EL ESTADO LAICO NO ES EL LOBO

 

Un Estado laico no es un peligro para la fe, una sociedad pluralista tampoco. Sí lo es para la credulidad y la superstición, para la pereza mental y la obediencia ciega, y puede serlo para toda clase de pastores, demagogos, líderes y caudillos, no para los ciudadanos responsables. No es un peligro  para la democracia y los demócratas, sí lo es para un régimen de cristiandad. No lo es para quienes aman y buscan la verdad, sí lo es para quienes pretenden poseerla y administrarla como una hacienda. El Estado laico es una oportunidad para una fe responsable. Sin embargo hay obispos alarmados como pastores cuando creen que viene el lobo. ¿Temen por la salvación de las almas?  Eso parece. Aunque podría ser que temieran perder el rebaño. Pero una iglesia del libre seguimiento, que predica el Evangelio como “fuerza de Dios para salvar a los que creen en él” y añade, como Pablo, que “los fieles viven de la fe”, no debería tener miedo y pedir al  Cesar que le eche una mano para sobrevivir en este mundo.

 

         Es cierto, por otra parte, que el mundo se ha hecho más complejo e inseguro y que hay un déficit de gobernabilidad. Si no cabe todo dentro de un orden, el problema es poner en orden todo lo que cabe; es decir, en un orden justo o ajustado a la mayor libertad posible para todos los hombres y los pueblos. Pero eso es como la estrella que orienta y nunca se alcanza, la “idea regulativa” de Kant: la “paz perpetua”. Mientras que  el primer paso aquí y ahora, lo que está a la mano como posibilidad inmediata, es, podría ser el recurso a valores tradicionales para proceder ordenadamente sin que el mundo se desmande. Desde la responsabilidad de los que gobiernan, se comprende la demanda de aquellos valores que persisten en las sociedades occidentales post-cristianas y post-modernas no sin la oferta de las iglesias. Y de ahí viene el peligro.

 

         Porque si es posible un uso político de la religión y un uso religioso de la política; es decir, si la religión puede prestar sus buenos servicios como “religión civil” a un régimen político, si puede fungir por ejemplo como venero de buenas costumbres y reserva de Occidente -que decae- o vínculo de cohesión de la civilización cristiana o como alma de Europa, y si la política o quienes gobiernan pueden ayudar a la religión y a quienes la administran, ¿por qué no aprovechar esta feliz coyuntura  mediante  una libre contratación de servicios mutuos?

 

         Esa es la tentación y ése el peligro para la iglesia, no el Estado laico y la sociedad pluralista. No la libertad igual para todos, sino el privilegio. Y ése es el lobo para la iglesia del libre seguimiento. No los ateos que ponen en cuestión su ateismo, que tienen sus razones y las exponen, no los agnósticos, no los que aman la verdad y la buscan, sino los que aman el poder y no se fían del diálogo, los estrategas del orden en beneficio propio, los “cristianos ateos” que se comportan políticamente como si creyeran, los adictos a las buenas costumbres por su propio peso, los que utilizan la fe del pueblo aunque la desprecien, los teocons que aconsejan a Bush, y los amigos  de  Berlusconi y de Aznar como Marcello Pera el dirigente de Forza Italia.

 

Flores d’Arcais ha denunciado “una cruzada oscurantista” contra la modernidad: el intento de una “santa alianza” no contra el Islam sino esta vez con el Islam contra Occidente, es decir, contra el laicismo y la secularización occidental. De manera que, en vez de alentar la modernización del Islam se promovería hoy la islamización del cristianismo. Lo que sólo puede llevarnos a que se cumplan los malos augurios de un choque de civilizaciones. Mientras que la modernización del cristianismo, no al contrario, podría hacer sitio para  el Islam y evitar que se convierta en campo de batalla lo que puede ser y ha de ser, salvo catástrofe, una plaza abierta a todos los ciudadanos del mundo. En una Tierra cada vez más pequeña porque somos más y nos movemos más que antes, tenemos que entrar en razón y en diálogo con todos. Si vivimos juntos hemos de aprender a convivir. Sin pasar de principios, claro, pero sin llegar a las manos para imponerlos.

 

Me gustaría recordar a Tarancón y olvidarme de Rouco. Pero no puedo. Según una encuesta reciente - la segunda después de aquella de 1970 - los curas se han vuelto en España de centro derecha. En aquel tiempo eran mayormente de izquierdas. Ojalá que políticos y pastores no hagan negocio con los corderos.

 

José Bada

5.4.2007