El
número de sacerdotes en las diócesis españolas baja a un ritmo de 200 por año
Casi la mitad de los sacerdotes españoles, exactamente 9.000 de un total de
19.000, están jubilados. La edad media de quienes desarrollan su actividad de
forma plena es de 51 años. Cualquier colectivo profesional que presentara esos
datos atravesaría a los ojos de un analista por una situación de grave crisis.
El diagnóstico no es distinto para
Blázquez
está al frente de la diócesis que presenta el problema más acuciante: la de
Bilbao, donde la edad media de los clérigos en activo es de 60 años. Nada muy
distinto de lo que sucede en el País Vasco en su conjunto, donde dos de cada
tres curas están jubilados.
El
número de sacerdotes en las diócesis españolas cae de manera continua, a un ritmo
medio de casi 200 por año. Ese saldo es el resultado de la incorporación a las
parroquias de unos 200 curas recién ordenados, la mitad de los que serían
precisos para cubrir las bajas derivadas de la secularización -unos 30 de media
por ejercicio- y el fallecimiento de alrededor de 350.
El
recorte en el número de efectivos se produce de forma paralela al descenso del
número de ciudadanos que asisten de forma habitual a misa. Según datos de
Así
se explica también la enorme diferencia entre diócesis, si se mide el número
total de habitantes que residen en el área cubierta por una parroquia: la de
Jaca sólo tiene asignadas por término medio 143 personas por cada una, casi 90
veces menos que la de Barcelona, que atiende a una feligresía potencial de
12.455 personas por templo. Esa asimetría se reproduce en cuanto al número de
sacerdotes adscritos a cada diócesis: la de Madrid (una de las tres que hay en
esa comunidad autónoma; las otras dos son las de Getafe
y Alcalá) tiene casi mil, mientras en Ibiza sólo son
14.
Sin
embargo, los problemas apenas difieren entre unas y otras. La escasez de
sacerdotes es uno de ellos; otro es su envejecimiento. La edad media del clero
activo -la jubilación, si su estado de salud es bueno, no les llega hasta los
75- es de 51 años. En varias diócesis, roza los 60. Demasiado
mayores para atender un número elevado de parroquias y demasiado mayores
también para hablar con los jóvenes, una tarea imprescindible tanto para
mantener la práctica del catolicismo como para procurar ingresos en los
seminarios.
Misas sin cura
La
atención a las parroquias se mantiene en muchos casos gracias a los propios
feligreses. Desde hace unos años, en pequeños núcleos de población de algunas
zonas del país -en general, en el campo- la celebración dominical se hace sin
cura. Una misa que carece de Eucaristía. En ocasiones es una monja quien
realiza las lecturas y da la comunión. Otras veces es un seglar que ha seguido
un pequeño curso en el obispado con el fin de que se encargue de ello. Sin
embargo, esta ‘autogestión’ de los fieles sólo sirve para sustituir la
celebración de la misa. Una tarea que, en términos de tiempo empleado, no deja
de ser una ocupación ‘menor’ de los párrocos. De ahí que en numerosas diócesis
esté abierto ya el debate sobre la reorganización de las parroquias.
¿Tiene
sentido que estén abiertas más de 1.100 en una diócesis como la de Lugo, cuando
sólo hay 105 curas disponibles para atenderlas? No hace falta ir al ejemplo
extremo en el que la proporción de parroquias por sacerdote supera el diez a
uno para apuntar hacia una respuesta negativa. Como sostienen muchos
sacerdotes, agobiados ante la tarea que deben desempeñar, las diócesis, que no
dudan en abrir nuevas parroquias en barrios recién construidos en la periferia
de las capitales y los pueblos importantes, deben cerrar también aquellas que
no son estrictamente necesarias. De la misma forma, apuntan, que se ha
recurrido a personal seglar para desarrollar numerosas tareas administrativas
de los obispados antes atendidas por curas y religiosos, deberían aprobarse
cierres de parroquias.
El
debate se hará más acuciante año a año, porque el número de seminaristas -es decir, el relevo- también está a la baja. En 2001, había un
total de 1.800. Cinco años más tarde,
Seminarios y religiosos
Por
todo ello, son muy pocos los seminarios que no responden hoy a la imagen de un
edificio grande, solemne y… vacío. Sólo los de Madrid, Getafe,
Toledo, Cuenca, Segorbe, Córdoba y Sevilla acogen en
sus cursos un volumen de alumnos equivalente a lo que podría ser una muy
pequeña facultad universitaria amenazada por el cierre. El resto no llega ni a
eso. De hecho, en casi la mitad de los seminarios, hay menos de diez aspirantes
a sacerdote, repartidos entre todos los cursos. En muchos casos no se trata de
diócesis pequeñas. Más bien al contrario: con menos de una decena de
seminaristas hay centros de ciudades tan importantes en la historia del
catolicismo español como Ávila, Bilbao, Salamanca y Segovia, que durante siglos
fueron cuna de un gran número de presbíteros.
También
en esto se nota el efecto de atracción de Madrid y su área de influencia. Por
lo menos, así lo explica Andrés García de
Una
redistribución interna del número de aspirantes a sacerdote que no oculta que
la suma total es menor cada año, una tendencia que parece muy difícil de
revertir. Más aún cuando el volumen de un colectivo tan relacionado con el
sacerdocio como el de los religiosos también decrece. En 2005 había un 7% menos
de monjas que en el año 2000, un dato atenuado por la creciente llegada a los
conventos de religiosas extranjeras, dedicadas sobre todo a la atención de
enfermos y ancianos. La estadística de
Por
eso, es un indicador mucho más fiable de la realidad de las órdenes religiosas
el número de frailes, dado que la llegada de extranjeros es mucho menor en su
caso. En los mismos cinco años, de 5.265 religiosos no sacerdotes se pasó a
4.543, lo que equivale a una caída del 14%. La figura del religioso está
literalmente a punto de desaparecer en algunas diócesis: en Ibiza
sólo hay 3, que sumados a los 14 curas en activo da un grupo más pequeño que un
equipo de fútbol. Escasa plantilla para la atención espiritual de 100.000
residentes habituales, una cifra que se multiplica en vacaciones.
Ni
siquiera la llegada de inmigrantes aporta una esperanza nítida. De momento,
porque son muy pocos los que cursan estudios en los seminarios. Y aunque en
algunos lugares, como Cataluña, se ha detectado ya un aumento de las peticiones
de enseñanza religiosa en las aulas de Primaria y Secundaria debido
precisamente a la llegada de alumnos en general procedentes de Hispanoamérica,
no es seguro que eso se traduzca en un futuro aumento de las vocaciones
sacerdotales. Es más, algunos estudios sociológicos ya han detectado que la
práctica del catolicismo se reduce entre los inmigrantes a medida que pasa el
tiempo, hasta acercarse a los índices medios de la población española. El
camino hacia una Iglesia menos sacerdotal ya no es una opción estratégica
promovida por los sectores más progresistas: es la única salida posible.