CURAS
Hace
unos años un grupo de profesionales de Televisión Española acudió a Ruanda a filmar
un reportaje sobre las masacres tribales que se habían vivido entre las etnias
hutu y tutti. El horror de lo que ocurrió en Ruanda se conoció tiempo después.
Lo cierto es que hubo un estallido de violencia incontenida que provocó 800.000 muertos en un mes. Estos
eran de la minoritaria de etnia tutsi y la mayor parte de ellos fueron abatidos
a machetazos. No hubo distinción entre hombres, mujeres, ancianos o niños. La
carnicería fue terrible y las cuatro quintas partes de los tutsis fueron
exterminados.
Mientras
esto ocurría,
Cuando
el equipo de televisión acudió a Ruanda había pasado ya un mes largo de los
acontecimientos. Aterrizaron en aquel país donde la sangre había corrido a
raudales semanas antes y, para sorpresa suya, fueron acogidos por unos
compatriotas. Eran misioneros y misioneras de España que llevaban años allí y
se habían negado a abandonar al pueblo ruandés, independientemente de su etnia,
para compartir la suerte de las víctimas. Estos misioneros eran los
supervivientes de la tragedia porque muchos habían caído bajo los machetes y
habían derramado su sangre en aquella tierra maldita y de Dios a la que tanto habían
amado.
Cuando
el equipo de televisión española conoció a aquellos españoles se les
desmontaron muchas de las ideas que traían de la burguesita
madre patria en la que todavía se piensa que los misioneros van a bautizar
negritos. Descubrieron un colectivo de hombres y mujeres capaces de dejarse la
piel con dignidad bajo el signo de la cruz.
El
agradecimiento de estos técnicos se tradujo en regalarles –regalarnos- un
hermoso reportaje que no estaba previsto. Lo titularon África en el corazón y sigue siendo hoy un documento tan
estremecedor como bello que nos ayuda a descubrir las motivaciones que le
llevan a una persona a dar la vida en nombre de Jesús de Nazaret.
Digo
esto ahora, cuando un día sí y otro también, los medios de comunicación hablan
de los abusos pederastas de algunos eclesiásticos. Los que amamos a
Pero
me van a permitir que les diga también que da la sensación que ésta sea una
conducta generalizada en los eclesiásticos, y es ahí cuando tengo que decir que
no. Esta generalización es injusta. La mayoría de los curas, y conozco a más de
uno, son personas buenas que dan lo mejor de sí mismo para hacer que esta
tierra se parezca un poquito más a la que quería Jesús de Nazaret. Lo
ciertamente lastimoso es que de estos curas casi nunca se habla en los medios.
De vez en cuando sí aparece algún sacerdote en una serie española o en algún
culebrón latinoamericano y entonces es peor el remedio que la enfermedad,
porque son dibujados como unos memos desfasados de su sociedad y de su ambiente
que inspiran la risa y la pena.
Pues
bien, en medio de este aluvión de noticias sobre pederastia en
Pienso
en los curas de nuestros pueblos, gente popular y entregada a pesar de sus
edades; en aquéllos que dejan la vida en las misiones, allá donde ningún hombre
prudente se aventura a llegar; en los que se desgastan cada día en las
escuelas, en los barrios, en el mundo del trabajo; en aquéllos que se esfuerzan
para que la liturgia sea digna y familiar; en los que son una bendición en los
hospitales; en los que desgajan su vida -día a día- entre los pobres; en los
que acogen incondicionalmente a los inmigrantes, en los que trabajan con
drogadictos o chicos problemáticos; en los que escriben, investigan se adentran
en los fascinantes mundos de la teología; en los que animan la catequesis y a
los catequistas; en los que -a pesar de sus años- se llevan de excursión y de
Colonias a los niños; en los que escuchan a todos y perdonan a todos; en los
que preparan concienzudamente la predicación; en los que van a ver a los
enfermos y a los ancianos; en los que apuestan por los jóvenes y caminan a su
lado; en muchos curas… en nuestros curas, que -a pesar de sus defectos- son
causa de esperanza para quienes les rodean. Son portadores del evangelio y
-gracias a Dios- nunca saldrán en la tele.
JOSAN MONTULL
6.4.2010