SI NO DEBATIMOS, ESTAMOS PERDIDOS
No es posible una Iglesia viva y dinámica si no se da en ella una potente opinión pública, si no se lleva a cabo constantemente un enriquecedor debate de ideas. En estos momentos en que los retos que se nos presentan son abundantes, y en gran medida dramáticos, necesitamos sentarnos en torno a una mesa para afrontar la salida a tantas cuestiones como se nos han planteado.
Durante estas últimas semanas he venido enumerando una serie de propuestas para tratar de solucionar los callejones sin salida en que nos hemos ido encerrando. Hoy vuelvo a insistir en ellas, pero partiendo de una situación previa: la necesidad de debatir. Desgraciadamente no hay visos de que desde las máximas responsabilidades de nuestra Diócesis se propicie este debate. Más bien llevamos mucho tiempo asistiendo al fenómeno contrario: se evita entrar en "cuestiones disputadas", se prefiere someter la inteligencia a las decisiones tantas veces cerradas y restrictivas de Roma, se propicia la llamada "balsa de aceite", se opta por el cumplimiento literal de las normas, se trata de dar una de cal y otra de arena para contentar al personal, y todo ello en un plan suave, sin levantar la voz, sin necesidad de tener que llamar a nadie al orden, con guante blanco. Y esta actitud ha venido contagiando todas nuestras estructuras, desde la curia a las parroquias, pasando por instancias intermedias como pueden ser Cáritas o las Delegaciones Diocesanas en general.
Hay una desconcertante "pobreza" de ideas o, tal vez peor, carencia de ellas. Por eso, quizás, se evita el debate: para no mostrar la galopante debilidad intelectual. No hay estímulos para que afloren las tímidas ideas que puedan existir. No se fomenta una opinión pública adulta, tal vez porque ello podría provocar incomodidades, siendo más cómodo mantener al pueblo fiel en la minoría de edad. Si en alguna ocasión parece que se quieren afrontar cuestiones de cierta importancia, suelen limitarse por lo general a temas relacionados con el clero (salud, distribución del mismo, etc.) y su tratamiento se convierte más bien en un ejercicio de entretenimiento ya que no suele adoptarse ninguna medida tendente a solucionar lo planteado, o se formula como necesidad de formación, convirtiendo la Diócesis en una gran aula no de debate sino de aprendizaje de las lecciones que nos dan los que ya saben.
Hay que coger el toro por los cuernos. No podemos dejar pasar más el tiempo. No podemos estar en situación prolongada de "fin de reinado o de pontificado". Los problemas no nos los va a solucionar el tiempo ni Dios se comporta como un "tapaagujeros". La realidad es terca y recalcitrante, y se venga si no se la afronta. Por decreto no se solucionan los problemas sino trabajando duro y con imaginación. Se está colocando a la Diócesis en situación de espera de la jubilación, como siguiendo la estela de sus dirigentes. El envejecimiento, el cansancio, la renuncia a ir más allá, nos están consumiendo. Y, junto a ello, la juventud se ha montado su vida prescindiendo de la Iglesia: el espectacular hundimiento de la Pastoral Juvenil en los últimos años es tan sólo uno de sus indicadores.
Pepe Nerín