DÉJENME DISENTIR (2)

 

            ¿Recuerdan ustedes la vida de Moisés? Aparece en el segundo libro de la Biblia, el Éxodo. Cuenta la historia de un pueblo oprimido, esclavizado y destruido que, a pesar de todas las calamidades, había puesto su confianza en Dios. Un día, el mismo Dios que oía los gritos de dolor de los pobres oprimidos, alentó a Moisés para que se jugara el pellejo dando la cara por el pueblo ante el faraón, hasta que éste, harto de la tenacidad de Moisés, les dio la libertad.

 

            Alborozado, salió el pueblo de la esclavitud a un éxodo buscando otras tierras. No les fue fácil. Saborear la libertad en el desierto les llevó incluso a desafiar la naturaleza atravesando parajes difíciles. “Dios nos ha abierto el mar Rojo”, se decían. No daban crédito a sus ojos, por fin eran libres. Tenían ante sí el terrible desierto… pero eran libres. Tenían que buscarse cada día el sustento en un medio hostil… pero eran libres. Ya no eran esclavos… eran un pueblo libre.

 

            Pero he aquí que Moisés se ausenta unos días para ir al encuentro del Dios liberador y dotarse de una legislación que traiga la justicia. Inmediatamente unos aprovechados seducen al pueblo: ¡Qué buenos eran los ajos y cebollas de Egipto!… había que soportar los latigazos, pero nos daba de comer cada día. Ahora somos libres, pero la libertad es difícil.

 

            Cuando Moisés regresó encontró al pueblo adorando en el desierto a un ídolo que ellos mismos se habría construido: un becerro de oro. Menospreciaron al Dios de la libertad y se arrodillaron ante el oro.

 

            Hace pocos días representantes de distintos grupos políticos, con frecuencia sumergidos en conflictos y discusiones baladíes, aparecían sonrientes dándose la mano en la prensa presentando el proyecto Gran Scala. Como en un nuevo Éxodo y en un nuevo desierto, olvidando muchos principios, se ponían de rodillas ante el dios dinero.  

 

            El proyecto prevé 32 casinos, 70 hoteles, 200 restaurantes, grandes lagos artificiales con orcas, delfines, hoteles y restaurantes subacuáticos, 5 parques temáticos, hipódromo, plaza de toros y, cómo no, campos de golf.

 

            Este montaje faraónico, proyectado sin ningún debate social previo, desarrolla valores que, como educador, siempre he combatido: el negocio rápido, el dinero fácil, la ostentación del lujo, el consumo y el despilfarro, la entrega la vida al azar, la idolatrización de la riqueza, el arriesgar la seguridad personal y familiar...

 

            Pretenden instalar en Los Monegros un montaje excepcional que tiene como base el juego. Y esto se hace cuando, por ejemplo, en Inglaterra rechazaron el proyecto de abrir un gran casino en Londres hace un año y durante este 2008 suprimirán más de 6.000 máquinas tragaperras. También en Canadá se está restringiendo el juego. Van a cerrarse 650 de las 2.650 terminales de vídeo para jugar que tienen algunos establecimientos. Han tenido que duplicar este año el presupuesto para tratar la adicción al juego porque cada vez son más los canadienses adictos a los juegos de azar que provocan una problemática enorme.

 

            A mí, qué quieren que les diga, me parece una vergüenza de tomo y lomo,  no quiero un progreso económico a cualquier coste y además me siento engañado de ver cómo se van a hacer presas para la diversión en una comunidad que tiene un grave problema hidrológico. No me cabe en la cabeza que, mientras los partidos mantienen discusiones terribles sobre otros temas, en esto, y desde una opacidad morrocotuda, se hayan puesto de acuerdo casi todos. No acabo de entender que partidos políticos que se llaman obreros jaleen un macroproyecto símbolo del capitalismo más feroz y descarado so pretexto de que va a traer beneficios económicos.

 

            Yo sigo creyendo que no todo vale en el orden económico. Creo que la ética debe presidir escrupulosamente las actividades económicas. Llámenme iluso si quieren, pero no me pidan que aplauda Gran Scala.

 

            Quiero, pues, unir mi voz a la de tantos hombres y mujeres que, desconcertados ante la presentación de este proyecto, manifiestan su disconformidad más rotunda. Por eso, como persona que siempre he defendido un estilo de vida solidario, comprometido con los más humildes y profundamente crítico con los sistemas económicos que generan pobreza económica o moral, déjenme disentir.

 

JOSAN MONTULL