DAMOS MALA IMAGEN
Según el CIS, la Iglesia es la institución en la que menos confían los españoles. Todas las encuestas que se vienen realizando desde ya hace un tiempo inciden en colocarla en el último lugar, especialmente cuando son los jóvenes los entrevistados. Qué duda cabe que este resultado, al menos para nosotros los católicos, es sumamente preocupante y nos plantea interrogantes muy serios.
Los lectores de un periódico digital de gran difusión, si bien no son demasiados los que han contestado hasta el momento (alrededor de 100), presentan las siguientes razones para justificar esta mala imagen eclesial: 1) por la falta de credibilidad de la Jerarquía (51 %), 2) porque los medios hablan mal de ella (19 %), 3) porque el Gobierno la persigue (13 %), 4) porque es una incomprendida (10 %), 5) porque el CIS no es fiable (8 %).
La hipótesis que se basa en lo anterior es que los encuestados (es decir, los ciudadanos), por tanto, suelen echar las culpas principalmente a la Jerarquía (se supone que a los obispos) por esta mala imagen tan generalizada. Ya sé que es muy fácil coger un chivo expiatorio y descargar sobre él nuestras propias responsabilidades y culpas. Imagino que algo habremos hecho mal el resto de los católicos, porque no es posible una realidad tan en blanco y negro. Pero muchos dedos o bocas apuntan hacia los obispos. ¿Qué han hecho ellos para que la opinión pública los vea de esta forma? Pues, por simplificar algo el tema, lo que han hecho es hablar y actuar. Y, por consiguiente, es posible que a muchos no les guste ni lo que dicen ni lo que hacen. Bien es verdad que todo eso está mediatizado por los medios de comunicación y cada uno de ellos está condicionado por su propia ideología, ya sea de derechas o de izquierdas, de modo que, según su orientación, destacan unos aspectos u otros, los presentan de modo positivo o negativo, magnifican o acallan. Todo lo cual influye, claro está, en los lectores, oyentes o televidentes.
Y, al mismo tiempo, igualmente es cierto que también la Iglesia, o mejor, también la Jerarquía, tiene sus propios medios de difusión y su política informativa, toma sus propias opciones, sale o no sale a la calle, se manifiesta o no, se deja fotografiar o busca la foto, e incluso cada obispo tiene su propia ideología que le hace coincidir más con unos que con otros, sean partidos o movimientos ciudadanos, o que les hace estar más cerca de algunos de sus colegas que de otros, hasta el punto de que no parece exagerado decir que existen tendencias entre los mismos obispos no siempre coincidentes, especialmente en los temas opinables (que son casi todos).
Lo cierto es que lo que más suele destacarse es la toma de postura de los obispos con respecto a cuestiones tales como la enseñanza de la religión en la escuela, la financiación de la Iglesia (y, en concreto, especialmente del clero, obispos y curas incluidos), la prohibición de medios "no naturales" en las relaciones sexuales, la oposición a los nuevos pasos en las técnicas de concepción de la vida, el rechazo a posturas bioéticas no coincidentes con las que ellos por lo general mantienen, la condena como asesinato de cualquier aborto sin tener en cuenta las circunstancias, el "escándalo" de la condena al uso del preservativo para prevenir enfermedades tan terribles como el SIDA que causa una situación tan grave en continentes enteros como África, sus posturas políticas que se ven normalmente como coincidentes con las de la derecha, y en concreto con las del PP, la negación del acceso de la mujer al sacerdocio, la "ocultación" de los casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes, etc. Y, además, a mucha gente hace daño o irrita el "tono" en el que se hace: con la pretensión de ser los únicos y auténticos intérpretes de una supuesta "ley natural" inmodificable y fría, con el tono de detentadores de la verdad, de voceros de la única verdad posible, una verdad que va de arriba abajo y que es opuesta a cualquier tipo de debate por quienes "sufren" sus consecuencias. Es el tono de quienes parecen presentarse como los únicos legitimados para hablar de moral. No entro en afirmar que esto sea las más de las veces así, pero así es percibido por muchas personas.
Mucha gente piensa que los obispos se están pasando de la raya en el aspecto político, es decir, que parece que no quieren aceptar que la época del nacionalcatolicismo en que ellos tenían un papel decisivo para imponer la moral y las costumbres ya pasó a la historia. Que se están pasando también en el aspecto sexual, ya que muchos opinan que se trata de cuestiones privadas en las que no deberían meterse como lo hacen, de forma imperativa, siendo además célibes y, por consiguiente, se supone que no expertos en relaciones sexuales o conyugales. Y opinan que se están pasando en el terreno cultural, con su lucha por mantener una "catequesis" en la escuela para los hijos de sus "fieles", con lo cual impiden que haya una enseñanza de la religión para todos, enseñanza que sería muy necesaria para una formación cultural que se precie de serlo. E incluso que se están pasando en el terreno económico, tratando de "sacar" dinero al Estado, o mejor, a todos los españoles, justificándolo con sus méritos en labor humanitaria, lo cual no está muy en consonancia con la gratuidad evangélica de quien afirma que da su vida por los demás sin esperar cobrar por ello. Mucha preocupación hacia dentro, hacia sus intereses particulares, mientras que no se les ve la misma cuando se trata de defender los derechos de los más desfavorecidos, a los que "ayudan" pero con quienes no se ve tan claramente que se "solidaricen".
