Déjenme disentir (1).
No sé si recuerdan ustedes la historia de aquel rey de un país de cuento al que todo el mundo tenía que aplaudir en sus acciones aunque éstas fueran dignas de risa o de ignominia.
El rey en cuestión contrató a un sastre afamado y le dijo que le hiciera el traje mejor del mundo, el más suntuoso, el mejor. Un traje del que todo el mundo hablara.
El sastre, con más miedo que alma, y conociendo el afán de vanagloria de su majestad le hizo un traje “invisible”. Le dijo al rey que sería un traje muy especial porque sólo los inteligentes podían verlo, mientras que los tontos no lo podrían hacer. Cada día acudía el sastre a palacio y le tomaba medidas al rey a la vez que le comentaba lo hermoso que estaba quedando, la belleza de las telas y lo precioso de los bordados. El rey estaba atónito, veía cómo el sastre movía las manos, hacía el gesto de marcar de cortar, de coser…en el vacío. No había tijeras, ni telas, ni aguja…Pero sus majestad no se atrevía a decir nada, no quería aparecer como un tonto incapaz de ver tanta belleza.
Por fin, acabada la obra, el rey salió a lucir su traje. Toda la corte estaba a la expectativa. Cuál fue la sorpresa de los vasallos cuando vieron al rey aparecer llevando sólo unos calzoncillos. Miraban a su majestad con aquella facha pero, temerosos de disentir, aplaudían a rabiar comentando lo guapo que estaba. Fue un crío el que, al cabo de un buen rato, dijo en voz alta que el rey casi estaba en pelotas. Entonces estallaron todos en una carcajada sonora.
Les recuerdo este cuento para explicarles que da la sensación de que ahora, hagan lo que hagan algunos mandatarios, hay que aplaudir todo aunque uno disienta. Hace unos días, por ejemplo, en Madrid, una gran manifestación convocada por algunos eclesiásticos de peso, atacó al gobierno culpándole de las situaciones familiares terribles que parece que se viven en nuestro país. Por otra parte, proclamaban que sólo la familia tradicional tenía categoría moral. Todos aplaudían y hasta hubo quien se aprestó a los pocos días a decir que en un futuro, si su grupo llegaba al poder, harían un ministerio de la familia. Daba la sensación de que todo el que fuera cristiano debía aplaudir.
Pues
miren, qué quieren que les diga, que yo soy cristiano y amo profundamente a
Por otra parte, creo que estamos asistiendo a la irrupción de otros modos de familia que me parecen muy respetables. Cuando se condenan esos estilos familiares se corre el riesgo de condenar a personas concretas que, por su situación, ya han tenido que vivir exclusiones dolorosas: homosexuales, madres solteras, personas extranjeras con otra concepción familiar, divorciados que rehacen la vida con otro cónyuge, personas que conviven sin estar casadas, parejas de hecho…
En los países de otras latitudes, los misioneros y misioneras están habitualmente con otros modelos de familia, les tratan con un respeto extraordinario y nunca les condenan a la primera de cambio. Nadie se escandaliza por ello.
Estoy
de acuerdo con que las familias viven una situación difícil en la actualidad,
pero el tufillo que se respira tras estas manifestaciones no me acaba de
gustar. Tampoco me gusta que haya un
intento por parte de algunos de hacer que ésa sea la única voz de
Josan Montull