¿CONFRONTACIÓN? NO, GRACIAS
Durante los últimos días están llegando noticias que hablan de un ambiente de confrontación entre la Iglesia Católica y el Estado Español. Al parecer, las propuestas del nuevo Gobierno a propósito de los matrimonios entre personas del mismo sexo, a propósito de la agilización del divorcio, así como del aborto, unidas a la presencia del presidente y miembros de su Gobierno en la proyección de la película "Mar adentro" de Amenábar, película que agita las aguas del debate sobre la eutanasia, así como las declaraciones a favor de una revisión de los Acuerdos entre España y la Santa Sede, incluídas las asignaciones económicas a la Iglesia, han provocado una serie de declaraciones episcopales contrarias a cualquier modificación de la situación legal y han culminado recientemente con las efectuadas por el secretario de la Conferencia Episcopal de las que se desprende un apoyo de los obispos a la movilización de los católicos españoles contra estas medidas.
Mantengamos todos la calma y no agitemos todas las aguas a la vez, mezclando unas cuestiones con otras. Realicemos una mirada hacia nuestra historia reciente que evite el que nos encerremos en el hoy que a algunos parece abrumarles. Y analicemos las cuestiones por separado para no liarnos más de la cuenta.
Por si puede ayudar, enuncio algunos puntos para contribuir a un debate sin aspavientos (¡ojalá lo consiga!):
- Desde el final de la época franquista, la Iglesia Católica (especialmente los obispos) trata de aclararse acerca de su papel en una sociedad democrática. No sé si lo ha conseguido todavía. Una parece que fue la postura del cardenal Tarancón (presidente entonces de la CEE) favorable a la separación con colaboración entre Iglesia y Estado, y opuesto al mismo tiempo a la creación de un partido confesional católico; y otra, no exactamente igual, la de los actuales obispos preocupados por la pérdida de influencia de la Iglesia Católica en la sociedad española actual. Una es la postura de colaboración expuesta en la homilía de Tarancón con motivo de la proclamación de Juan Carlos como rey y otra la del arzobispo de Santiago ante el rey y el Gobierno español el 25 de julio pasado poniendo a caldo a este último en una misa convertida en un acto institucional
- El Gobierno, según se nos cuenta, trataría de revisar los actuales Acuerdos parciales con el Vaticano para que quede bien claro que en España tenemos un Estado no confesional tal como determina la Constitución. Ello supondría la eliminación de "privilegios" que se supone que sigue disfrutando la Iglesia Católica frente a las restantes confesiones religiosas, entre ellos especialmente la asignación económica al clero. Como ciudadanos españoles no deberíamos poner resistencia a la aplicación de la Constitución y a ser iguales a los demás en una sociedad democrática. Por otra parte, la misma Iglesia se comprometió hace 25 años a llegar en breve tiempo a su autofinanciación y no parece que haya cumplido su palabra, mientras el Estado sigue financiándola año tras año esperando con paciencia el momento en que eso se acabe.
- La Iglesia tiene derecho a mantener posturas específicas sobre todas y cada una de las situaciones y preceptos legales. No sólo a mantenerlas sino a manifestarlas públicamente. Lo que no puede pretender es imponerlas al conjunto de una sociedad que es claramente plural. Proclamemos el Evangelio y expongamos los principios morales que de él puedan derivarse. Pero, eso sí, no dando gato por liebre, no suponiendo que es evangélico todo lo que actualmente se dice que lo es. Expongamos nuestra visión cristiana del matrimonio y de la familia, aunque no la confundamos con cualquier modelo llamado cristiano por el hecho de que se mantenga desde hace tiempo. Destaquemos especialmente los valores evangélicos que pueden iluminar estas realidades, pero hagámoslo desde la propuesta, desde el convencimiento, desde la vivencia coherente. Y si los ciudadanos deciden otra cosa, no nos dediquemos a ir al ataque, a la contra.