¡Qué triste sería que ante estas críticas se respondiera con un tópico "ladran, luego cabalgamos"! ¡Qué triste me parece cuando algunos hablan de persecución contra la Iglesia!, aunque tampoco hay que chuparse el dedo y no captar actitudes anticlericales en ciertas minorías con influencia cultural. No vale decir que el Evangelio siempre va a la contra y que, por ello, entre en el oficio de evangelizador el ser mal visto por muchos. Hace poco escribí otro editorial en el que trataba de reflejar la mala imagen ligada al poder que de la Iglesia tienen muchos de los pobres y marginados, es decir, de los preferidos por Dios y por Jesucristo que se hizo uno de ellos.
Y con ello llegamos a la cuestión del "poder". Yo creo que la gente sigue viendo a la Iglesia (y en concreto a los obispos) como "poder". Tiene poder económico, piensan, porque se mezcla con demasiada frecuencia en asuntos de dinero; tiene poder político, porque ven a sus dirigentes reuniéndose con las altas instancias del Gobierno (cosa que nunca podrán hacer los pobres) y logrando modificar proyectos de ley; tiene poder "mediático", y ahí está la COPE con sus diatribas y sus insultos, escorada muchas veces en sus programas de opinión hacia posiciones ultras (¿con qué derecho?, desde luego "no en mi nombre").
La "mala imagen" debería hacernos cambiar en una dirección netamente evangélica. ¿No se deberían abandonar tantos signos externos de "poder" para ser realmente creíbles? ¿No debería el obispo abandonar el "palacio" episcopal e irse a vivir a un piso como cualquier hijo de vecino (y, además de que creo que le apetece, viviría más cómodo, más acompañado y con menos líos a la hora de la limpieza)? ¿No deberían abandonarse tantas vestimentas (sotanas, clergymans impecables o pecables y demás capisayos) que hablan de "separación" y no de integración, sobre todo con los más pobres? ¿No debería cambiarse la orientación ideológica de "nuestros" medios de comunicación para que reflejaran el legítimo pluralismo eclesial existente? ¿No deberíamos cambiar talantes para acercarlos más al mundo joven? ¿No deberían hacerse otro tipo de "gestos" más cercanos a la realidad del pueblo (pienso en el Arzobispo Morcillo con el pico en la mano apoyando la construcción de viviendas populares en los años sesenta)? ¿Por qué no parece notarse el rejuvenecimiento que se acaba de experimentar en la edad de los vicarios episcopales? ¿Por qué los obispos no vuelcan todos sus esfuerzos en los problemas reales de la gente más pobre (inmigración, pobreza, hambre, vivienda, trabajo digno, accidentes laborales, malos tratos, ancianos en precario, etc.) en lugar de insistir en otras cuestiones más propias de otras clases sociales o meterse de lleno en política pura y dura (enseñanza, financiación eclesiástica, unidad de España, etc.)? ¿Por qué eligen como portavoces a personas con un talante y una presencia más bien repelente y que provocan rechazo y ganas de llevarles la contraria por sus ínfulas? ¿Por qué nombran o mantienen a personas de la burguesía, alejadas de la sensibilidad y realidad de los pobres, y con un espíritu como de iluminados y piramidales estrictos, para dirigir organizaciones, como Cáritas? ¿Cómo no reaccionan ante ese tipo de curas jóvenes que parecen más predispuestos a mandar (y a trepar) que a escuchar y a servir, y que tratan de volver hacia atrás, hacia unas "devociones" y prácticas tradicionales que nada tienen que ver con la realidad de la gente actual, que no liberan sino que lían fardos?
Observo que cuando se trata de personas realmente evangélicas (misioneros que exponen su vida por servir a los pobres en países con graves conflictos; obispos que son capaces de renunciar a sus "privilegios" y se van a vivir con los pobres, incluso abandonando en algunos casos su propio cargo episcopal; religiosas que asisten a los desahuciados en barriadas y abandonan cómodos edificios en el centro de la ciudad; sacerdotes promotores de vecindad en sus barrios y de obras sociales; laicos que, tras una jornada de trabajo, dan su tiempo y energías en las más diversas causas, etc.), cuando se trata de esas personas, repito, el personal reconoce sus méritos y las quiere (aunque a los "poderosos" no les agrade demasiado su actuación). Por ahí tiene que ir el "cambio de imagen". Cambio que no puede limitarse a la cosmética sino a la esencia, al talante, a la vida que debe caracterizar a los seguidores del nazareno.
Pepe Nerín
9.12.2006