A PROPÓSITO DE
El
Papa Benedicto XVI acaba de publicar su primera encíclica. Cuentan los
periodistas que su aparición se ha retrasado casi dos meses a causa de
dificultades en la traducción del alemán (en la que la ha escrito) a otras
lenguas. Con este motivo se ha insinuado la existencia de tensiones en el
Vaticano y que el Papa ha tenido que intervenir personalmente para corregir
algunas traducciones que desvirtuaban el sentido del texto original. ¿Lo ha
hecho por perfeccionismo o por desconfianza? No lo sabemos y más vale no hacer
especulaciones porque carecemos de datos al respecto. Lo que sí es cierto es que
se nota que el Papa ha sido profesor y procura ser claro y pedagógico,
utilizando, además, un lenguaje no rebuscado sino ágil, que se deja leer, aunque
dentro de un nivel académico que no descuida incluso el pequeño detalle de dejar
constancia de los años de fallecimiento de los autores que va citando. Y cita a
muchos, tanto eclesiales como de posiciones filosóficas en principio bastante
distantes.
Personalmente me ha parecido un gran acierto que la primera encíclica
papal haya versado sobre el amor. Si tradicionalmente se considera que el
programa de gobierno de un Papa queda reflejado en su primer gran escrito
público, estamos de enhorabuena. Mucho mejor así que no empezar condenando o
poniendo en guardia. Lo fundamental es el amor ya que Dios lo es. Y, como afirma
Benedicto XVI, “el amor ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don
del amor, con el cual viene a nuestro encuentro” (1). Además, “no se comienza a
ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con
un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva” (1).
Los
titulares de los periódicos se han solido agarrar a lo que consideran más
llamativo de esta encíclica y que suponen puede atraer la atención de los
lectores. Y en seguida han sacado la cuestión del sexo e incluso se ha subrayado
que éste sólo es admisible para el Papa dentro del matrimonio. Pero eso es
simplificar la densidad del escrito con la intención quizás de convertirlo en un
“maniqueo” al que asaetar con más facilidad. El Papa maneja sobre todo dos
términos: el amor como “eros” y el amor como “ágape”. Y procura mantenerlos muy
unidos, subrayando la necesidad de ambos, lo cual tal vez desconcierte o incluso
pueda escandalizar a algunos. “Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y
quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu
y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el espíritu y por
tanto considera la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra
igualmente su grandeza” (5). En realidad, sigue afirmando Benedicto,
“eros y agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a
separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida,
la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la
verdadera esencia del amor en general” (7). Más aún, también hay “eros” en Dios
y su erótica consiste en un entregarse. “Él ama, y este amor suyo puede ser
calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente
ágape” (9). “Jesús –afirma
el Papa- ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de
El
Papa sigue señalando algo que nos suena a habitual: “el eros, degradado a puro
«sexo», se convierte en mercancía, en simple «objeto» que se puede comprar y
vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía” (5). Y destaca una
vez más que “el eros orienta al
hombre hacia el matrimonio, un vínculo marcado por su carácter único y
definitivo; así, y sólo así, se realiza su destino íntimo. A la imagen del Dios
monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor
exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su
pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor
humano. Esta estrecha relación entre eros y matrimonio que presenta
Se
extiende en consideraciones sobre las características del amor. “El amor es
ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse
en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se
convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca” (6).
“El amor es «éxtasis», pero no en el
sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del
yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente
de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el
descubrimiento de Dios” (6). “Abarca entendimiento, voluntad y sentimiento”
(17). “El amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco
exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora”
(15). Es “el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o
negativa de una vida humana” (15). Es, en definitiva, un don: “No puede dar
únicamente y siempre, también debe recibir” (7).
Hay,
según el Papa, una inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo. “El
amor del prójimo es un camino para encontrar también a Dios, y cerrar los ojos
ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” (16). Siguiendo a S.
Juan recuerda que “la afirmación de
amar a Dios es en realidad una mentira si el hombre se cierra al prójimo o
incluso lo odia” (16). Los dos polos son estrictamente necesarios: “Si en mi
vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo
solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el
contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser sólo
«piadoso» y cumplir con mis «deberes religiosos», se marchita también la
relación con Dios” (18). Una consecuencia muy importante: “La contraposición usual entre culto y ética
simplemente desaparece. En el «culto» mismo, en la comunión eucarística, está
incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros. Una Eucaristía que no
comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma” (14). Ahí
queda eso.
