EL FUTURO YA ESTÁ AQUÍ

Y YO CON ESTOS PELOS

 

            Hace unos días, el arzobispo nos confesó al grupo de curas que asistíamos a la reunión mensual de la Vicaría, que llevaba tiempo enfrascado en la organización del pabellón de la Santa Sede en la Expo de Zaragoza y que por esa razón no había podido dedicar el tiempo adecuado a la pastoral diocesana. Le había tocado ese “marrón” (“Manolo, te ha caído una buena”, como le dijo el cardenal de Sevilla, con experiencia en estas cuestiones por lo del 92), le absorbía sus preocupaciones y su tiempo, e incluso nos pidió perdón por ello. Confiaba en que las cosas cambiaran a partir de septiembre, una vez finalizada la muestra internacional.

 

            Traigo esto a colación porque lo que le ocurre al pastor nos sucede también a las ovejas. Estamos tan atrapados por las realidades inmediatas de tipo organizativo (que si misas, que si catequesis, que si reuniones ordinarias, que si…) que no nos queda tiempo en apariencia para levantar los ojos y analizar globalmente la situación en la que nos encontramos. E incluso es posible que no lo hagamos porque nos dé miedo: no tenemos soluciones, alternativas, nuevas estrategias o modos de afrontar una realidad que parece alejarse cada vez más del medio en que nos hemos movido durante tantos años. Y nos cuesta profundizar.

 

            En la misma reunión se trabajó por grupos pequeños según arciprestazgos. Yo llegué tarde y cuando me incorporé al que me correspondía, me encontré con que sus miembros iban tratando de responder a las preguntas de un pequeño cuestionario de trabajo acerca de la puesta en marcha del actual plan pastoral. El que hacía de secretario iba tomando nota resumida de las respuestas que se iban dando y me daba la impresión de que lo que interesaba por encima de todo era contestarlas a todas para poder luego presentar el resumen, y no tanto profundizar en lo que se iba diciendo, especialmente en las lagunas que se iban detectando. Recuerdo, por ejemplo, que en una de las cuestiones resultó que mi parroquia era la única que llevaba adelante la catequesis familiar tal como la impulsa la Delegación, con reuniones de padres cada 15 días, de unos padres que luego se convierten en su domicilio en catequistas de primera comunión de sus propios hijos. Tras constatar que mi parroquia era la única en hacerlo, el secretario dio por cerrada la cuestión intentando pasar a la siguiente pregunta, cuando en ese momento uno de los presentes pidió que yo les comentara cómo lo hacíamos; visto el panorama de no gran interés, me limité a dar unas pinceladas en un par de minutos escasos, y dejé paso para que se continuara con las restantes preguntas, no fuera a ser que no cumpliéramos los deberes por mi culpa. Y seguí constatando que aquello era una yuxtaposición de respuestas escuetas o tópicas (se va haciendo lo que se puede, podemos mejorar, etc.) dadas por cada uno de los presentes, sin interpelarnos ni buscar causas y consecuencias, que hubiera sido lo más productivo y eficaz. Como cada uno sabemos salir del paso maquillando nuestra actuación, dada nuestra edad, largo recorrido pastoral y tablas acumuladas, el trabajo realizado en la reunión no creo que nos cambiara ni nos ayudara demasiado a avanzar. Pero tampoco yo puedo vanagloriarme de nada, ni de ser distinto, incluso resulté más culpable que el resto (en caso de que haya culpables) puesto que llegué bastante tarde y mis aportaciones fueron mínimas.

 

            El futuro se nos escapa cada vez más. La vida de la gente va por otros derroteros, no precisamente mejores que los de antes. Que se lo digan a tantos padres inmigrantes que tratan de resguardar a sus hijos pequeños para que no pierdan en nuestra sociedad española actual una serie de valores familiares y tradicionales en los que se movían en sus países de origen. A una madre ecuatoriana tuve que reconocerle que no todo lo de aquí es bueno ni muchísimo menos, que no desfallezca en la educación de sus hijos, que no arroje por la borda todo lo positivo vivido en su tierra tratando de amoldarse sin más a las costumbres de aquí, porque en España hemos avanzado en muchas cuestiones pero no todos los nuevos valores ni actitudes merecen la pena ni muchísimo menos.

