CREO. GRACIAS, PARROQUIA

 

En estos días de Navidad algo se le retuerce a uno por dentro. No retorcijones de tripas (que también) sino de vida, de trascendencia, de algo que te desborda porque te llena, te impulsa, te da esperanza. No son palabras vanas. Me ha tocado pasarlos en condiciones un tanto incómodas debido a los efectos de la quimioterapia y eso ha provocado que no tuviera ganas de casi nada pero mucho tiempo para pensar, para contemplar, para rezar. Ya sabéis, y si no lo sabéis os lo digo, que los enfermos necesitamos agarrarnos a algo, o mejor, a alguien y, sobre todo, a Alguien. Buenos días para la fe purificada, si es que superamos cuantas trivialidades nos lanza esta sociedad tan desquiciada.

 

Me he preguntado por mi fe, que no es mía sino de todos cuantos consideran al recién nacido Jesucristo como su fuente y fundamento. ¿Cómo puedo creer en un mundo que abandona sus creencias a marchas forzadas, que “cree” en lo que toca, ve u oye, pero que pasa olímpicamente de trascendencias totalmente indemostrables desde la ciencia? La Navidad, por ejemplo, se ha convertido en un tiempo de ternura, de regalos, de mazapán o, en el mejor de los casos, de reunión familiar para unas abundantes cenas y comidas. Pero lo que ella significa se ha quedado en un mero recuerdo de cuando éramos más “crédulos” y aceptábamos por tradición y sin cuestionárnoslos los mitos bíblicos. Recuerdo agradable (éramos niños) pero sin apenas proyección en nuestra vida cotidiana.

 

¿Cómo puedo creer en un universo de ángeles, vírgenes que dan a luz, estrellas que guían a magos, o en paraísos originales, torres de Babel, diluvios universales, división en dos del Mar Rojo, plagas de Egipto…? Mitos. Pero aquí hay que empezar a dar un giro nuevo a este artículo: mitos no en sentido despectivo como se les da actualmente, sino mitos como lenguaje que trata de expresar lo que no es expresable con palabras normales y no digamos científicas. ¿Quién puede expresar una vivencia íntima y personalísima de Dios Padre? En este sentido la poesía es también lenguaje mítico, pero ¡qué bien expresa lo profundo de la realidad y de los sentimientos, lo que no puede decirse de otra manera mejor! Y la poesía no es sólo eso, poesía, sino lenguaje de una profundidad que para sí quisieran otros lenguajes.

 

Así pues, creo a pesar de otras evidencias y en medio de oscuridades (no hay otra manera de creer), la máxima de las cuales es la de Jesucristo en la cruz: “Padre, por qué me has abandonado?”. Eso parece cuando te reconcome la enfermedad. Y creo desde niño, gracias a mis padres y hermanas, y gracias a los curas y catequistas de entonces, a pesar de sus defectos que no eran pocos. Creo en lo que nos transmiten los Evangelios, yendo más allá de las formas y géneros literarios. Creo en la fe de la Iglesia, también más allá de las palabras o expresiones concretas que necesitan “traducirse” y de los líderes que tantas veces no están a la altura, pobrecicos míos. Y creo, sobre todo, en Jesucristo a quien admiro, sigo y quiero con todas mis fuerzas. No he encontrado a nadie igual.

 

Pero hoy quiero destacar el hecho de que creo también gracias a mi parroquia, a mis compañeros/as de parroquia. Les debo este agradecimiento ahora que nos disponemos a celebrar los 50 años de la misma. Y es que se cree, de una manera bastante determinante, gracias al testimonio de los otros. Pero esos otros tienen caras y nombres concretos. Reflejan su fe en detalles que no pasarán tal vez a la historia, pero que frente a tantos antitestimonios institucionales, a tantos escándalos que han apartado a muchos del principio y fundamento que es Dios, dan un testimonio evangélico de primera magnitud desde la sencillez gratuita. Los enumero, sin establecer ningún orden de preferencia, sino como me vienen en estos instantes a la memoria, y sabiendo, al mismo tiempo, que me voy a dejar a muchos en el tintero. El testimonio de Rafa, que abandona la comodidad en España junto a su familia, y se va a Angola a complicarse la vida por Jesucristo. El de Jaime y Lourdes que, siendo mayores que yo, siguen dando catequesis a los críos de primera comunión y acompañan a novios. El de Pedro que se dedica al despacho voluntariamente como si fuera su archivo familiar metiéndole horas sin cuento y, director de la Coral Delicias, que ha hecho que consideremos a este grupo artístico como propio. El de las sacristanas, que día a día preparan lo necesario para las celebraciones sin recibir aplausos. El de las reverendas, que se vinieron a un barrio popular para convivir con la gente desde una parcela abierta a todos, especialmente a los necesitados. El de los del Equipo de Cáritas que conocen la pobreza en toda su crudeza y conviven con personas en situación de miseria, picaresca o desesperanza. El de los curas que he conocido aquí y el que me acompaña actualmente, Iván, que carga con todas mis limitaciones físicas.

