DE PAPANATISMOS

Y SILENCIOS ECLESIALES

 

            En estos tiempos en que necesitaríamos estimular y desarrollar nuestra creatividad, especialmente en el campo eclesial, nos encontramos normalmente con todo lo contrario: desde “arriba” se nos conmina a la obediencia, esto es, a repetir sin rechistar lo que se nos dice y se nos manda, a no hacernos preguntas más allá de lo ordenado, a reprimir cualquier atisbo de originalidad. A los religiosos se les ha exigido recientemente obediencia ante todo. Leo que incluso se ha excomulgado al cura de una parroquia yanki por sus intentos de independencia económica, no muy bien especificados en el órgano informativo en cuestión.

 

            O sea que, olvidándonos de la célebre frase de Chesterton: “Cuando entro en una iglesia se me dice que me quite el sombrero, no la cabeza”, para evitarte problemas lo mejor es hacer lo que hace el jefe o repetir lo que él dice, ser un clon. Los subordinados lo saben y actúan en consecuencia. Me acuerdo de ello, por ejemplo, cuando asisto a alguna concelebración presidida por nuestro actual arzobispo. A diferencia de su predecesor, que siempre rezaba la plegaria eucarística 3ª y no sé bien por qué razón, el actual únicamente sigue la plegaria 1ª, la preconciliar, la única que existía y se rezaba antes del Vaticano II, reflejando, por consiguiente, una teología más acorde con la de aquellos tiempos que fue superada por la reflexión teológica del último Concilio. Pues bien, lo que me asombra no es sólo la mencionada actitud del prelado sino sobre todo la de sus acompañantes, los cuales cumplen rigurosamente con todos los movimientos rituales, mimetizándose con su obispo y señor, al igual que se hacía en las mejores cortes palaciegas, como si la estuvieran utilizando todos los días, faltaría más, que si al arzobispo le gusta ésta pues a nosotros lo mismo para tenerle contento.

 

            Todo ello tiene un aire de papanatismo que se la pisa, entendiendo por tal la actitud consistente en imitar al superior o a las corrientes dominantes, prescindiendo de nuestra cultura y de nuestros gustos. Es la actitud de quienes, por ejemplo, dado que el idioma inglés es el predominante, no dudan en intercalar en su conversación, o en cuanto escriben, términos anglosajones, o lo pronuncian todo según las reglas de este idioma aunque se trate de palabras propias de otras lenguas. El paradigma de ello es el comentarista deportivo, incluidos todos aquéllos a quienes se les llena la boca constantemente al referirse a tal tenista como número 1 mundial, tratándose, eso sí, de un extranjero. Seguro que como desde arriba insistan sobre el uso del latín volveremos a oir latinajos en boca de muchos eclesiásticos. Es el papanatismo de los que hacen propaganda gratis a cualquier película norteamericana que viene a nuestras pantallas con un fuerte desembolso de gastos promocionales, aunque la tal película sea un bodrio. Es el papanatismo de alabar cualquier cosa que haya dicho Roma o el superior de turno, sobre todo si se trata del Papa, actitud que en la mayoría de las ocasiones se confunde con la del culto a la personalidad. Es la actitud de los que evitan referirse al pastor como al "arzobispo” y suelen citarlo como “D. Manuel”. Es la actitud de quienes procuran utilizar una vestimenta que no ponga nerviosa a la ortodoxia dominante, convirtiendo el color negro, color tradicionalmente elegante e incluso posmodernista, en un color de casta cerrada obligatorio para quien tiene aspiraciones de hacer carrera o estar bien considerado en las alturas.

 

            Y, en línea con todo lo anterior, figura la estrategia del silencio. Frente al bullicio de la democracia que potencia la información frente al rumor propio de las dictaduras (de esto sabemos mucho), que da la palabra a todos frente al monopolio de algunos federicos, en nuestra Iglesia y en nuestra Diócesis se sigue practicando el silencio que oculta los problemas y evita los debates. Mejor callar lo que resulte molesto, mejor no opinar, mejor mirar para otro lado, y en ningún caso tratar cuestiones que en nada agradan a los dirigentes. Mejor que hablen ellos o que se mojen otros, porque en boca cerrada no entran moscas. Y se da la callada por respuesta. Mejor tapar que desvelar, analizar, profundizar, buscar en común. Precisamente estos últimos días se han publicado manifestaciones del Cardenal Martíni quien, a sus 81 años, arremete contra el "terrible carrerismo" clerical, especialmente en la Curia Romana, "donde cada uno quiere ser más". A este respecto, denuncia que con esos objetivos "ciertas cosas no se dicen, ya que se sabe que bloquean la carrera", y eso es -asegura- "un mal malísimo para la Iglesia". Así, según Martini, la verdad brilla por su ausencia, ya que "se intenta decir lo que gusta al superior y se actúa según como cada uno se imagina que gustaría al superior, haciendo de esta manera un flaco servicio al Papa”.

 

            Recuerdo que hace muchos años el superior prefecto de mi Seminario nos recomendaba antes de las vacaciones que no leyéramos nada de teología ya que, a la vuelta de las mismas, los superiores nos darían toda la información en papilla para que pudiéramos asimilarla. Recuerdo la prohibición de que aparecieran en la hoja Iglesia en Zaragoza informaciones relativas al Foro de Cristianos en Búsqueda que un grupo organizamos hace pocos años basando nuestra actuación en debates abiertos sobre cuestiones de actualidad eclesial. Sé de quien ha trabajado durante casi 30 años en un puesto al servicio de la organización diocesana y que, cuando ha dimitido de este cargo por haber sido menospreciado (¡qué horror, alguien que se atreve a dimitir!), ha tenido que marcharse por la puerta de atrás, le han reducido el sueldo como un hecho consumado sin hablar siquiera con él, y sus “superiores” han evitado tratar con él el tema, incluso aunque hayan coincidido y conversado en alguna ocasión, quedando desierta su oficina y olvidado el trabajo desarrollado en ella a lo largo de tantos años.

 

            Y es que aquello de lo que no se habla parece que no existe. Craso error. Acabamos por perder cualidades humanas, detalles de humanidad, no reconocemos la labor de nadie, no somos agradecidos. Pero la realidad existe, está ahí frente a nosotros, nos guste o no. Y sería un error imperdonable dejar pasar el tiempo esperando otros mejores. Me pregunto si nuestros dirigentes diocesanos tienen ideas pastorales adecuadas para afrontar con posibilidades las nuevas situaciones, los nuevos retos. Personalmente pienso que el actual Plan Pastoral no es suficiente y que necesitamos afrontar directamente los graves retos pastorales que tenemos delante de nuestras narices. Pero este último es un tema al que me referiré en el próximo editorial que ya estoy comenzando a redactar.

 

Pepe Nerín

7.6.2008