CUANDO LOS CURAS SE REBELAN


Fausto Antonio Ramírez

Religión Digital 7.11.2007


En Madrid ha saltado ya la chispa. La creación de una plataforma de sacerdotes contestando las formas, maneras y contenido de la acción pastoral del Arzobispo de Madrid viene a ser la punta del iceberg de un descontento generalizado por parte de sacerdotes, religiosos y laicos.

Esto no es más que un síntoma de una crisis que, tarde o temprano, se veía venir. Ciertamente, muchos sacerdotes de Madrid, y de otras tantas diócesis, están desmoralizados.

El problema se plantea así: los sacerdotes no saben si deben identificarse con su comunidad local o con lo que marca la Iglesia oficial, como si desde una eclesiología de comunión se pudieran separar.

Sin embargo, la separación parece tan evidente, que al final la brecha se ha abierto, y cuando estas cosas ocurren en la Iglesia, las heridas son difíciles de cerrar.

Estos sacerdotes que se agrupan en oposición al Arzobispo de Madrid ven, por coherencia evangélica, estar más cerca de sus comunidades que de las líneas de actuación de Rouco.

El hueso es duro de roer, porque cuando la Iglesia se pronuncia en términos de moral sexual, en contra del uso de preservativos, o en contra de las relaciones homosexuales, o en contra de las relaciones prematrimoniales, o excluyendo de la comunión a los divorciados vueltos a casar, y el Pueblo de Dios no comprende esta postura oficial de la Iglesia, los sacerdotes se enfrentan a un problema de conciencia.

Pero otras muchas cosas se podrían citar, como la opción preferente por los pobres, la participación de los laicos o las opciones políticas de algunos obispos.

Por un lado están los que apoyan sin condiciones lo que Roma dice, a sabiendas que la separación con sus comunidades es manifiesta.

Por otro lado están los que prefieren estar del lado del Pueblo de Dios, y en este caso la división se abre con la Jerarquía.

Y por último están los que intentan mantener una postura intermedia, con lo cual ni son fieles a Roma ni tampoco a sus comunidades.

Al final, todo esto desemboca en una crisis existencial que se formaliza, como ahora vemos en Madrid, en la creación de una plataforma de curas "descontentos", que no beneficia a nadie.

Este foso entre la doctrina de la Iglesia y la experiencia del Pueblo de Dios viene ya de lejos.

La cuestión no está en cómo resolverla, porque a mí me parece que no tiene solución: la cuerda siempre se rompe, al final, por el lado más débil.

Y aquí los débiles son los curas. El problema se plantea, por lo tanto, en cómo convivir a diario en medio de esta crisis sin que la desilusión se instale, tanto en los sacerdotes como en esas comunidades de las que esos curas son responsables.

Un buen método es la de compartir, en medio de la crisis, las dificultades con otros que también la sufren y ven las cosas bajo el mismo prisma de presión.

Eso mismo es lo que está ocurriendo en Madrid. Un buen grupo de sacerdotes, y se supone que otros muchos se sumarán, se han constituido en plataforma para apoyarse y ayudarse mutuamente para sobrellevar mejor el dilema al que a diario se ven confrontados.

En situaciones de crisis es bueno no sentirse solo y poder apoyarse en los que sufren por lo mismo. No sólo es un derecho, sino una necesidad, y todo por el bien personal, el de las comunidades y el de la Iglesia en general.

Finalmente, el diálogo es el gran ausente, como siempre, de todo conflicto sin resolver o mal resuelto.

La Iglesia y sus jerarcas siguen sin escuchar, ni a sus sacerdotes -como portavoces del Pueblo de Dios-, ni a las comunidades cristianas de cada iglesia particular.

Los obispos tienen miedo de salirse de la norma, por no ser amonestados por el Papa y no perder méritos de cara a una mejor carrera eclesiástica.

Esto provoca que al final el "ordeno y mando" se convierta en la única arma de obediencia que los obispos utilicen con sus curas y fieles de las parroquias.

Con la amenaza de la "suspensión a divinis" no es posible la comunión, ni el diálogo. Con estas formas, la Iglesia ha entrado en un círculo vicioso de descrédito interno y social, con difícil marcha atrás.

Los curas no ven a sus obispos ni como "padres", ni como "hermanos" en la fe, sino como "pequeños caudillos o reyezuelos" contra los que hay que hacer oposición, implícita o explícita, como ahora pasa en Madrid.

Estoy convencido que lo de la plataforma de curas de Madrid dará mucho que hablar todavía, pero me temo que a partir de ahora sus filas se vayan engrosando y que en otras Diócesis ocurra también lo mismo.

Vivir en medio de la crisis requiere estas mediaciones de apoyo y sostenimiento, por no dejar que la desilusión se apodere de la vocación de tantos sacerdotes.

Pero, igualmente, esto debería impedir que la desconfianza y descontento se instale definitivamente en el resto de la Iglesia.

No es una tarea fácil, pero algo hay que hacer ya, antes de que ya no se pueda dar marcha atrás. El Pueblo de Dios se merece unos buenos pastores, más que líderes políticos en continua defensiva hacia el mundo y la propia base de la Iglesia.