DE NUEVO EN CASA

 

            Me operaron el lunes 26 de octubre y ayer, domingo de Todos los Santos, lograron deshacerse de mí los médicos, los cuales ya me invitaron a marcharme un día antes. Señal de buena recuperación, sin duda. Gracias a Dios no ha habido ningún contratiempo, tras una larga operación casi artesanal para reparar mis tripas. Aunque estoy flojo, claro, pero muy bien tratado tanto en el hospital como ahora en mi domicilio. Tendré que llevar “bolsa” durante un tiempo, pero al final me intervendrán de nuevo para “normalizarme”. Cuestión de tiempo y de paciencia, de aprender a convivir con mis nuevas circunstancias, sin prisas, saboreando un ritmo distinto, asumiendo mi dependencia. Ya se sabe.

 

            No voy a escribir nuevas crónicas hospitalarias tras las que redacté a raiz de mi primer ingreso a finales de junio, pero sí a sacar algunas consecuencias aprendiendo de mi experiencia como enfermo e incluso de mis errores. Y aquí las comparto con vosotros:

 

- Es bueno asumir que la enfermedad forma parte de la vida y que puede aparecer en cualquier momento aunque nos encontremos en plena forma. Y esto no para amargarnos la fiesta sino para hacernos más humanos, para comprender que no somos dioses, que la debilidad forma parte de nuestro ser, para no olvidarnos de que en estos mismos momentos los hospitales están llenos de personas que no lo pasan precisamente bien y que son al mismo tiempo hermanos nuestros. Se comprende mejor que Jesús estuviera siempre junto a los enfermos, pues de lo contrario no hubiera podido mostrarnos que a través de la humanidad llevada hasta el fondo podemos llegar a ese Dios que se encuentra en lo más íntimo de nosotros mismos.

 

- Hay que quitarle dramatismo al tema. Si es algo “normal” no hay que echarse las manos a la cabeza cuando sobreviene. Y mucho menos pensar o quejarnos de ¿por qué a mí? Pues porque entra dentro de lo normal que nos pongamos enfermos, y eso se aplica tanto para todo el mundo como para mí. Lo que no vale es cerrar los ojos, tratar de vivir la eterna juventud, valorar sólo lo saludable. Ni tampoco dejar pasar el tiempo confiando en que el cuerpo se arregle por sí solo, o pensando que se trataba de otra cosa más benigna como en parte he hecho yo. Contemplar a mi vecino tumbado en su cama, entubado, con su aire triste que espera mejoras que tardan en llegar es toda una lección de humanidad y de divinidad, una clase de teología y de sociología. Y es que no hay divinidad donde no hay humanidad plenamente asumida.

 

- A mí me llegó la serenidad en cuanto fui capaz de afrontar el problema en verdad y sin tapujos. Tengo la suerte de ser bastante racional y “racionalicé” mi situación. No hay que escaparse. ¿Que había que pasar por una colonoscopia?, pues se pasa. Luego resulta que es una cosa la mar de sencilla y de la que ni te enteras, aunque tengas que pegarte una mañana con la “purga Benito”. ¿Que hay que ingresar en el hospital?, pues se ingresa y se deja a los médicos y personal sanitario hacer su trabajo. ¿Que hay que pasar por una operación?, pues allá vamos. Que luego resulta que tampoco te enteras porque te duermen divinamente. Y además no experimentas dolor, más allá de lo que puede doler, ¡fíjate!, un simple pinchazo y para el que además te previenen que te va a doler un poco; luego resulta que tampoco duele nada. En definitiva: no hay que huir del problema tapándote los ojos o acongojándote, porque eso no sirve para nada y te mortifica. No digo que fui a operarme contento y alegre; pero reconozco que no fui preocupado, ni con miedo ni dándole vueltas al coco. No había que darle vueltas: era la única salida si quería curarme.

 

- En el hospital te tratan de maravilla y no tienes que preocuparte de nada. Déjate hacer, que ellos son profesionales y saben lo que hacen. Desarrolla tu confianza en los demás. Y confía en tu recuperación, para lo cual ponte en plan positivo, aunque yo reconozco que a mí no me daba por ponerme a pensar y todo eso, aunque tuviera todo el tiempo del mundo. Me dejaba llevar y con optimismo. Dicen que eso ayuda a curarte. Yo creo lo mismo. A mí me ha funcionado.

 

- Estar cableado y sondado por todas partes no debe impresionarte. Por otra parte es muy cómodo no tener que ir al baño a desalojar: las máquinas lo hacen por ti. Estupendo. Luego cada día te iban desconectando algo y era como dar un nuevo paso hacia la normalidad. Ahora sí: he tenido que aprender a dormir tumbado rostro arriba. Bueno, pues se aprende sin darte cuenta. Y dormía de tirón toda la noche gracias a los calmantes, aunque con los despertares inevitables cuando venían las enfermeras por la noche para ver cómo estabas. Es verdad que al cabo de dos o tres días de estar en la misma posición me entraron dudas acerca de si podría resistirlo, pero las superé y pronto empezaron a sentarme en una silla con lo que la cosa cambió radicalmente.

