DIRIGIDO A MIS CRÍTICOS

 

            Desde que me dediqué a escribir editoriales en mi página web, y de esto ya van varios años, he recibido aplausos y también críticas duras, si bien hay que indicar que estas últimas han sido las menos, pero han sido. Agradezco los primeros porque te estimulan a seguir adelante. Pero, al mismo tiempo, agradezco igualmente que haya personas que no se queden conformes con mis apreciaciones y que decidan hacérmelo saber. Unas veces han sido en tono agresivo e insultante, sobre todo cuando tenía abierta mi página de visitas; no obstante con mis criticadores intenté comunicarme a través de la dirección de correo electrónico que se me indicaba, pero en todos los casos resultaron ser falsas estas direcciones y me quedé con las ganas. Esta “falsedad” fue tras la que se parapetaron para desde el anonimato ponerme verde. Como vi que la página de visitas la utilizaban como plataforma para el insulto, opté por suprimirla y si alguien quiere ponerse en contacto conmigo no tiene más que pinchar en la dirección de mi correo electrónico que aparece bien visible.

 

            Prescindiendo de las anteriores, otras críticas me han llegado por diferentes medios: directamente parándome en la calle para hablar, vía teléfono o por medio del correo electrónico. A todas ellas les concedo importancia ya que normalmente suponen una muestra de valor ya que el personal prefiere no decir nada al autor porque le puede dar cierto corte hacerlo. Es más agradable dar la enhorabuena que prestarse a manifestarle su disconformidad sabiendo que el “criticado” puede no aceptar de buen talante las críticas. Por todo lo cual agradezco a estos críticos el paso que han dado y que me ha ayudado a confirmar el hecho de que no todos pensamos lo mismo ni reaccionamos del mismo modo ante los hechos que se producen, amén de abrirme nuevas posibilidades en las cuales yo no había caído.

 

            Con todo, en la reacción de mis críticos encuentro algunos matices que creo conveniente resaltar. Unas veces te expresan su “dolor” por el hecho de que me tome la libertad de criticar públicamente a nuestro obispo. Esas cosas, me dicen se las deberías decir a él personalmente, en privado. Suponen que no lo hago, lo cual es simplemente un suponer, prescindiendo de que sea o no verdad. Pero es que no necesariamente uno tiene que dirigirse directamente al obispo para expresarle la disconformidad con sus palabras o actuaciones. Si se trata de un hecho público, realizado ante muchas personas, está legitimado que la contestación sea igualmente pública, por ejemplo a través de una página web en la que entran diariamente más de 100 personas, máxime si lo criticado es algo que a todos nos concierne. En cualquier caso, también el criticado podría dirigirse a mí, en la forma que elija, para comentar conmigo mis apreciaciones e incluso pedir explicaciones si fuera necesario; pero jamás lo ha hecho; ni tampoco los vicarios, algunos de los cuales me han expresado que no tienen tiempo para leer mi página. Vale.

 

            Se me comunica su “dolor” porque, como a veces se me ha dicho, las cosas hay que hablarlas entre nosotros, algo así como que “los trapos sucios hay que lavarlos en casa”, porque de lo contrario lo aprovechan otros para poner en solfa a nuestra Iglesia. Mejor el silencio hacia el exterior que no el debate público. Me recuerda esto a comportamientos lacerantes en nuestra Iglesia que, por no dañar su imagen, fueron ocultados, cubiertos con una densa capa de silencio, sin ser solucionados adecuadamente a su debido tiempo y que ahora están llenando de lodo a tantas diócesis de Europa y Estados Unidos.

 

            Se me ha llegado a calificar de “desleal” con mi obispo por decir mis críticas públicamente. Yo creo que la lealtad no consiste en aplaudir siempre lo que hace el superior, alabarle constantemente o incluso hacerle la pelota. La lealtad pasa más bien por saber aplaudir y también criticar, manifestando la verdad que captamos, aunque ella sea siempre incompleta y muchas veces incómoda. Recuerdo el buen ejemplo que nos dio el cardenal Tarancón quien, tras ser nombrado obispo y enviado a su primera diócesis, invitó a uno de sus compañeros sacerdotes a que se fuera con él con el cometido principal de decirle siempre la verdad, sus aciertos y, sobre todo, sus errores, para que el obispo no resultara envuelto en una nube de alabanzas que le impidieran reconocer sus fallos. En cambio a mí se me ha dicho que he manifestado poca “humildad” al decirle públicamente al obispo lo que pueda hacer mal y lo que tiene que hacer. Mejor calladito que estaré más guapo.

