DE ASCENSOS Y RUMORES

 

            Estaba yo dándole vueltas a la imaginación tratando de pergeñar un nuevo editorial (“no hago otra cosa que pensar en ti y no se me ocurre nada”) cuando me topo con el nombramiento del cardenal Cañizares como responsable de un Dicasterio romano y la posibilidad de que nuestro Arzobispo Ureña sea su sustituto en la sede primada, convirtiéndose en candidato al cardenalato que tradicionalmente acompaña al obispo de esta sede; al mismo tiempo se avanza que los rumores apuntan al obispo de Huesca como nuevo arzobispo de Zaragoza.

 

            Lo del cardenal era algo que “sonaba” desde hacía mucho tiempo, destacándose su sintonía con el actual Papa (“el pequeño Ratzinger” es llamado, e incluso parece que el mismo Sumo Pontífice ha hecho suyo este sobrenombre). La marcha de nuestro Arzobispo no se esperaba para tan pronto, habida cuenta, además, de su convalecencia tras la delicada operación de corazón. La venida de Jesús Sanz a Zaragoza ha hecho cundir cierta alarma dado su historial “militante” en las diócesis de Huesca y Jaca.

 

            Razones habrá para toda esta “movida”. Entre ellas se suele mencionar el poder del cardenal de Madrid, actual presidente de la Conferencia Episcopal Española, que influye decisivamente en los nombramientos episcopales, tratando de “promocionar” a los de una determinada línea coincidente con la suya. El pueblo fiel, incluido el clero municipal y espeso entre el que me cuento, estamos a verlas venir, sin tener arte ni parte, como si jugáramos en una lotería esperando que nos toque el “gordo”, lo cual, ya se sabe, es muy difícil que ocurra. Nos da la impresión de que en estos “juegos de poder” eclesiásticos las cartas están marcadas y punto. Que el que tiene padrinos se bautiza, lo cual no quiere decir que todo el mundo no tenga sus “méritos”. Pero unos más que otros. Hay nombres que nunca “suenan” y algunos que mejor ni mentarlos. ¿Se tiene en cuenta la labor pastoral desarrollada, las cualidades de servidor del pueblo de Dios, la vivencia de las bienaventuranzas, o se trata de razones de una determinada política eclesial? No lo sabemos porque tampoco se nos lo explica con la suficiente claridad. Seguimos siendo infantes.

 

            Por lo pronto vamos a tener a un “duro” al frente del ministerio vaticano que “supervisa” y decide en materia de culto, lo cual hace suponer que no vienen buenos tiempos para fomentar la creatividad litúrgica tan necesaria adecuando las celebraciones a las nuevas sensibilidades y actualizando las “formas” para que la vivencia sea mejor. Con todo, ya estamos acostumbrados a no recibir precisamente impulsos renovadores.

 

            La presencia de monseñor Ureña entre nosotros, si se hacen realidad los rumores, va a resultar de corta duración (unos 4 años), la cual contrasta con los cerca de 30 que estuvo su predecesor Elías Yanes. Poco tiempo para recorrer al menos todas las parroquias (a la nuestra no ha acudido todavía pese a las diversas invitaciones que se le han hecho) y para hacerlo “nuestro” si lo hubiéramos tenido cercano y nos hubiera transmitido in situ sus ánimos pastorales. Vino como un huracán, desplegando una gran actividad en los tres primeros meses, y parece que se va a ir deprisa de hombre aficionado a la velocidad. No nos ha dado tiempo a “saborearlo” y quererlo más, pero parece que otros aprecian su “sabor”, bastante más que el de D. Elías a quien limitaron a Zaragoza y no lo consideraron digno de empresas más “altas”.

 

            La posibilidad de que el actual obispo de Huesca sea nuestro nuevo arzobispo causa preocupación dados sus conocidos hábitos autócratas, su línea abiertamente escorada hacia posiciones duras y sus declaraciones públicas no precisamente apaciguadoras. Con todo, suena para tantos puestos a la vez (entre ellos también era citado como posible secretario de la Conferencia Episcopal, aunque al final repitió Camino) que su “candidatura” parece servir lo mismo para un roto que para un descosido, me imagino que muy a su pesar.

 

            Toda esta movida de nombramientos, todos estos rumores, todos los que gozan de información privilegiada sobre estos asuntos, no tendrían mucha razón de ser si se tomara en serio la corresponsabilidad eclesial y todos (no sólo unos pocos) pudiéramos participar en la toma de decisiones, incluida la del nombramiento de obispos, ya que lo que a todos afecta debe poder ser tratado por todos, y ¡ya lo creo que nos afecta el nombramiento de uno u otro, de una línea o de otra! Parece, sin embargo, que estamos muy lejos de esa opción que fue la normal en los primeros siglos del Cristianismo. Que esta Navidad, en la que Dios viene a nuestro encuentro, nos renueve a todos, que falta que hace.

 

Pepe Nerín

10.12.2008