DESCONCERTADOS
Así parecen
estar los principales responsables de la Ciudad del Vaticano respecto al escándalo de los
abusos sexuales del clero. Vuelvo a escribir sobre el tema porque tras una reciente
y corta fase pomposa y mediáticamente llamada de
“tolerancia cero”, contrapuesta precisamente a la del “ocultamiento” de los
casos, se ha pasado a una “victimización”, considerándose nuestros jerarcas
como víctimas, fruto de una campaña internacional de desprestigio, dejando en
la estacada precisamente a quienes son y han sido las auténticas víctimas: los
chavales que han sufrido las vejaciones por parte de clérigos sin escrúpulos.
¡Qué usurpación más escandalosa! ¡Qué estrategia más equivocada y desgraciada!
Esta línea de
“defensa” se está aplicando especialmente a la tarea de “salvar” al actual Papa
de las responsabilidades que le son achacadas desde diferentes medios de
comunicación, a saber, que no sólo los obispos trataron de ocultar los casos
sino que el mismo Papa, siendo obispo de Múnich y más
tarde Prefecto de la
Congregación de la
Fe, tapó los hechos y firmó traslados de curas pedófilos a
otras parroquias en lugar de poner lo acaecido en conocimiento de las
autoridades judiciales civiles o impulsó documentos reservando estos casos a la
suprema autoridad eclesiástica amenazando con la excomunión a quienes los
hicieran públicos. El mismo Papa da pábulo a pensar lo peor cuando, tras emitir
un vibrante comunicado reconociendo los hechos ocurridos en Irlanda (no en
otros países, curiosamente, entre ellos su propio país natal Alemania) y
pidiendo perdón para la
Iglesia en general, ha dejado caer que hay que condenar el
delito pero ser comprensivo con el delincuente o que no hay que dejarse
contaminar por “murmuraciones” aireadas públicamente. En la mente de muchos
parece abrirse paso la idea de que el Papa está más cerca (comprensivo) de los
curas pecadores y delincuentes que de las víctimas reales de tales
monstruosidades, y que nuestros jerarcas parecen encerrarse en su caparazón autodefensivo de siempre para no asumir sus
responsabilidades. Y hay quien piensa que qué diferencia hay entre los
políticos que echan la culpa de todo a sus subordinados (el caso del expresidente balear Jaime Matas o del mismo portavoz de
defensa del PP, el exministro Federico Trillo, en el caso de la catástrofe
aérea en la que murieron tantos militares españoles) y el Papa que pone verde a
los obispos irlandeses pero no quiere hablar de sus propias responsabilidades
antes mencionadas. Y es que la “victoria” (cuando las cosas van bien) tiene
muchos padrinos pero la derrota (cuando van mal) es huérfana, también en la
misma Iglesia y en sus autoridades.
Lástima.
Porque, con todo el horror que está saliendo a la superficie, ésta sería una
buena ocasión para realizar en la
Iglesia una autocrítica profunda y constructiva, abandonando
viejos hábitos, propios de una Iglesia pecadora, y asumiendo otros, propios de
una Iglesia animada por el Espíritu. Abandonando, por ejemplo, el hábito reciente
de hacer comparaciones indebidas entre el aborto y la pederastia, dándole,
naturalmente, mucha más importancia al primero (legal en muchos países) con lo
cual queda rebajada, lógicamente, la gravedad del segundo.
Abandonando la
tentación de aprovechar que “el Pisuerga pasa por Valladolid” para cargar las tintas públicamente contra la
tan denostada, pero practicada incluso eclesialmente bajo mano, homosexualidad (propia
no ya de la Iglesia,
se sugiere, sino de la “perniciosa” permisividad en la sociedad civil) como si
ese considerado oficialmente “pecado nefando” fuera el causante de todos los
males; a propósito de esto acabo de enterarme de la noticia (no precisamente
nueva) de que se van a imponer duros controles a los aspirantes al sacerdocio
para que no se cuele nadie con esta tendencia, olvidando que la naturaleza es
así y que no nos dividimos entre machos-machos y mujeres-mujeres sino que la
diversidad sexual es mucho más amplia y más sana que esa impuesta y perversa dicotomía.
Abandonando
actitudes corporativas de defensa del estamento clerical-episcopal y adoptando
una actitud de regeneración eclesial partiendo de la Iglesia como Pueblo de
Dios, formado por una inmensa mayoría de no-clérigos, de laicos tantas veces
desgraciadamente tratados como ovejas necesitadas de protección y a los que se
supone “tontos” que no deben enterarse de lo que
realmente pasa.
Abandonando la
idea de que hay personas o cargos intocables, como el del Papa, como si éste
fuera Santidad permanente, olvidando que el primer Papa (si es que se puede
hablar así) fue durísimamente criticado por algunas
de sus actuaciones y tuvo que entonar un mea culpa de
verdad ante toda la comunidad y cambiar sus actitudes y comportamientos; y es
que si el Papa tuviera que dimitir, ¿se hundiría la Iglesia?, ¿no ha pasado lo
mismo en la sociedad civil, cuando un Jefe de Estado ha dimitido, y no se ha
hundido el mundo?, ¿no será que hemos “divinizado al Sumo Pontífice y se nos
tambalea la inconsistente fe al constatar que no es dios sino un ser humano con
todas sus virtudes pero también con todos sus defectos y, por supuesto,
pecados?
Abandonando,
sobre todo, la perversa y petulante idea de que la Iglesia es una “sociedad
perfecta” (como se declaraba en el Concordato español de 1953), de que los
malos son los de “fuera”, el ambiente materialista y ateo, y que los “buenos”
somos nosotros, actitud orgullosa propia del hermano mayor del hijo pródigo de
la parábola. La Iglesia
es a la vez santa (por la gracia de Dios) y pecadora (por nuestras propias y reales
culpas). Hemos desaprovechado, una vez más, el tiempo de Cuaresma para realizar
una auténtica conversión. Y luego nos dirán desde arriba que los curas no
potenciamos el sacramento de la penitencia, cuando lo que se constata por la
gente es que los primeros que no parecen querer arrepentirse no ya de sus
teóricos pecados de manual devocional sino de sus reales y comprobadas
culpabilidades delictivas son los que nos dirigen.
Y abandonando,
también el oscurantismo, el secretismo, el ocultamiento de la verdad propia de
organizaciones dictatoriales. Queremos una Iglesia de puertas y ventanas
abiertas, a la gente de la más diversa condición y a la verdad que nos hace
libres. Queremos una Iglesia que sepa reconocerse como lo que es: un imperfecto
instrumento en el que Dios ha confiado para anunciar su Reino de libertad, de
justicia, de verdad, de amor y de paz. Queremos una Iglesia solidaria con las
víctimas, incluso con las que nos sacan los colores (porque con las víctimas de
terremotos u otras catástrofes naturales es mucho más fácil solidarizarse). Queremos
una Iglesia de hermanos, iguales que queremos ir de la mano de nuestro hermano
mayor Jesucristo cuyos pasos queremos seguir para unirnos al Padre. Queremos
una Iglesia capaz de auténtica y verdadera autocrítica, caiga quien caiga,
capaz de cambiar de raiz todo aquello que le impide
ser más evangélica o estar junto a los pobres y necesitados de nuestro tiempo.
Queremos una Iglesia de resurrección, guiada por el Espíritu, que acabe con
tantas muertes que nosotros mismos provocamos.
Pepe Nerín
29.3.2010