Tras
la primera parte (más especulativa en palabras del mismo Papa), desarrolla una
segunda con intenciones prácticas.
Pero
es precisamente esta segunda parte la que me ha dejado preocupado. Y no porque
no tenga apuntes interesantes sino por la propuesta en general. Digamos que, en
mi opinión, es una propuesta casi reducida al asistencialismo. Además no incide
en las consecuencias que la práctica del amor, tal como lo ha descrito
anteriormente, debería tener en la mismísima organización y estructura eclesial.
Tal vez su preparación académica le haga quedarse corto y no aparezca el pastor
que ha estado en contacto con los pobres y marginados, participando de la
crudeza de sus vidas y de la necesidad de modificar las causas que les han
llevado a su situación. Digo esto porque desde hace ya bastantes años sabemos
que si bien lo primero que hay que hacer con el pobre es ayudarle a satisfacer
sus necesidades inmediatas (comida, cama, ropa, compañía, etc.), a continuación
hay que acompañarle en su misma promoción, ayudarle a salir de su situación de
pobre, a rehacer su vida, en definitiva; y al mismo tiempo hay que contribuir a
cambiar las circunstancias que le han expulsado a los márgenes de la sociedad,
es decir, hay que contribuir al cambio social, a la sensibilización de los
ciudadanos, etc. Es verdad que en un determinado momento el Papa menciona que “a
la espontaneidad del individuo debe añadirse también la programación, la
previsión, la colaboración con otras instituciones similares” (31), pero
abandona esa línea de razonamiento y no la vuelve a recuperar con lo cual queda
la impresión de que lo importante y subrayado es el asistencialismo. Hace un
canto a los santos que más se han destacado en su amor práctico hacia los pobres
(por cierto, la más citada es la beata Teresa de Calcuta, que destacó por su
importante labor asistencial con los más últimos) y dedica significativos
párrafos a María, aunque se limita a citar el Magnificat sin entrar en su
contenido auténticamente revolucionario (“derriba del trono a los poderosos y
enaltece a los humildes; a los ricos los despide
vacíos…”).
Por
eso me resulta preocupante esta afirmación suya: “Según el modelo expuesto en la
parábola del buen Samaritano, la caridad cristiana es ante todo y simplemente la
respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación” (31). Y habla
de que existen actualmente “modernos sistemas para la distribución de comida y
ropa, así como también para ofrecer alojamiento y acogida” (30), y que “se han
formado en este contexto múltiples organizaciones con objetivos caritativos o
filantrópicos” (30). Y es desde ahí desde donde se confronta con el marxismo:
“Una parte de la estrategia marxista es la teoría del empobrecimiento: quien en
una situación de poder injusto ayuda al hombre con iniciativas de caridad
—afirma el marxismo— se pone de hecho al servicio de ese sistema injusto,
haciéndolo aparecer soportable, al menos hasta cierto punto” (31). En palabras
del Papa, “la afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas
las obras de caridad, esconde una concepción materialista del hombre: el
prejuicio de que el hombre vive «sólo de pan» (Mt 4, 4; cf. Dt 8,
3)” (28).
Por
ello son lógicos, dentro de ese esquema, sus intentos de separar a
Pero,
por otra parte,
Bien
hace recordándole al Estado que no debe querer proveer a todo, que no debe
absorberlo todo en esta cuestión, sino que “generosamente reconozca y apoye, de acuerdo
con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas
fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres
necesitados de auxilio” (28). Y a continuación reconoce el Papa que
“
Más
sugerentes son sus observaciones sobre el estilo caritativo propio y esencial de
los cristianos: no sólo ser expertos sino dedicarse “al otro con una atención que sale del
corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad” (31); no
practicar proselitismo, aunque tampoco haya que “dejar de lado a Dios y a
Cristo” (31); no humillar al otro puesto que “no solamente debo darle algo mío,
sino a mí mismo” (34); no adoptar una postura de superioridad ante el otro;
reconocer que se trata de una relación bilateral: no sólo ayudar sino sentirse
ayudado también por el pobre. Y destaca especialmente la importancia de la
oración para no convertirnos en meros activistas secularistas: el amor a los
demás debe alimentarse “en el encuentro con Cristo” (34).
Pepe Nerín,
30.1.2006