 

            Normalmente no se critica el contenido de mis escritos, en los cuales no se suele entrar, sino que la argumentación es “ad hominem”, es decir, se critica a la persona y no a lo que ha escrito. Ya me gustaría a mi que a propósito de mi editorial más criticada, la del funeral en Santa Engracia por un hermano sacerdote, entraran a debatir el tipo de liturgia desarrollada, que es a lo que apuntaba el título de este artículo. Pero ahí no se quiere entrar, y eso que la puesta en escena se debió fundamentalmente a los responsables de la parroquia, con lo cual el debate sería menos comprometido. Pues no, ni una palabra. Y, sobre todo, se practica mucho el “juicio de intenciones”. Se supone que hago las cosas con intenciones no muy santas y sobre esta suposición se descalifica lo que hago. Es como aquéllos que te pueden decir “si ya sé lo que estás pensando”, como si tuvieran rayos X especiales para captar los pensamientos. Pero, ¿tú que sabes lo que estoy pensando? Está técnica suele ser muy utilizada contra el actual presidente del Gobierno a quien sus acervos críticos lo ponen verde con argumentos como “este individuo lo que quiere es… (descristianizar España, pactar con ETA, etc.)” ¿Cómo están tan seguros de eso? ¿Es que pueden leer sus pensamientos?

 

            Yo no niego haber caído o caer en ocasiones, desgraciadamente, en ese tipo nefasto de argumentación. Lo siento y pido disculpas si lo he hecho. Pero eso no quita para que afirme que esa manera de argumentar es una falacia. Nos creamos un “maniqueo”, conformamos un “pelele” a nuestro antojo, y a continuación lanzamos nuestros dardos contra él como si fuera real y no un producto de nuestra imaginación, un producto interesado además ya que lo que intentamos es cargarnos al otro como sea. Me han llegado a sugerir que fui a la misa de Carlos Pintado no para rezar por el difunto sino para criticar lo que allí se realizaba; incluso se me ha dicho que yo ya sé cómo celebra el obispo y que no tiene por qué llamarme la atención. Por favor: argumentemos con hechos y no con suposiciones impregnadas de nuestra particular ideología. ¿Cómo que no fui a rezar por el difunto? Por supuesto que lo hice, pero la parafernalia ambiental interfería con mi devoción. Y, además, uno va a los actos con los ojos y los oídos abiertos y, por eso mismo, no puede evitar darse cuenta de lo que sucede a su alrededor, de lo que expresan los colegas que tienes a los lados. ¿O es que hay que ensimismarse de tal manera en uno mismo o en Dios, que no participemos activa y sentidamente en lo que sucede? De otro modo nos convertiríamos en personas que, como afirma el dicho, “no se enteran de la misa la media”. Si argumentamos con suposiciones no hacemos más que multiplicar los estereotipos (“éstos de izquierda son anticlericales y éstos de derechas son unos fascistas”) con lo cual nunca podremos llegar a dialogar sinceramente e intentar acercar nuestras posturas sino que nos dedicaremos a descalificar injustamente a los que no son de nuestra cuerda. Y si tenemos que avanzar algún supuesto, yo prefiero decir aquello de que “da la impresión de que…”, con lo cual separo los hechos de mis propias suposiciones.

 

            Repito lo que tantas veces he escrito: necesitamos debatir, confrontar nuestras ideas y comportamientos. De esta forma no nos quedará más remedio que reconocer y aceptar con alegría que no todos pensamos igual, pero que eso está muy bien, mucho mejor que lo del “pensamiento único”. Y, desde nuestras diferencias, podremos acercarnos y tratar de mejorar lo que realizamos. Que muchos pensamos que hay otras maneras de celebrar la liturgia, tan dignas y católicas como las que más.

 

            Un abrazo, queridos críticos.

 

Pepe Nerín

4.3.2010