Cristofobia episcopal
JUAN JOSÉ
TAMAYO, El País 12/12/2008
El
cardenal Cañizares en su calidad de arzobispo de Toledo y primado de España,
posición reforzada con su nombramiento como presidente de
No es la
primera vez que se utiliza este nombre para identificar la supuesta enfermedad.
Su empleo es bastante frecuente en sectores culturales y religiosos
neoconservadores. Aparece en el libro Política de Dios. Europa y América, el
cubo y la catedral, de George Weigel,
comentarista de temas religiosos de
Desconozco
qué pensarán los politólogos, sociólogos y psicólogos sociales de semejante
diagnóstico. Sospecho que no lo van a compartir. Yo me distancio totalmente de
él apoyándome en testimonios no precisamente apologéticos del cristianismo. En
el entorno intelectual, cultural y social en que me muevo, no percibo por
ninguna parte la citada cristofobia. Más bien
lo contrario: Jesús de Nazaret se salva de todas las
críticas dirigidas a las religiones e incluso a Dios. De él nadie habla mal.
Hasta los más encarnizados enemigos del cristianismo muestran aprecio,
reconocimiento y respeto hacia su persona. ¿Un ejemplo? El filósofo Federico Nietzsche, que define al Nazareno como "espíritu
libre", que "cree únicamente en la vida y en lo viviente" y
"se halla fuera de toda metafísica, religión, historia o ciencia", se
rebela contra todo privilegio, no acepta diferencias entre nativos y foráneos y
defiende derechos iguales para todas las personas.
Creyentes de
las diferentes religiones y no creyentes de las distintas ideologías coinciden
en reconocer su talla humana, sus valores éticos, su compromiso con los
excluidos y su enseñanza, al tiempo que establecen una clara diferencia entre
él y los cristianos o el clero. El consenso es total. Gandhi
elogia el Sermón de
La radical
humanidad, sinceridad y verdad de Jesús, liberada de los dogmas, es lo que más
atrae a cristianos y no cristianos. Jesús es "lo más selecto de la
humanidad", para el heterodoxo Loisy; "el
colmo de la sinceridad y de la verdad", para el renacentista Erasmo de Rotterdam. Pasolini dice no creer
que Cristo sea Hijo de Dios, pero afirma que "en Él la humanidad es tan
alta, vigorosa, ideal, que llega más allá de los términos habituales de lo
humano". Tampoco Camus cree en la resurrección,
pero, dice, "no ocultaré la emoción que siento ante Cristo y su
enseñanza". Recuerda cómo Jesús perdona a la mujer "pecadora" y
le contrapone a los dirigentes religiosos de ayer y de hoy que no absuelven a
nadie.
Los ilustrados
de ayer y de hoy reconocen a Jesús de Nazaret como
"maestro de moral", interpretan el reino de Dios predicado por él
como revolución moral y "perfecta república de los espíritus" (Leibniz), identifican al cristianismo como religión del
prójimo y del corazón y creen que su núcleo es la ética del amor. Sirva el
testimonio de Johann W. Goethe: "Me inclino ante
Jesucristo como la revelación divina del principio supremo de moralidad".
El Jesús del romanticismo es, en expresión luminosa de René Wellek,
"el poeta del espíritu" y su vida "el más maravilloso de los
poemas" (Oscar Wilde).
¿Y la
retirada de los crucifijos y la negativa parlamentaria a colocar la placa de
Santa Maravillas en el edificio del Congreso de los Diputados? Me parecen dos
medidas que van en la buena dirección hacia el Estado laico y que nada tienen
de cristofobia.
Si algún
síntoma de dicha enfermedad hubiere hoy habría que buscarlo en la propia
jerarquía eclesiástica con sus reiteradas condenas contra libros que presentan
una imagen de Cristo más creíble y cercana al Jesús de los Evangelios. Con esas
censuras los obispos están condenando al Cristo liberador.
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