir, ayudar a la gente a resolver sus problemas y necesidades concretas, o dicho en lenguaje de siempre, predicar y dar trigo.
Habrá que ser imaginativos, favorecer el encuentro personal, utilizar nuevas técnicas, entre ellas las informáticas. Reconozco que, por mi parte, me entra una gran alegría cuando alguien, tras leer algún artículo de mi página web, me escribe o bien para darme las gracias por presentar otra cara diferente de Iglesia o lo hace para entablar un diálogo conmigo sobre temas religiosos. Habrá que cambiar la pedagogía al presentar a Jesucristo, superar muchas timideces (como la de aquel equipo parroquial de cursillo de novios que temía el rechazo si presentaban en el mismo algún que otro texto bíblico, además de los textos laicos que ya ofrecían), ayudar a hacer personas, a profundizar en sí mismas, pero haciéndolo apoyándonos en el humanismo de Jesucristo que entronca perfectamente con lo divino, y tratar de conectar con la vida de la gente. No me importa volver a repetir aquí la terrible anécdota de lo que me contestó aquel chico de unos 18 años cuando le propuse formar un grupo tras la Confirmación: "me parece bien pero sin dedicarnos al rollo de Jesucristo". ¿Qué Jesucristo hemos presentado? ¡Pero si Él es, como decía S. Pedro al que le pedía limosna, el único tesoro que podemos ofrecer! ¿Cómo lo estamos viviendo, siguiendo y presentando?
Ayer estuve hablando con unos matrimonios amigos, y entre la quesada casera, los pasteles, las infusiones y el champán, fuimos comentando la situación actual de nuestras parroquias a raíz de la deserción juvenil que señalaba al comienzo de este artículo. Se lamentaban, nos lamentábamos, de las para nosotros desafortunadas declaraciones jerárquicas a propósito de los preservativos que tanto están proliferando durante estos días. La práctica, no ya de las parejas jóvenes, sino también de matrimonios ya no tan jóvenes, la práctica de matrimonios que se consideran cristianos, hace años que va por otros derroteros, optando por una paternidad de la que ellos son los responsables y no otros, y asumiendo y viviendo el sexo desde otros parámetros menos legalistas. Lamentables, insistían igualmente, las declaraciones jerárquicas a propósito de la homosexualidad, cuando una parte importante de los cristianos (como de los no cristianos) son homosexuales. Tanto defender el casarse y ahora -comentaban- que se quieren casar estos últimos resulta que se está en contra de que lo hagan. Apocalípticas sus declaraciones sobre la abundancia del pecado en nuestro tiempo, lo que ha provocado que alguna dirigente socialista les haya recordado que el mayor pecado no es el del sexo sino el de dejar a la gente en la pobreza y la miseria, no reaccionando ante ello como el buen samaritano.
¿Es que para ser cristiano hay que ser fundamentalista? Muchos están defendiendo a capa y espada unos principios inamovibles y los aplican a todo el mundo sin más matices. Deducen de los principios normas inmutables y se olvidan de la comprensión de las personas concretas y de la misericordia. Se presentan en los medios de comunicación, especialmente en televisión, hablando teologías que no conectan, con convencimientos sin fisuras, ajenos a cualquier duda en su propio pensamiento, presumiendo de la alegría del fundamentalista inconmovible que viene de otra galaxia, y no precisamente del Reino de los cielos. De esta forma no es de extrañar que la imagen de la Iglesia esté por los suelos como algo que no conecta con la vida real de las personas, alejado de la realidad. De esta forma se está impidiendo que la palabra salvadora y liberadora de Jesucristo, su vida y su mensaje, sean accesibles a la gran mayoría de la población que tiene derecho a ello.
Pepe Nerín