- Da la impresión de que la Iglesia, o, mejor, dicho, los obispos españoles siguen considerándose como los auténticos "traductores" de una llamada "ley natural". Siguiendo esa pretensión determinan lo que es conforme a la naturaleza y lo que no lo es, y pretenden que el resto de la sociedad se pliegue a sus disposiciones. Yo creo que ésa es una pretensión abusiva. En una sociedad con diferentes cosmovisiones, diferentes puntos de vista, diferentes ideologías, quien pretenda erigirse como maestro de los demás acaba más bien en el ridículo porque el personal hace tiempo que reclama y ejerce el derecho a pensar por sí mismo y convertirse en el dueño de su propio destino. La autoridad ya no la da el cargo sino el prestigio, que puede ir o no unido a lo anterior pero no inevitablemente. Y desgraciadamente el episcopado español no atraviesa su momento de mejor prestigio entre los españoles (las encuestas al respecto lo dicen muy claramente, especialmente entre los jóvenes).
- Creo que por sacar conclusiones demasiado rectilíneas y sin matices de unos principios demasiado absolutos, la Iglesia se está enajenando todas las simpatías de bastantes colectivos sociales. Tal es el caso de los pertenecientes al mundo homosexual, tanto gay como lésbico, entre los cuales hay muchos cristianos convencidos seguidores de Jesucristo. ¿Es que no es posible la presencia normal de estas personas en nuestra Iglesia asumiendo sus amores "distintos"? ¿Por qué hay que acusarlos de "enfermos" o "desviados"? ¿Por qué una moral sólo heterosexual? Tal es también el caso de los que no desean seguir viviendo en unas condiciones físicas lamentables: la postura del cura en la película de Amenábar revela actitudes que pretenden ser las dominantes en el acercamiento a la eutanasia, excluyendo otras que podrían ser igualmente válidas. ¿Por qué obligar por ley a una persona a seguir viviendo cuando ella no quiere? Y así podríamos continuar con otros ejemplos parecidos.
- Resulta, por otra parte, bastante lamentable la imagen que ofrece la jerarquía en los medios de comunicación, especialmente en los audiovisuales. Dan una imagen de gente de despacho, con unas vestimentas muy ortodoxas pero separadas del vestir común, con unos lenguajes muy escolásticos que no parecen admitir los matices, con una seguridad que no da lugar a la compasión, desde una posición de acomodo que nada tiene que ver con los problemas e incluso angustias de mucha gente que sufre. Dan una imagen, en definitiva, de personas antipáticas, es decir, que provocan un rechazo por no compartir la"pasión" de tanta gente.
- Espero también que el actual Gobierno español no quiera ganar puntos demagógicamente poniéndose al frente de la manifestación en cuestiones de costumbres sociales como las mencionadas (cuestiones que, a mi modo de ver, qué duda cabe que requieren soluciones imaginativas y acordes con la realidad actual) para ocultar que no quiere o no es capaz de afrontar en serio la estructura capitalista que nos envuelve y en la que no parece encontrarse precisamente a disgusto. En ese punto no se diferencia gran cosa de su predecesor.
- Y espero que nuestra jerarquía no confunda el Evangelio con la ley, la moralidad cristiana con la legalidad vigente. Repito: propongan nuestros obispos el Evangelio a todos y háganlo de una manera coherente. Recen y confíen en que su palabra sea buena semilla (que lo será si coincide con lo que Dios quiere). Pero acostúmbrense a que no a todos convenza. No se enfaden, por ello, con los que prefieran otras palabras, otras ideas y otras soluciones extracristianas (e incluso dentro de la misma Iglesia). No intenten que su "doctrina" se convierta en ley, ya que ésa no es su misión. Hagan el favor de no espolear a los católicos o a los parlamentarios miembros de su Iglesia a una lucha política como si de un partido político se tratara. Y no se presenten, al estilo Bush-Aznar, como los componentes del Imperio del Bien frente a los otros, personificación del mal. ¡Ojalá aprendamos de muchos a los que consideramos "malos" y nos mezclemos con ellos como, por cierto, hacía Jesucristo!
PEPE NERIN