El Ciervo, junio-julio 2002


CONFESIÓN: MÁS DE LO MISMO

Joaquín Gomis


Cuando desde la autoridad "competente", en cualquier ámbito, también en el eclesiástico, se repite insistentemente la queja y la exhortación ante el incumplimiento en el pueblo llano y en los mandos intermedios de normas dadas por dicha autoridad, con escasa repercusión fáctica, la pregunta es: żel error no estará en la autoridad y en su empecinamiento en exigir el cumplimiento de normas obsoletas? Y también: żno sería más inteligente preguntar por qué la realidad va por caminos distintos de la normativa?

Me ha suscitado estos interrogantes el nuevo documento de Juan Pablo II, titulado Misericordia Dei: "Sobre algunos aspectos de la celebración del sacramento de la penitencia". Su resumen podría ser más de lo mismo. Es una de las convicciones y de las insistencias del actual papa, dolorosamente reinante. Por ejemplo, en 1984, en la exhortación postsinodal "Reconciliatio et paenitencia". Más recientemente en su carta apostólica "Novo millenio ineunte". Las exhortaciones y quejas han sido incesantes durante todo su pontificado. Ahora -con la colaboración del cardenal Ratzinger- insiste.

Esta carta apostólica es fruto de su convicción personal sobre la importancia espiritual de la confesión individual y de su rechazo a las celebraciones comunitarias en las que no se exige la acusación pormenorizada de los pecados. Pero me parece que en dicho documento se introducen tres aspectos dudosos. Primero, la manipulación de los datos históricos. Reconoce que este sacramento "ha tenido en el curso de los siglos un desarrollo que ha asumido diversas formas expresivas", pero añade que "conservando siempre la misma estructura fundamental: la contrición, la confesión, la satisfacción". Ya se intuye que el problema está en la denominada confesión. Es significativo que en los último siglos, el nombre popular de este sacramento haya sido "confesarse". Sin embargo, el historiador clásico del Sacramento de la Penitencia (es decir, de la Conversión, o de la Reconciliación según el Vaticano II), Cyrille Vogel, demuestra que por lo menos durante los primeros seis siglos de Cristianismo esta práctica de "confesarse" no existía o se daba de un modo absolutamente distinto al posterior al Concilio de Trento que decretó -como ahora recuerda Juan Pablo II- que era de "derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales, según su especie y número". No es la opinión de Vogel: decir los pecados puede ser liberador, se halla en muchas tradiciones religiosas, pero no es lo propio del sacramento cristiano de la penitencia.

Una y otra vez, en este último documento papal, se argumentan sus opciones recurriendo a la frase: "es de institución divina" (frase típica de la teología del magisterio romano). Pienso que es el segundo aspecto dudoso. Actualmente la mayoría de biblistas y teólogos dan por evidente que el Señor Jesús no se dedicó a establecer minuciosamente cómo debían celebrarse los signos del amor de Dios que luego se han denominado "sacramentos". Y me gustaría recordar que según la mayoría de los abundantes relatos evangélicos que explican como una de las características de Jesús era perdonar liberalmente los pecados, éste no exige ni pretende confesión previa, y menos "según su especie y número". Le basta que uno se reconozca pecador (como todos lo somos). Por eso sorprende que el documento papal afirme que "se reprueba cualquier uso que restrinja la confesión a una acusación genérica o limitada a sólo uno o más pecados considerados más significativos".

El tercer aspecto dudoso de la "Misericordia Dei" es la insistencia en seguir desacreditando y limitando hasta la práctica prohibición la celebración comunitaria -sin acusación individual- de este sacramento. Pablo VI, en sus mejores tiempos, la autorizó y la incluyó en el Ritual oficial (y allí sigue estando). Se difundió, creo que con provecho espiritual, en muchas comunidades cristianas. Luego vino una progresiva limitación jurídica de su uso. Lo que sorprende es que en tiempos de crisis de este sacramento -muy importante para los cristianos, aunque comprendo que cueste entender esta importancia desde fuera de la Iglesia-, las máximas autoridades eclesiásticas se manifiesten muy preocupadas por la crisis del sacramento y, al mismo tiempo, desacrediten hasta la prohibición el modo de celebración comunitaria que, en muchos lugares, es el mejor recibido y practicado. Una cosa sería defender la celebración individual -en el lenguaje popular, la confesión-, pero otra es mantener una práctica prohibición contra la celebración comunitaria sin necesidad de confesión individual.