CUANDO LA LITURGIA

SE CONVIERTE EN CORTESANA

 

            Acabo de regresar del funeral por un sacerdote diocesano recientemente fallecido y que ha sido presidido por dos obispos, concelebrado por multitud de sacerdotes y presenciado por cantidad de laicos y religiosos allí presentes. La ceremonia ha durado exactamente dos horas, más el dilatado tiempo empleado en la salida del templo. Me he situado entre los sacerdotes y he sido testigo del constante runruneo que aumentaba a medida que la ceremonia se prolongaba, runruneo que consistía fundamentalmente en quejas a causa de la pesadez y temas repetitivos que alargaban innecesariamente los oficios litúrgicos. Al llegar a casa he recibido incluso alguna llamada invitándome a escribir un editorial sobre el asunto. Me lo he pensado un buen rato porque últimamente estoy dedicando demasiadas líneas a los obispos, pero al final me he decidido a hacerlo porque, como decía uno de mis telefoneantes, parece que no haya nadie que le diga al obispo algunas consideraciones relativas a su quehacer litúrgico. Desconozco si los vicarios o quien sea le aconsejan sobre el tema pero yo voy a dar el paso, atreviéndome a hacerlo desde mi consideración de creyente y hermano de mi obispo.

 

            Lo primero que choca es la imagen que se da. Parece una envarada corte real dando vueltas en torno a su jefe supremo. Cantidad de personas sirviendo al rey o sumo sacerdote: diáconos, monaguillos, portadores de velas, sostenedores de báculos, depositarios de mitras y solideos, incensarios, portadores de jofainas, agua y toallas para el lavatorio de unas manos impolutas, llevadores de cruces, tocadores de campanillas, además del maestro de ceremonias y de un muchacho, revestido con alba, que se paseaba constantemente por el presbiterio con las manos juntas, la cabeza inclinada hacia la izquierda (¡mira por dónde!), la tez pálida y el rostro inexpresivo, sin que me aclarara qué servicio estaba realizando. Ni el Rey Sol en todo su esplendor dispuso de tanto séquito. ¿Hace falta todo eso, tantos servidores para alguien como un obispo cuyo oficio primero es el de servir? Porque una cosa es una liturgia digna y bella, y otra una sobrecarga de elementos inútiles.

 

            Choca igualmente la despersonalización de una liturgia que obedece a tales presupuestos. Menos mal que al final dos varones miembros de la parroquia han presentado testimonios cálidos y humanos del difunto, porque durante todo el resto de la ceremonia ha faltado algo tan básico. Es sorprendente que el obispo haya dicho en su homilía que ha gozado de la amistad del fallecido durante estos cinco años que lleva de obispo, porque a continuación ha sido incapaz de comentar un solo detalle de su relación. No lo entiendo. Ni decir una sola palabra sobre su carácter, su actividad, etc.

 

            Y me ha chocado también especialmente la adjudicación a Jesucristo del título de “liturgo”, título que ha repetido en al menos dos ocasiones. No me imagino a Jesucristo de maestro de ceremonias, pero no me extraña que quieran llevarlo a ese “huerto” para primar de esta manera el rol de persona dedicada casi exclusivamente al culto como parece desprenderse de los acentos que ha puesto el obispo a lo largo de la celebración, rechazando explícitamente, por otra parte, toda dedicación de los sacerdotes no directamente relacionada con este ministerio sacerdotal-cultual.

 

            No creo que sea lo más adecuado utilizar la predicación para dar una lección teológica preconciliar sobre el sacerdocio basándose, sobre todo, en el conocido pero a mi parecer ambiguo texto de que “el Hijo aprendió sufriendo a obedecer”. El obispo ha insistido en la obediencia, en el sufrimiento y en la muerte, en el carácter “ontológico” de su ministerio que le hace ser distinto al pueblo fiel, dando un acento muy poco ilusionante a la vida sacerdotal. Menos mal que el otro prelado concelebrante ha preferido insistir en el futuro, en la resurrección, lo cual nos ha aliviado y alentado. Por suerte nuestro prelado no ha hablado en esta ocasión del infierno ni del aguijón de la carne, como ha hecho en otros funerales.

 

            Me parece tremendo que nuestro pastor diga en público, o que lo piense en privado, que “Dios nos ha quitado” al sacerdote difunto, dando como explicación que sus designios son inescrutables. Dios no nos quita a nadie, ni es un aguafiestas que se lleva a alguien en lo mejor de su vida. ¿Qué concepción teológica es ésta? Ese dios no es un padre sino un robador de vidas, alguien que no merece nuestro cariño. Dios, en cambio, es Alguien que nos acoge en el momento definitivo de la muerte, evitando que caigamos en la nada más absoluta. Y lo hace por Amor, porque nos quiere inmensamente, porque es Padre nuestro. Ese Dios sí que merece nuestro cariño y alabanza.

