EL AÑO QUE VIENE SERÁ DISTINTO

(OTRA FELICITACIÓN DE NAVIDAD)

(22.12.2004)


Éste era el comentario que corría entre los asistentes a la felicitación navideña que todos los diciembres, el día en el que el "gordo" les cae encima a algunos, dirigimos al Arzobispo en su lugar de residencia situado un piso por encima de los que trabajamos en las dependencias y organismos del Arzobispado de Zaragoza. Era media mañana y un trío de laicos que acudían como muchos al evento, a los que superé, iban rezando devotamente el ángelus mientras se disponían a subir las escaleras que dan acceso a la morada episcopal.

Estábamos en círculo reunidos en la antesala clásica cuando se abrió la puerta de la audiencia y apareció el pastor con ademán de tímido. Como de costumbre, el Vicario General tomó la palabra oficial y nos endilgó una plática que subía, bajaba y daba vueltas en torno a la Navidad. Comentó en voz alta su meditación de aquella mañana a propósito de las lecturas de la misa y alcanzó sus notas más vehementes, aunque dentro de la contención curial, en en el momento de glosar a D. Elías a quien tanto deben la Diócesis, España e incluso Europa. Sonaba casi más a despedida que a alabanza, aunque también a esto último. Se admiraba por el enorme esfuerzo de trabajo de su superior, con un ritmo que iba en aumento de año en año. ¿De dónde sacará tantas energías?, se preguntaba. El Vicario miraba preferentemente al suelo, lo mismo el Arzobispo, mientras los ojos de los asistentes que en incómodo de pie seguían el discurso se perdían por la sala de recepciones y adquirían un aire de circunstancias un tanto aburrido. A mi lado, el secretario, atento él, acercaba una silla reparadora a una religiosa necesitada de la misma. El Vicario se metió en un determinado momento en un jardín hablando de que el "canario", tras 27 años de estancia entre nosotros, había adquirido características aragonesas como la tozudez y el empecinamiento, se había vuelto "cabezudo" o "cabezón" en defensa y propagación de la fe, aunque, dándose cuenta de que el apelativo no parecía demasiado respetuoso, intentaba arreglarlo como podía, provocando con ello el único rasgo de hilaridad en la faz del obispo Yanes y, como respuesta mecánica, en el resto de la de los presentes. Tuvo también palabras de bastante elogio para los curiales allí reunidos, para una "curia de muchos quilates", especialmente en algunos de sus "rincones" en donde se trabaja muy creativamente. Por fin, tras varios intentos de aterrizaje, dio por concluida su pieza oratoria recibiendo los correspondientes aplausos de rigor que, en buena medida, parecían cerrar un ciclo de 32 años de profesión vicarial.

Respondió D. Elías con una pieza de aliño, más bien monocorde, dando las consabidas gracias, recordando el nacimiento del Niño y mencionando de pasada, pero sin entusiasmo, casi como siguiendo un guión obligatorio, las dificultades por las que atraviesa en estos momentos la Iglesia en España. Pocos días antes había sido entrevistado en la 2 de TV española mostrando un talante dialogante digno de todo encomio que para sí ojalá quisieran muchos. No avanzó ninguna primicia acerca de eventos importantes que nos esperan en 2005, algo obligado en sus mensajes de otras Navidades, tal vez como dando a entender que él ya no iba a tener nada que ver con el futuro. Y de su relevo no hubo nada.

A continuación, nos trasladamos, como de costumbre, a la sala donde nos esperaba un refrigerio en donde abundaban en tono moderado las croquetas, olivas, salchichón, patatas fritas, vinos y demás delicias no excitantes, rompiendo de esta forma la monotonía de tantas mañanas en este edificio de fachada neoclásica. Los comensales nos organizamos espontáneamente en tríos y parejas, sin elevar la voz, como suele ocurrir en los comedores de las residencias de ancianos. En un momento dado, el Arzobispo fue recorriendo pausadamente con su media sonrisa en los labios los diferentes corrillos, dando la mano uno a uno a los asistentes. Transcurrido un tiempo oportuno fuimos abandonando ordenadamente la estancia reincorporándonos a nuestro puesto de trabajo sin mayor sobresalto.

¿El año que viene será distinto? ¿Correrá savia nueva por todos los pasillos y subiremos a hablar con el pastor en plan polifonía? ¿Cantaremos alegres villancicos ante un belén con sabor popular, repleto de figuritas de barro, ríos de plata brillante, ovejas descarriadas por encima de la montaña que domina el palacio de Herodes, y nos reiremos juntos al descubrir incluso un "cagané", como dicen en las vecinas tierras catalanas? ¿Se oirán desde la calle carcajadas procedentes del piso del Obispo? ¿Se soltará cualquiera con un baile, igual que el rey David ante el Arca Sagrada? ¿Descubriremos debajo de las mesas a críos jugando al escondite? ¿Se sentarán izquierdas y derechas eclesiales a debatir juntas toda clase de temas sin asumirse ovejas ni cabritos? ¿Y hablaremos, por fin, la lengua de la calle, vestiremos con trajes de colores, haremos puesto en la mesa a los malditos, nos pondremos ropajes de pastores y adoraremos al Niño en las afueras, más allá de los templos y palacios?

Desde un montón de cariños, no siempre explicitados, os deseo lo mejor en estas fiestas, especialmente a los hombres que ocupáis los espacios de poder en esta Iglesia, pero también a todos los que intentan acercarse al portal donde el Niño nos descubre la esencia del amor a lo divino. ¡Feliz Navidad!

Pepe Nerín