EL DEBATE DEL BOGAVANTE

 

He recordado aquel restaurante junto al mar. Me sorprendió que, a pesar de tratarse de un día de diario, estuviera casi lleno. Cuando vi la carta me quedé de piedra: Madre mía, qué precios, pensé. Pero como mis amigos se habían empeñado en invitarme precisamente allí, no rechisté. Era una marisquería grande, con su diseño marinero y sus vistas al Cantábrico. A la entrada estaban las grandes peceras llenas de mariscos multiformes que se movían parsimoniosamente ajenos a lo que se les venía encima.

 

Prueba el bogavante, me dijo la esposa de mi amigo, natural de la tierra y conocedora del buen comer. Es una especialidad de la casa.

 

Sí, sí, me dejo guiar. Dije mientras se me hacía la boca agua.

 

Pedimos la comanda. Sirvieron un buen vino blanco y al poco tiempo regresó el camarero:

 

¿Le gusta éste? me dijo.

 

Me di la vuelta y el susto fue morrocotudo. Tras de mí, el camarero agarraba un fresco bogavante bien sujeto con unas tenazas que acababa de ser “pescado” en la pecera de la entrada. El bicho retorcía la cola y movía los brazos cuyas pinzas, a Dios gracias, estaban bien atadas con unas bridas. A mí me pareció un monstruo maligno que se me podía lanzar a la yugular de un momento a otro.

 

Sí, sí, ya me va bien. Dije horrorizado haciéndome el entendido.

 

Rieron bastante mis amigos al ver mi cara de susto mientras yo me serenaba avergonzado.

 

Me contaron entonces que a los bogavantes los hierven vivos poco a poco para que su carne sea más sabrosa. A veces chillan, me dijeron; otras veces los matan congelándolos lentamente y luego los ponen en la olla.

 

Sea cual fuere la opción elegida para el marisquicidio, ambas me parecieron terroríficas pero lo cierto es que, en cuanto me lo sirvieron, me supo a gloria y olvidé mis pensamientos trascendentes sobre el triste fin del animal.

 

Han pasado unos años y en estos días he recordado el restaurante junto al mar al ver el debate morrocotudo que se ha hecho en torno a las corridas de toros. Los detractores de las mismas argüían que la tortura que se le inflinge a una res cuando se la somete a uno de esos espectáculos es una barbaridad indigna de seres humanos. Lo cierto es que les oí hablar de las reses casi como si de personas se tratara. Hablaban de los derechos de los animales con una vehemencia conmovedora.

 

Otros gritaban en sentido contrario y defendían la fiesta y la cultura que tienen las corridas. Hablaban de arte, de poetas y de la nobleza inmersa en la fiesta.

 

Mientras iba siguiendo la controversia, yo recordé al pobre bogavante enjaulado en una prisión de cristal, atado en sus pinzas, vejado al ser expuesto todavía vivo a una concurrencia que esperaba gozosa para zampárselo. Oyendo unas y otras argumentaciones no dejaba de pensar en el momento en el que habían puesto al animal en el agua hirviendo dando chillidos de impotencia mientras yo me relamía cruelmente. Mientras la discusión política crecía en intensidad sentí remordimientos de lo rico que me supo el bicho y de lo animada que estuvo la conversación posterior a su ingesta.

 

Poco después el debate entró en un terreno peligroso, se hablaba de identidades nacionales y de cosas así. Al parecer el que a unos les gusten o no los toros quiere decir que se es de derechas o de izquierdas, vaya usted a saber. Oyendo algún argumento de los políticos me dio la sensación de que mi abuelo, experto en caracoles a la brasa, fue un genocida abrasando centenares de moluscos mientras estos chillaban y lanzaban entre babas sus últimos estertores al ser rociados con sal. Pensé también en mi amigo Paco, que tiene enjaulado un canario precioso al que llama Pichurri y que cuando canta alegra la vida; oyendo a algunas señorías creí que Paco era un facha torturador sin piedad.

 

Claro que al día siguiente, para animar, otras comunidades autónomas, declararon que los toros eran lo más genuino y cultural de la genuinidad cultural y elevaron a los altares a los astados y a sus matadores.

 

Y todo el debate, televisado en su totalidad. En directo directísimo por Internet, ocupando horas en unos medios y páginas en otros. Mientras unos declaraban que Goya, Velázquez, Lorca y otros amantes de los toros eran unos nazis incultos, los otros se empecinaban en decir que en las corridas de toros se aprendía más que en la mismísima Universidad.

 

Cuántas horas de debate. Pero de otros temas, nada de nada; ni debates ni milongas. Ni una palabra de la ley del menor, ni de los inmigrantes encerrados como bestias en Melilla, ni de los jóvenes parados abocados a un difícil futuro, ni de los miles de abortos que crecen en nuestro país, ni de un código ético para televisión, ni de la mendicidad creciente, ni de los sueldos insultantes de algunos. De esto ni una palabra. Nos quedamos con el debate de los toros… Qué temazo.

 

Esto ocurre aquí, en este país de charanga y pandereta, en un país en que los que ahora piden la excomunión para el rey por haber firmado la ampliación de la ley del aborto han olvidado que cerraron filas con el anterior presidente del gobierno para el cual también algunos solicitaron la excomunión cuando, desoyendo al Santo Padre, apoyó la invasión de Irak.

 

Este debate ocurre aquí, en esta España cañí en la que importa más el resultado de un equipo que la miseria de alrededor.

 

Menudo debate… Hay que ver qué tema tan importante, qué trascendente la cosa. Viendo el despliegue mediático del asunto de los toros les puedo asegurar que se me queda una cara de gilipollas semejante a las del bogavante, que en gloria esté, antes de entrar en la olla.

 

Lo estoy viendo: imagino pronto un debate televisado sobre la dignidad del bogavante; sus sentimientos, su dignidad y dimensión social. Imagino a los políticos bramando con banderas al viento y el alma tranquila discurseando en una y otra dirección e insultando a los de la bancada contraria. Se tratará, lo presiento, de un debate inteligente, una filigrana democrática. Propongo que lo dirija una persona culta, intelectual, gran comunicadora y estudiosa. Propongo a Belén Esteban. Será un debate de altura; como el de los toros. Al fin y al cabo, la moderadora que propongo, a juzgar por sus intervenciones televisivas, es una experta en cuernos.

 

JOSAN MONTULL

15.3.2010