DECÁLOGO PARA CREYENTES
Ser creyente es entregarse confiadamente a Dios Padre, sabiendo que la fe es una cuestión más de amor que de conocimiento, más una opción de riesgo que de saber.
Pero, al mismo tiempo, el creyente trata de formarse e informarse sobre las cuestiones de fe y hacerlo con espíritu crítico, sabiendo que la fe no está libre de oscuridades y que, por tanto, debe ser dialogante y abierta.
El creyente necesita experimentar a Dios, vivir su presencia en la realidad de cada día, y ayudar a otros a experimentarlo siendo testigos del profundo Misterio de Dios en medio de la vida cotidiana.
La persona es lo sagrado para el cristiano, especialmente la persona del pobre, del débil, del excluido. Ser creyente pasa por intentar humanizar, denunciar la inhumanidad, defender al pobre, porque Jesús clama desde la realidad sufriente del otro.
Somos nosotros los responsables de la creación y de que el plan de Dios se lleve a cabo. Por eso necesitamos una espiritualidad en-carnada en este mundo emancipado y mayor de edad.
La tierra y la naturaleza son hermanas nuestras y a través de ellas también nos acercamos al Misterio y experimentamos a Dios.
Nos preocupan las personas individuales pero también el cambio de estructuras. Nuestra fe, por consiguiente, tiene su lado político. Necesitamos unir oración y política, Abba y Reino, fe y justicia.
No somos creyentes aislados sino unidos a otros. Necesitamos querernos, reunirnos, compartir nuestra vida y nuestra fe, ser juntos testigos de Jesucristo. Y, al mismo tiempo, necesitamos ser libres, llevados por el Espíritu, evitando encerrarnos.
Somos creyentes que celebramos juntos nuestra fe y nuestra vida. Y queremos hacerlo con alegría de fiesta, a pesar del dolor que tantas veces nos envuelve.
Somos creyentes que queremos afrontar los retos que nos presenta la situación actual, abandonando los miedos que paralizan el ánimo.