 

El de las que visitan enfermos, sintiéndose agradecidas por ello. El de las voluntarias de la Residencia que pasan su tiempo con personas que necesitan a alguien que les escuche. El de las limpiadoras voluntarias, cada vez menos por imperativos de edad, que siguen en la brecha porque aman mucho a la parroquia. El de Óscar y Hazel, ofreciendo su dedicación a los chavales de poscomunión. El de Rafa, Laura, Miguel y tantos otros que mantienen viva la llama de la pastoral juvenil. El de las mujeres del Equipo A, constantes en reunirse para profundizar en su fe. El de los cantores de las misas de la parroquia, ensayando, dirigiendo… El de los componentes del Equipo de Liturgia, tratando de sumergirse cada semana en el sentido de los textos de la misa para ofrecer su reflexión y sus ideas de cara a una mejor celebración litúrgica dominical. El de Josefina, tan preocupada por el futuro de su hijo, generosa como nadie, agradecida por haber llegado a esta parroquia y superar los traumas religiosos que le metieron curas de antaño. El de Pepe, el ecónomo, llevando la contabilidad, acudiendo a bancos, contando las tardes de los domingos el dinero recaudado en las colectas, disponible siempre, así como el de los del Grupo de Economía. El de Manuel, que cuida el jardín como la niña de sus ojos y te dice que no es hombre de “misas”. El de las "Gracia", Juanita y Pili, mis "primas" por apellido, que hacen honor al mismo y con las que me río cantidad. El de las trabajadoras de las obras sociales (Guardería, Residencia, Hogar) que juntamente con sus directoras se esmeran para que sigan funcionando de manera digna y acorde con los tiempos. El de Javier y Juan que colaboran de modo práctico en la confección de la hoja parroquial dominical. El de Montse Beltrán que arrastra mil operaciones y sigue dialogando con Jesús y rezando por todos desde la esperanza. El de Rosa Cinta coordinando las oraciones de los miércoles para que nos encontremos con Él a mitad de semana con más tranquilidad. El de Cecilia, tan serena ante su muerte, el de Mª. Paz, con tanta vida dentro de ella, el de Pilar Andrés, tan recia y brava pero humillada por el cáncer, el de Esperanza, ejemplo de continuidad desde las primeras horas, todas ellas fallecidas en estos últimos años. El de Alicia, manteniendo el tipo en las reuniones de Vicaría pese a que el resto de Begoña pasa más bien del tema. El de las que preparan (M. Carmen, María, Alicia...) las comidas de los miércoles para que pasemos un buen rato de comunidad. El de Ignacio y Domi, trasplantado uno y con débil salud ella, siempre sonrientes y animosos. El de mi amigo José Antonio, el salesiano, siempre dispuesto a dirigirnos un retiro-convivencia o lo que sea, viniendo desde Monzón. El de Josemari y M. Carmen, tan dispuestos siempre a echar una mano, acogedores de un camerunés con sus muchos problemas, encargados del cuidado de padres y suegros, profesores de religión y animadores en la fe.

 

El de tantas personas que aportan lo poco que tienen (y algunas se esmeran en las cantidades como socios) para que la parroquia siga en pie. El de los componentes de los Grupos de Revisión de Vida que cada quince días se reúnen para iluminar su fe a la luz del Evangelio. El de Félix e Inocencio repartiendo lotería de Navidad para ayudar al Hogar. El de los del grupo de la Comisión Permanente, fieles a sus reuniones mensuales o en ocasiones quincenales, para programar, organizar, coordinar. El de Ricardo pidiendo todos los domingos por los presos. El de los que reparten la comunión en la misa y el de los que la llevan a las casas de los enfermos o a la residencia. El de Manolo, el de las chapuzas. El de Jesús Blanco montando a su tercera edad el grupo de Biblia. El de Alberto, el joven más presente, que se ofrece voluntario a pesar de sus limitaciones físicas. El de los del Grupo de Animación Comunitaria cargando con los detalles de infraestructura de las reuniones parroquiales. El de los del Grupo de Misiones que mantienen el aliento misionero en estos tiempos de poco compromiso. El de Gregoria que sigue escribiéndonos versos a pesar de su Parkinson de caballo. Hasta el testimonio de los que nos montan una obra cómica en la sobremesa del día de la Parroquia, o preparan el rancho y disponen los bancos. El de M. Carmen Martínez con su sonrisa amante, feliz en su mundo de olvidos. El de los chicos que viven en el piso parroquial aceptando con alegría nuestra intromisión en sus espacios que son los de todos. Y también el de los recién llegados "ortodoxos" que han querido cohabitar en nuestros espacios y colaborar en nuestras actividades. Agradezco los múltiples detalles conmigo: llevarme a la parroquia y volverme a casa en sus coches (Alfredo, Lourdes, Pepe, Javier, Juan, Ana Delia...), los tiramisús de Conchita, las comidas en Gurrea en agosto, las croquetas de María, las empanadillas de Pilar Ara, el pescadito de Sagrario y Tere, el chocolate negro y los bocadillos de Basi, los cariños de José Luis y Pili, las llamadas de Consuelo y José, las comidas de los padres de Stefen, los aperitivos tras las misas, las oraciones por mi salud, etc. Y el de tantas y tantas personas, sanas y enfermas también ellas, que me preguntan por mi cáncer cada vez que me ven, o me llaman por teléfono, que me dan ánimos, y cuyos nombres a veces hasta se me escapan.

 

Gracias, de verdad. Gracias porque alimentáis mi fe y la concretáis. Gracias, parroquia. He revisado este editorial más de veinte veces, añadiendo siempre nuevos detalles, gracias a la riqueza de vuestra vida. También por vosotros merece la pena ser cura.

 

Pepe Nerín

27.12.2011, trigésimo octavo aniversario de mi ordenación sacerdotal, ya en la tarde-víspera de los Inocentes.