 

            Da la impresión de que entre nosotros la vida “moderna” ha provocado que el personal necesite en principio muy poco de la Iglesia. Los padres suelen trabajar los dos y bastantes horas. Los hijos tienen tarea en la escuela y fuera de ella en actividades extraescolares que llenan hasta arriba sus agendas infantiles. El tiempo libre lo dedican a descansar, a irse al pueblo, a disfrutar de los múltiples medios audiovisuales instalados en sus viviendas (TV, Internet, vídeos, DVD’s, cine en casa, parabólicas, consolas de juegos, etc.), cuando no a participar en sesiones de gimnasias, bailes de salón o actividades varias. No queda tiempo para compromisos eclesiales en unas parroquias con una imagen avejentada, en donde hay cada vez menos jóvenes y menos personas dispuestas a trabajar con críos en procesos educativos; e incluso no es conveniente dejarse caer por ellas porque corres el peligro de que el cura intente atraparte para comprometerte en algo ya que no encuentra a nadie para lo que intenta.

 

            Tal vez nunca ha sido tan verdad la frase aquélla de que llevamos un tesoro en vasijas de barro. A mi modo de ver, Jesucristo sigue siendo ese gran tesoro, una figura única e irrepetible, con un estilo de vida, unos hechos, unas palabras, un mensaje, que sigue deslumbrándome y atrayéndome más que ningún otro. Y, sin embargo, lo llevamos muy mal, no lo vivimos como debiéramos, no sabemos ofrecerlo adecuadamente, nos falla la pedagogía pastoral, ha sido tan descaradamente manipulado a lo largo de los siglos como para resultar ya viejo, superado, aburrido, lo hemos domesticado de tal forma que ha perdido su carácter impactante y ha sido fagocitado por una ideología conservadora que piensa que de este modo evita cualquier riesgo (¿para ellos?).

 

            El otro día, con el grupo de mujeres de mi parroquia que componen el “equipo A” reflexionábamos sobre la parábola de los talentos sacada a colación por el fallecido Mardones en su libro “Matar a nuestros dioses. Un Dios para un creyente adulto”. Nos quedaba muy claro que Dios nos invita a arriesgar, a desarrollar nuestros talentos, y no a tenerlos sin producir por miedo a lo que sea (¡incluso por miedo al mismo Dios!). Desgraciadamente hay mucho miedo en nuestra Iglesia al cambio, algo que ha llevado a los obispos italianos a declarar públicamente su opción por Berlusconi (malo y bien malo conocido) frente a un moderadísimo Veltroni al que veían como la encarnación del intranquilizador y diabólico Zapatero.

 

            Por este camino vamos a acabar por ser irrelevantes. En Zaragoza yo creo que ya lo somos o casi. La Iglesia Diocesana no genera noticias esperanzadoras ni estimulantes. ¿Por qué no se hace un análisis en serio de nuestra realidad eclesial, y se hace con sinceridad y valentía? ¿Por qué no analizamos honradamente qué estamos ofreciendo a nuestros vecinos y contemporáneos? Por si sirve de algo, os aporto unos puntos clave en los que tendríamos que profundizar sin más demora:

 

- Pasar del “grupo de Cáritas” a “Cáritas somos toda la parroquia”.

- La respuesta concreta a necesidades concretas de los prójimos que están a nuestro lado.

- La pastoral con matrimonios jóvenes”, sobre todo en aquellas parroquias con poca juventud como la mía.

- La pastoral con inmigrantes, que incluya un diálogo cultural más allá de todo intento de asimilación.

- La potenciación de los pequeños grupos del tipo de los de revisión de vida.

- La promoción del voluntariado como opción desinstaladora de la comodidad de la cultura del espectáculo en que estamos sumergidos.

- La práctica de unas celebraciones y de una oración comprometidas por contemplativas.

- La toma en consideración muy en serio de los mensajes que nos llegan desde los jóvenes.

 

            Nos estamos jugando el futuro y adoptamos la llamada táctica del avestruz.

 

Pepe Nerín

18.4.8