 

- No he tenido dolores (te dan calmantes) aunque sí los inevitables al forzar la posición y notar que te tiran los puntos. O tener el culo “planchado” tras pegarme 4 horas sentado en una silla. Y encima antes de operarme me pidieron permiso para inyectarme la “epidural” como a las embarazadas de modo que aún notara menos el dolor. Y fue fantástico tras superar el pinchazo en la espalda hecho con plena delicadeza.

 

- He descubierto los diferentes ritmos que se dan en el hospital. El del enfermo es lento, por lo cual le dan miedo los movimientos rápidos de algunas personas. Y entre los profesionales había una gradación: las auxiliares (beneméritas) van a toda pastilla porque no son muchas y les falta tiempo. Cuando ves que se abalanzan sobre ti, por ejemplo para lavarte o hacerte la cama, te echas a temblar. Para mí era el peor momento del día y cogí algún cabreo. Pero son buena gente. Las enfermeras/os tienen un ritmo mucho más pausado y se acomodan mucho a las necesidades del paciente tratándole con cariño. Y luego está el equipo médico que pasa una vez al día sin prisas pero, en mi caso, casi como de “visita de médico”, una ojeada y a seguir.

 

- En cuanto a quienes visitan enfermos los hay de todos los tipos. Unos se te acercan demasiado pretendiendo besarte y a los que hay que “marcar” territorio para que no lo sobrepasen. Los hay movidos y dominantes, casi dándote órdenes de cómo tienes que comportarte, pero son los menos. Normalmente suelen venir a verte con suavidad, sin ganas de importunarte te traen su cariño y el de más personas. Yo agradecía las visitas, aunque llegaba a cansarme si alguna se prolongaba. El viernes, sobre todo, acabé agotado dada la cantidad que vinieron y las llamadas de teléfono, teniendo que explicar mi historia hospitalaria multitud de veces. Pero, repito, agradezco las visitas y las llamadas de teléfono. El sábado apenas tuve y las eché en falta, aburriéndome un tanto.

 

- Y a mí me ha facilitado las cosas detectar la belleza incluso en los momentos más críticos. Recuerdo cuando me llevaron en la cama al quirófano por innumerables pasillos. Tenía su aquél el ver la realidad desde esa óptica camera, era como un travelling o algo parecido. Pero el momento culminante se produjo cuando me dejaron en la antesala del quirófano, un espacio amplio que se llenó de trabajadores sanitarios que empezaron a moverse en torno a mí, abriéndome vías y cosas por el estilo. Era tal la armonía en sus movimientos que me sentí como en medio de una sinfonía que no necesitaba ni música, de un ballet de ajustados y delicados movimientos. Y aquello terminó en un placentero sueño nada más atravesar la puerta del quirófano. Me perdí el resto. Pero me cuentan que el momento culminante es cuando hace su aparición el cirujano jefe levantando los brazos para que le pongan los guantes y le practiquen las normas de esterilización. Es el último en entrar y todo el resto del personal se queda quieto, expectante, para acogerle. Es como en una ópera cuando va a hacer su primera intervención el tenor reconocido como divo. También me lo perdí, pero mejor pues de lo contrario hubiera tenido que vivir mi operación en vivo y eso ya hubiera sido demasiado para el cuerpo.

 

- Finalmente, no conviene centrarte en tus propios males sino sentir curiosidad cariñosa por el vecino de habitación, su familia y sus circunstancias. Estar enfermo no es querer que el mundo se centre en tu persona y en tus males. No hay que perder nunca el deseo de conocer, de ir más allá de tu pequeña realidad. De esta forma he llegado a conocer desde la distancia el pueblo de Azuara, en donde vivían todos ellos. Ahora comprendo mejor por qué a una monja como Sta. Teresita del Niño Jesús la hicieron patrona de las misiones de todo el mundo sin haber salido de su convento. A veces el mucho viajar no aporta más conocimiento si tus ojos no se abren a otras realidades, no meramente desde tus intereses sino desde los intereses de los otros. Me han aportado fotos, folletos, hemos comentado variedad de cosas relativas al pueblo, las ventajas que ellos consideran irrenunciables viviendo allí. Con lo cual también relativizas la capital y te das cuenta de que puedes ser feliz en cualquier lugar siempre que tú te sientas en armonía y sepas adecuarte a tus circunstancias.

 

- Doy gracias a todos por el trato, por el interés, por la cercanía, por el cariño, por las múltiples oraciones. Ojalá José Luis, mi vecino de habitación, reciba también lo mismo que yo he recibido. Rezad por él. Y doy gracias a Dios porque me ha sostenido en mi debilidad, me ha dado fortaleza para pasar por lo que hiciera falta, y ha estado junto a mí, igual que Jesús. Gracias.

 

Pepe

2.11.2009