DE LAS
CASAS LLENAS A LOS TEMPLOS VACÍOS
José Mª. Castillo, Religión Digital 19.05.10
Es
sabido que en la Iglesia
primitiva no había templos. Los cristianos se reunían en las casas, ya que la
casa era la estructura base del cristianismo primitivo. Es decir, la Iglesia era la institución
que aglutinaba a las "iglesias domésticas" (R. Aguirre). Esta
situación duró hasta el s. IV, cuando (a partir de Constantino) se construyeron
los primeros templos cristianos. Fue el concilio de Laodicea (del 360 al 370)
el que prohibió la celebración de las eucaristías domésticas. Hasta entonces, o
sea durante tres siglos la
Iglesia no tuvo templos, es decir, no tuvo espacios sagrados.
Porque "lo sagrado", para la Iglesia de aquellos tiempos, no estaba en
determinados edificios o locales concretos, sino que lo sagrado eran "las
personas". Vale la pena explicar esto. Y sacar las debidas consecuencias.
Por lo
que cuentan los evangelios, Jesús no levantó ningún templo o capilla. Ni
organizó un centro de espiritualidad o una casa de retiros. Jesús fue un laico,
que vivió laicamente, como un profeta itinerante. Un profeta, además, que, como
sabemos, tuvo serios conflictos con el Templo de Jerusalén y sus sacerdotes.
Hasta que aquello terminó trágicamente en la pasión y en la cruz. Después de la Resurrección y de
Pentecostés, el libro de los Hechos cuenta que, cuando mataron al primer mártir,
Esteban, éste, precisamente cuando lo iban a matar, dijo que "el Altísimo
no habita en edificios construidos por hombres" (Hech
7, 48). Y, lo que es más importante, San Pablo afirma con toda claridad que la
morada propia de Dios no está construida por manos de hombres (2 Cor 5, 1). Es más, la carta a los hebreos dice de forma
terminante que el templo "no hecho por manos de hombres" se instaura
a partir de Cristo (Heb 9, 11).
Los
primeros cristianos tenían razones muy serias para decir estas cosas. Aquellos
cristianos no querían templos. El motivo de este rechazo no era económico (no
tenían dinero para tales edificios), ni político (se tenían que ocultar en
tiempos de persecuciones). El motivo por el que rechazaban los templos era
teológico. Porque una de las convicciones más fuertes de la Iglesia de aquellos
primeros siglos cristianos era que el templo de los cristianos es la comunidad
(1 Cor 3, 16-17; Ef 2, 21)
o cada cristiano en particular (1 Cor 6, 19; 2 Cor 6, 16). Lo cual quiere decir, lógicamente, que para los
cristianos (los de entonces y los de ahora) no hay más templo que la comunidad
misma o cada ser humano en concreto. Es decir, el lugar del encuentro con Dios
no es un espacio material (geográfico), sino el espacio humano del encuentro
entre las personas. Donde los humanos se encuentran, se comunican, se unen y
conviven, ahí es donde se encuentra a Dios.
Esta
manera de pensar, tan revolucionaria, duró algún tiempo, no mucho. Sólo aguanto
tres siglos. A partir del momento en que la Iglesia se vio con poder, expresó ese poder
(entre otras cosas) en los edificios, es decir, levantando iglesias, templos,
basílicas y capillas. Con lo cual se conseguían varias cosas: 1) A Dios se le
encerraba en el templo, que podía ser grandioso, señal de que quien estaba allí
era el Todopoderoso, pero ya no era el Dios humanizado, al que se le encuentra
entre los humanos y humanizándose. Una cosa que ha sido fatal. Porque así los
cristianos descargamos las conciencias acudiendo un rato al templo, mientras
que en la calle, en la casa, en el trabajo..., nos portamos como si Dios no
existiese. El respeto se guarda en el templo, lo que hace más tolerables las
frecuentes faltas de respeto que cometemos en la convivencia a todas horas y en
todas partes. Nos espanta la profanación de un templo. Y no nos impresionan las
constantes profanaciones de toda clase de personas que cometemos, incluso con
la conciencia tranquila del que hace "lo que tiene que hacer". 2) Es
más fácil construir un templo que construir una comunidad. Se maneja mejor el
ladrillo que la convivencia. Y así nos encontramos ahora con muchos templos y
tan pocas comunidades. Enseñamos monumentos, pero no podemos enseñar grupos
humanos que se quieren y en los que no hay secretos que ocultar. 3) Los templos
suelen dar un buen rendimiento económico. Cosa que se sabe desde que se
empezaron a levantar templos. Uno de los favores que Constantino le hizo a la Iglesia fue la concesión
de recibir herencias y legados, cosa de la que da cuenta el Código de
Teodosio (CTh. 16. 2. 4 = CJ 1.2.1, del 321).
Así se abrió la puerta al enriquecimiento de la Iglesia mediante las
enormes donaciones de la gente rica, que dejaba sus bienes al templo y así se
moría en paz, tal como lo explica el reciente y magnífico estudio del Prof. Ennio Cortese, en su estudio
sobre las grandes líneas de la Historia Jurídica Medieval (Roma, 2008).
Uno de
los muchos problemas que la
Iglesia tiene que afrontar es éste: ¿Creemos en el Dios que
hemos encerrado en los templos o creemos en el Dios que está en cada ser
humano? He aquí dos modelos de Iglesia, que desencadenan dos formas de entender
el cristianismo y la fe en Jesús el Señor.