¿DERECHO A LA VIVIENDA

O DERECHO A LA CALLE?


Leo en el periódico que comprar un piso cuesta el doble que en 1996 y el Banco de España en su boletín económico del mes de septiembre nos avisa de que no hay signos de que este crecimiento de los precios se esté moderando. Viene esto muy a propósito de la Campaña de los Sin Techo que este año va dedicada al problema de la vivienda en este colectivo.

Con todo, los números, a pesar de su fuerza, no consiguen transmitirnos lo que esto supone para personas desarraigadas, sin recursos propios y sin un hogar al que acogerse. Es más, los cristianos no podemos quedarnos en los análisis técnicos, ni tan siquiera en compadecer desde lejos a quienes más sufren este problema. Es preciso que intentemos ver la realidad con ojos parecidos a los suyos (no digo iguales porque es prácticamente imposible dado el diferente nivel en que nos movemos). Es preciso que intentemos captar su visión de las cosas para, de esta forma, sentir algo semejante a lo que ellos puedan sentir. Y adquirir la costumbre, ante éste o ante cualquier problema, de preguntarnos: ¿en qué medida afecta esto a los pobres, a los marginados, a los desarraigados, a los carentes de recursos económicos, a los que no tienen un techo ni un hogar?, ¿cómo ven ellos esta situación?, ¿qué soluciones atisban?

Recientemente he compartido mesa en una tertulia sobre la cuestión de la vivienda en la Granja de Transeúntes Torre Virreina. A pesar de lo que afirma el artículo 47 de la Constitución Española de 1978 ("Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada"), la realidad no tiene nada que ver con eso. Me comentan los residentes en la Granja que "ahora en las circunstancias en que está el nivel de vida es muy difícil alquilar o comprar un piso. Alquilarlo te cuesta una media de unos 3.000 euros. Para empezar a alquilarlo te piden dos meses de fianza o tres, un alquiler adelantado, el contrato a cuenta tuya, todo a cuenta del inquilino, del que alquila, porque el propietario no pone nada, ni el sello del estanco para el contrato. Hace falta mucha cantidad de dinero para empezar. Y claro, ¿qué pasa?, pues que con los medios de que disponemos tienes que ir a una pensión y también son caras. ¿Y qué hace la gente? Pues compartir pisos. Y no es fácil compartir un piso porque cada uno tiene sus ideas, hay que limpiar y uno limpia mucho y otro nada, los platos en el fregadero… Entre los que viven juntos siempre hay problemas. O uno que luego no tiene dinero para pagar… Porque, además, el alquiler va a nombre de uno, no de los tres. Y el tío que está viviendo ahí te pide dos meses por adelantado para no quedarse él entrampado por si acaso te vas o lo que sea". Y siguen comentando: "Si vas jodidillo de pasta y coges un piso que esté amueblado, pues necesitas dinero y las inmobiliarias no se pillan los dedos. Necesitas bastante dinero. Necesitas que el piso esté amueblado para vivir más o menos en condiciones. Yo también soy de los que prefiero tener un piso para mí, porque siempre puede haber problemas con otros si lo compartes. Pero a causa de tus limitaciones tienes que hacerte a lo que hay, a estar en una pensión en donde tienes una habitación sin más, derecho a usar el baño, mal porque parece que estés en una celda. Por otra parte, las pensiones no son nada baratas".

No olvidemos que éstas son afirmaciones de personas que están terminando su preparación para la reinserción, han recibido cursillos de reciclaje profesional y ayuda de monitores de Cáritas. Si bajamos hacia los que malviven por la calle, mendigan pertrechados por su propia picaresca o arrastran su precaria salud por diversos centros, las barreras para acceder a una vivienda se convierten en auténticos muros infranqueables. Habrá que recordar a quien corresponda lo que también afirma el mencionado artículo 47 de la Constitución: "Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho [a la vivienda digna]".

Pepe Nerín