 

            Con la llegada de nuestro actual prelado, éste introdujo en las celebraciones algunas prácticas que, lejos de desaparecer, parecen incluso incrementarse. Un ejemplo es la de comenzar la homilía saludando enfáticamente a las “personalidades” allí presentes con variedad de títulos como excelentísimo, reverendísimo, ilustrísimo, etc. ¿Qué tiene que ver esto con el Evangelio?, ¿no está en flagrante contradicción con las palabras de Jesús: “no os dejéis llamar…”? Y siempre primando a los que están “arriba”. Me entran ganas de comenzar mi próxima homilía saludando a las excelentísimas limpiadoras de la iglesia y locales parroquiales, a las reverendísimas sacristanas, al ilustrísimo jardinero… Sería mucho más evangélico porque provocaría la carcajada general de los presentes, lo cual nos quitaría las ganas de usar títulos que sólo reflejan fatuidad.

 

            También se introdujo la casi obligación de rezar la plegaria litúrgica número 1, la preconciliar. Y no falla en ninguna celebración episcopal. ¿Por qué esa manía de querer llevarnos a una teología superada por el Vaticano II? Hoy se ha recitado completa toda la letanía de santos contenida en esta plegaria, cuando incluso las rúbricas en rojo de la misma indican que se puede abreviar. Pero el obispo manda y hay que seguir sus costumbres para tenerlo contento. Como el hecho de cantar el Padrenuestro en latín. ¡Pero si ya casi sólo se lo saben los curas! Tal vez sea porque hay que meter el latín como sea, obedeciendo propuestas que vienen de más arriba y a las que conviene mostrar obediencia por si acaso.

 

            Y no digamos ya del movimiento de mitras, solideos, báculos y hoy hasta gafas del prelado. ¿No resulta ridículo? De verdad que visto desde el sitio del pueblo fiel parece que el obispo se haya disfrazado con un cuerno en la cabeza, a imitación de faraones y gobernantes del Imperio Romano. Queridos epíscopos: la gente normal ya no entiende (si es que lo ha entendido alguna vez) por qué lleváis eso, qué sentido tiene la mitra y el solideo (a parte de la incomodidad), y en qué se parecen esos lujosos báculos plateados al cayado de un pastor (y no digamos si incluso se dispone de un lacayo que te lo trae y te lo lleva). Al menos el alba resulta más estética y sencilla, aunque nos equipare, por otra parte, a los senadores romanos. Perdonad que pueda parecer irrespetuoso, pero la imagen que dais es penosa.

 

            Acabo con un breve comentario sobre la duración de la ceremonia. Dos horas es demasiado. ¿No os dais cuenta? Al final, cada vez que intervenía alguien para decir algo el citado runruneo del comienzo se ampliaba. Incluso cuando el obispo, siguiendo su costumbre, ha comenzado a dar la paz a todos y cada uno de los curas allí presentes (¡y éramos cantidad!). A alguien cerca de mi le he oido aquello de “daos todos por besados” como mejor solución en estos casos. Dos horas pueden incluso quedarse cortas en una liturgia africana llena de participación y cantos de los laicos. Pero todo parecido en este punto participativo con lo vivido hoy habrá sido mera coincidencia. Y no deja de ser significativo que, a mi parecer, lo mejor ha sido la participación, aunque escasa, de los laicos: lo bien que han leido las lectoras y los testimonios finales.

 

            Ojalá vayamos a una liturgia participada por todos, alegre y divertida por ser festiva, profunda y bella estéticamente, con un ritmo adecuado que evite las constantes repeticiones innecesarias (el curriculum del difunto, la importancia del bautismo, etc.) que han tenido lugar en la que acabo de comentar. Y ojalá también que mi obispo no se tome a mal todo lo que le acabo de expresar. Lo hago como un servicio eclesial, haciéndole la observación de que lo que yo acabo de plasmar por escrito lo comenta todo el mundo desde hace años. Pero es posible que hasta el momento nadie se haya atrevido a decírselo a usted directamente y tan claro. Una vez más me ha tocado el papel del niño ingenuo que grita a voz en grito que “el rey está desnudo”. Un abrazo, querido hermano Manolo.

 

Pepe Nerín

14.1.2010