DESDE MI SILLA
Mª. Pilar
Martínez Barca
Unas
puertas con cristales oscuros y señoras con velo. El bautizo de mi primer
hermano. “Esta niña tiene que comulgar”, sugirió D. Daniel –más tarde tío
Dani-. Iba a casa a darme la catequesis D. Ignacio; tenía una serpiente
articulada. Era una niña feliz.
Así
con nueve años tuve dentro a Jesús. El barrio fue creciendo con nosotros.
Tiraron la parcela, como la vaquería donde unos años antes comprábamos la
leche. A la iglesia le crecieron brazos, un patio, un pasadizo, vivienda, salas
de reuniones, residencia, guardería de niños.
El
bar de la parroquia en la calle Delicias, donde tantos domingos pasaba con mis
padres de pequeña, se transformó en un aula en la que nos daban clase a cinco
minusválidos, hoy discapacitados o diversos. Final de los setenta, tiempos de
integración.
Chobenalla, los jóvenes, decidí confirmarme con Antonio.
Sería el despertar. Los acontecimientos se irían sucediendo:
Morada,
pilar, puente, abrazo universal, futuro, empleo, pan, Palabra compartida en