José Manuel
Vidal, Religión Digital 29.05.10
A pesar
de que la carne sea débil y el sexo ronde a los eclesiásticos, a veces de forma
obsesiva, su principal tentación no es el sexto mandamiento, sino el primero.
Muchos, en vez de amar a Dios sobre todas las cosas, se aman a sí mismos. La
gran tentación es el poder. La búsqueda desenfrenada del poder, que se
plasma en el ansia desaforada por hacer carrera. Por eso, el Papa sabio viene
denunciando una y otra vez el carrerismo en
El cura
de pueblo quiere irse a la ciudad. El de ciudad quiere ser canónigo o delegado
de algo. O profesor del seminario. Hay parroquias de entrada, de ascenso y de
término. Y siguen funcionando con otra terminología. Pocos son los curas que
creen que no valen para obispos. Estar en las ternas de episcopables
es el sueño de muchos de ellos.
No
todos los curas ni muchos menos. Esta es la dinámica del clero alto. Para
optar a esta clase de clero hay que ser de buena familia o brillar desde el
seminario. Y, por supuesto, conseguir un doctorado (en
Lógicamente,
el bajo clero, el mayoritario, el que no aspira a grandes cosas más que a
servir a sus fieles en sus parroquias (cambiando de vez en cuando, dos o tres
veces a lo largo de su vida pastoral) asiste impotente a este espectáculo de
los carreristas, que rodean al obispo de turno, hacen capillas y cabildean sin
parar. ¡Y tienen tanto tiempo para la intriga...!
Y si
subimos el escalafón, pasa más o menos lo mismo. Llegar a obispo no es la meta
de muchos prelados. También hay diócesis de entrada, de ascenso y de término.
Casi todos los prelados (también hay excepciones aquí) se consideran los más
aptos para los grandes arzobispados y, por supuesto, para el birrete
cardenalicio. Y para pasar de una diócesis pequeña a otra mayor, algunos hacen
lo que sea. Sobre todo, rendir pleitesía al "amo" de turno, al
cardenalazo que, con su mano larga en Roma, hace y deshace los nombramientos y
los ascensos episcopales.
Porque
los obispos tampoco ascienden (habitualmente) por mor
de sus méritos pastorales o espirituales, sino por formar parte de la cordada
del gran cardenal. Ni méritos ni selección, puro y simple dedo púrpura.
Y el
Papa se indigna. Pero los papistas, en estos como en otras muchas cosas, ni
caso. Y, mientras tanto, el abuso de poder corroe a
José
Manuel Vidal